Mostrando entradas con la etiqueta ciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciencia. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de agosto de 2009

Tempus Fugit


"Este es vuestro destino, el olvido. Todas las viejas lecciones de la vida las perdéis y las ganáis, y las perdéis y las ganáis de nuevo". Leto II, la Voz de Dar-es-Balat (Dune, V. Herejes de Dune)
Hoy voy a hablar de la memoria, que es un tema decisivo e ineludible para un historiador que se precie. La memoria nos define como seres humanos, desde que nos podemos considerar como tales. De hecho, somos los seres vivos que presentan la mayor, la más compleja y la más vasta memoria del reino animal. Existen muchos otros seres vivos que demuestran tener un sentido muy desarrollado de la memoria, pero en ningún caso puede compararse con la memoria de un ser humano: el ser humano recuerda, retiene, comprende y simboliza sobre la base de sus antiguas vivencias. Y también sufre. Porque la memoria es un arma de doble filo: podemos comprender de mejor manera nuestra evolución, y podemos entender y revivir una y otra vez nuestros propios hechos históricos y biográficos, además de hacer ciencia; pero como todo en este mundo tiene su contrapartida: aquellos hechos dolorosos que nos hicieron sufrir en el pasado podrán ser revividos una y otra vez hasta el día de nuestra muerte, lo que nos convierte en auténticas máquinas de producir sufrimiento. De hecho, muchas guerras o "conflictos" actuales se prolongan indefinidamente debido a la memoria: vivir junto a tus verdugos, o junto a tus víctimas hace que el rencor prospere y se extienda; poder revivir una y otra vez los hechos dolorosos del pasado puede volvernos locos, y esto nos puede llevar a cometer las más terroríficas atrocidades. ¿Es mejor el olvido? En ningún caso he querido decir tal cosa, es sólo que nuestra naturaleza es así, y debemos aprender a conocerla y a convivir con ella.

Esta realidad fue bien descrita por alguien que he citado más de una vez en este cuaderno de notas: Marco Aurelio Antonino, excelso Princeps de Roma. En su obra las Meditaciones (s. II d. C.) trata de exponer la futilidad del recuerdo y de la gloria y la fama, de la vanagloria de los hombres que tratan de ser recordados tras su muerte, sin saber que el recuerdo es algo imposible para las generaciones que vendrán. Cada generación trae una nueva ola de regeneración, pero por contra estos nuevos vástagos "olvidan" las viejas lecciones de la vida a las que se aludía el párrafo del encabezado, sobre las que han de ser instruidos una y otra vez. Este hecho ineludible para todas las culturas humanas ha precipitado muchas realidades bien estudiadas por la Antropología Social y Cultural: el culto a los antepasados, las ceremonias regias y los ritos funerarios son sólo intentos humanos por enlazar el pasado con el presente, con el fin de construir un futuro en paz y armonía. El olvido a veces puede acrisolar, pero normalmente conlleva la ignorancia de los peligros y dolores que aquejaron a las generaciones pasadas y por supuesto el olvido de sus logros científicos, técnicos y humanísticos.

La memoria, de hecho, y volviendo al encabezado, es uno de los temas principales de la obra maestra de Frank Herbert, Dune (1965) . Un clásico de sobra conocido por la mayoría de los lectores de este cuaderno de notas, y en todo caso una obra clave del pasado siglo XX. En esta obra se incidía muchísimo en el sentido del olvido y en la necesidad de una memoria artificial y colectiva para prolongar la dominación. Existían grupos de poder que basaban su existencia milenaria en comprender y asimilar las vivencias de sus congéneres muertos, luego al enfrentarse con las mismas situaciones, esta fuente de memoria artificial y colectiva les servía para afianzar una endoculturación que podría haber fracasado en cualquier momento, si no fuera unida a esta prodigiosa y obviamente ficticia memoria. De hecho, esta situación ha hecho que numerosas realidades (me refiero sobre todo al alzamiento de las grandes civilizaciones e imperios que en el mundo han sido) que comenzaron con gran fulgor, se apagaran tras siglos de cambio, debido a que sus descendientes ya no comprendían qué era eso del Imperio Romano, o quién era aquel Mahoma, o qué significado tenía en sus vidas aquel Carlomagno, o por qué era tan importante un tal Alejandro el Magno, o bien a qué venía tanto revuelo por esa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas... La realidad humana, como cualquier otra realidad terrena, está sometida al cambio, la corrupción, la decadencia y el olvido. ¿Qué será de potencias como los Estados Unidos, Japón y Europa dentro de trescientos años? ¿Continuarán dominando? ¿Continuará la civilización humana tal y como la conocemos? Tengan en cuenta que retrocediendo poco más de cien años nos topamos de bruces con el siglo XIX, una realidad histórica que se nos antoja lejaníiisima y muy distinta, pese a constituir nuestro actual modelo clásico de civilización. Y fíjense que apenas ha transcurrido poco más que una vida humana, que es un soplo de aire en la titánica marea del tiempo.

En realidad, todo esto viene a cuento porque hace unos meses tuve la enorme suerte de asistir a las explicaciones de D. Ignacio Núñez de Castro y D. Leandro Sequeiros, ambos vinculados a la Facultad de Teología de Granada, que está sostenida por la Compañía de Jesús. Las explicaciones versaban sobre la relación entre la religión y la ciencia, pero en la práctica sobre todo trataron de hacer un interesantísimo recuento de los avances de ciencias como la Geología, la Paleontología, la Prehistoria, la Física y la Biología, en cuanto a dilucidar el comienzo de la vida, y sobre todo de la vida humana. Para ello se centraron tanto en las obras científicas de muchos de los protagonistas de estos avances, como "filosóficas" (es decir, de ensayo y reflexión, sobre la base de sus propios descubrimientos). Estoy hablando de nombres como Haldane, Oparin, Teilhard de Chardin, Harold C. Urey, Stanley Miller, Juan Oró, Sidney W. Fox, Francis Crick, Leslie Orgel, Carl Woese, Thomas Cech, Sydney Altman, W. Schopf, Christian de Duve, Lynn Margulis, Philip Clayton, George Lemaître, Hans Küng, John D. Barrow, Frank J. Tipler, Robin Collins, Richard Leakey,Raúl Berzosa, Jesús Mosterín, o el propio Stephen Hawking; entre otros muchos, dado que faltaría (porque creo que no se la hace demasiada justicia en los círculos académicos) Carl Sagan, que además es mi preferido. Todos estos hombres y mujeres preocupados acerca de el origen y la composición de la materia, los orígenes de la vida en la tierra, la geología del resto de planetas, la astrofísica, la vida extraterrestre en un tono estrictamente científico, y en algunas ocasiones su relación con la religión y la filosofía, merecen mi admiración y mi respeto. No obstante, considero que en general sus obras (y con esto no quiero decir que las conozca a fondo, ni mucho menos) no hacen justicia a la filosofía y la ciencia del pasado, que adelantó, postuló, imaginó, fantaseó y en algunas ocasiones incluso demostró, muchas de las teorías acerca de la vida y el funcionamiento del cosmos que estos grandes expertos han demostrado en nuestros días con las matemáticas y la experimentación científica. Se me puede argumentar que en el pasado, los filósofos y los teólogos no tenían un armazón científico suficiente que demostrara sus palabras, y desde luego no tengo nada que argumentar en contra de esto. Es cierto. Pero eso no quita para que la labor continuada de muchísimos hombres apasionados a lo largo de más de dos milenios de Historia, quede relegada y olvidada en estanterías polvorientas, y se justifique que una persona diga en la actualidad "mirad, he descubierto esto", y siglos antes otra persona dijera exactamente lo mismo pero sobre la base de su propio vocabulario, y basándose en la imago mundi de entonces, que desde luego no es la de nuestros días, y que se le ignore o se mire su obra (o lo que quede de ella por epítomes o comentarios de otro sabio) con mirada tierna y paternal, más o menos como un adulto mira a un niño que dice "cosas curiosas". De hecho, si podemos afirmar que muchos de estos científicos argumentan brillantemente desde la ciencia, muchos grandes filósofos y sabios del pasado lo hacían con igual brillantez desde la filosofía, la literatura y la teología.

Lo que ocurre es que sus obras duermen en siniestros sótanos y recónditas bibliotecas, y no hay un número de investigadores suficientes ("¿para qué, si eso no da euros?", diría un político) que trate de desentrañar e integrar estas grandes obras de la filosofía y la ciencia del pasado, y tratemos entre todos de comprender cómo ha cambiado la visión de la realidad desde entonces; un hecho que nos llevaría a ser más conscientes del significado de nuestra propia realidad, y de los eternos porqués y de cómo han cambiando (o continuado de la misma manera) las respuestas que cada sociedad humana ha ido dando a la realidad que le rodeaba. Quizás encontremos en muchas de estas respuestas algo que nos ayude a dominar y entender nuestro propio y confuso mundo, y podamos incluso vislumbrar un futuro cargado de esperanza. Por lo pronto les puedo asegurar que la ciencia practicada en el pasado no es tan simplona y ridícula como frecuentemente se pretende reflejar en los libros de texto de la actualidad. Aquellos hombres y mujeres del pasado tenían las mismas diatribas que nosotros (al menos las de los individuos pensantes de entre nosotros, quiero decir), y se hacían las mismas preguntas al observar tal o cual fenómeno natural. Y un ejemplo de esto lo encontré hace algunos años en la República de Cicerón, de la que sobre todo se conoce el libro VI (el famoso Sueño de Escipión, que circuló independientemente a la obra). Al comienzo de la obra, Cicerón pone en boca de sus egregios dialogantes un fenómeno asombroso que se pudo observar en Roma: la aparición de dos soles; en cualquier caso la curiosidad y el asombro ante el fenómeno de este viejo romano son los mismos que las de la gente corriente que observa en nuestros días el supuesto portento. Hoy en día esto es explicable desde el punto de vista de la ciencia, y esa es la diferencia fundamental: se trata del fenómeno conocido como "parhelio". Pero esto sólo es anecdótico, y no pretendo hablar aquí de curiosidades, sino de las grandes ideas y cosmologías de la Antigüedad, la Edad Media, y la Edad Moderna, tanto en nuestra vieja Europa, como en las igualmente vetustas Asia y América. Sus hombres de ciencia trabajaban para registrar fenómenos atmosféricos y astronómicos, para datarlos y explicarlos, para registrar regularidades e irregularidades allí donde las hubiera, y para expresar asombro y curiosidad infinitas ante el espectáculo del cielo y de la materia. Animo al lector que no conozca o que no se crea mucho lo que estoy diciendo, que se acerque a las obras científicas y técnicas del pasado, porque le aseguro que se llevará muchas sorpresas. Pero no sólo a estas obras, que en mucho han sido superadas en nuestros días por las sucesivas oleadas de efervescencia científico-técnica, sobre todo desde el siglo XIX para acá, sino también (y sobre todo), las obras filosóficas y religiosas, que muchas veces nos explican mejor nuestra propia naturaleza que algunas obras filosóficas y literarias contemporáneas.

Es más, desde mi punto de vista se está explicando torticeramente en las facultades dedicadas a las humanidades (y a veces incluso en las facultades de ciencias) el pensamiento, la ciencia y la tecnología de las épocas pasadas. Lo digo porque es relativamente fácil discutir acerca de la Dictadura Franquista, o bien decir que Einstein descubrió tal o cual cosa, pero el mundo no comenzó en el siglo XX, sino que es mucho más antiguo. Tanto, que la ciencia moderna se nos antojaría un eslabón anecdótico si tenemos en cuenta los cientos de años de historia humana en la Tierra. Y decir que no tiene nada que ver con nosotros tal o cual civilización de un pasado remoto, me llena de rabia y frustración, sentimientos que en absoluto son los que experimenté en las científicas y teológicas lecciones de estos dos grandes eruditos a los que aludía. Antes bien sentí tristeza. Tristeza porque no se pusiera en valor el esfuerzo de aquellos hombres y mujeres sabios de los siglos pasados, por ver cómo perdemos esas antiguas lecciones de la vida, creyendo descubrir algo que ya estaba pensado y registrado desde hacía siglos; tristeza por ver con qué facilidad olvidamos e ignoramos la magnífica obra de los filósofos del pasado. Tristeza por ver cómo una muchedumbre acude a las consultas de los psicólogos antes que a la obra de Platón, a la de Aristóteles, a la de Plotino, a la de los estoicos, epicúreos, cínicos, a la de presocráticos tan poéticos y hermosos como Heráclito, o a las obras literarias de Homero, Virgilio, Apuleyo, Catulo u Ovidio; o sin ir más lejos, tristeza por ver cómo se ignora a los maestros medievales y renacentistas (algunos de ellos los cité en mi anterior entrada de junio "Studia Humanitatis"). El mundo no comenzó con Kant, Hegel o Marx, y mucho menos con Husserl y Heidegger. Y muchísimo menos todavía con Sartre y Camus. Es más antiguo, no tengan dudas de ello. Y ni siquiera creo que se pueda argumentar que los filósofos contemporáneos tengan una respuesta de más valor que la de aquellos hombres que vivían como nosotros en ciudades, y que tenían las mismas diatribas y los mismos dolores físicos y mentales que nosotros. Una vez más, olvidamos. ¿Recordaremos alguna vez el valor de conocer a nuestros antepasados?

Pero que no se engañen los simplistas: con esto no estoy argumentando de la misma manera que Gerard Encausse (más conocido como el Mago "Papus") en su Tratado Elemental de Ciencia Oculta (p. 83, Edicomunicación), cuando decía que "nuestras modernas clasificaciones en nada superan a las de los sabios del viejo Egipto", o cosas como (y perdonen la extensión de la cita, pero vale la pena):
"El reducirse en el estudio de la naturaleza a no ver más que su aspecto físico, equivale a no salir del primer grado de la cuestión, del lado material de la misma, y si se asciende al dominio de las fuerzas que modifican a la materia abórdase el segundo grado, el grado fisiológico. Muchos no pasan de aquí, asustándose de su propia audacia; pero es necesario tener el atrevimiento de llegar al fondo de la cuestión (…) El criterio de nuestros días, fundamentado en las afirmaciones del materialismo, nos habitúa a no ver en el universo más que un inmenso cadáver movido por fuerzas puramente físicas y nos habitúa hasta el punto de que, la concepción del universo poblado de inteligencias que actúen siguiendo las impulsiones del destino parece una estupenda fantasía cuando no un algo menos digno aún de intelectual aprecio. Tal es el poder de los prejuicios. Los críticos de suaves maneras salen del atranco diciendo que dicha teoría resulta poética (…) el investigador libre de preocupaciones, no debe retroceder ante los efectos del dictado, y si la Magia enseñó en todas ocasiones la teoría del universo viviente y dotado de inteligencia en vez de la del universo cadáver de los materialistas, sepamos tener el valor de defender la realidad de las entidades inteligentes de la naturaleza, a partir del instante en que nuestras observaciones y mágicas experiencias nos pongan en contacto con esas entidades (…) Los sujetos en estado de visión lúcida para los cuales quedan descorridos los velos del mundo material, distinguen bien claramente lo que ocurre en esa esfera de las inteligencias que actúan sobre el plano físico". (op. cit., pp. 94-96).
Como ven, no me refiero a esta cándida, luminosa e idealizada percepción del pasado de algunos desatinados y maravillosos magiciens decimonónicos. Es más, en nuestros días es incluso difícil que un estudiante de hermetismo sobre todo renacentista o contemporáneo, no caiga en un sentimiento análogo a este que expresó nuestro Papus (sobre todo en ciertos círculos académicos y desde luego entre los diletantes), pero como digo no me refiero en ningún caso a esto, sino a reivindicar nuestra propia profundidad histórico-filosófica como civilización, porque una cultura sin trasfondo y profundidad es una cultura muerta. Y de ahí la labor historiográfica y antropológica: comprender al hombre a lo largo de su periplo histórico nos ayudará a analizar nuestra naturaleza, nuestro presente. Nos ayudará a ser dueños de nuestro futuro. Pero no sólo eso, sino que también nos ayudará a ser mejores personas, y a no olvidar que nuestra forma de vida no ha sido desde siempre la única posible. Muchos seres humanos vivieron de distinta manera, quizás más felices o quizás menos, pero al fin y al cabo siendo los artífices o los esclavos de sus destinos y circunstancias, como nosotros. El periplo humano, -no lo dude, amigo lector-, es una travesía cargada de peligros y senderos inciertos, pero el actor siempre es el mismo a lo largo de los siglos: el ser humano frente a sus circunstancias y su mayor o menor habilidad para ignorarlas, comprenderlas o cambiarlas. Y para poder coger las riendas, o sencillamente para evitar que nos arrastren los acontecimientos, debemos hacer caso de nuestros mayores. Y si además tenemos la suerte de que algunos de nuestros mayores dejaron escritas sus vivencias, filosofías y experimentos, mejor que mejor. Si no, me temo que vagaremos en un mundo que se nos puede presentar ajeno e incomprensible, y cada vez más, a juzgar por la errante singladura de los acontecimientos durante los últimos veinte o treinta años.

Para terminar, me gustaría presentar el trabajo de Francisco de Paula Souza de Mendonça Júnior, un joven investigador brasileño que actualmente está terminando su máster y quiere desarrollar su actividad investigadora sobre la obra del Abad Johannes Trithemius, Steganographia, así como sobre la Historia de la Magia en la Iglesia Reformada. Además, su interés se decanta hacia los lenguajes criptográficos y simbólicos del Renacimiento y el Barroco, relacionados con la tradición hermética del periodo, así como en sus posibles vinculaciones con las esferas públicas de poder. Ojalá que tenga suerte en estos difíciles terrenos, porque se ve que es un investigador comprometido y capaz.

martes, 21 de octubre de 2008

La Granada Geocósmica


No cesaremos de investigar,
y al final de nuestro camino llegaremos al lugar del que partimos;
y descubriremos aquel lugar por primera vez.
 Thomas S. Elliot.
Estos bellísimos y muy apropiados versos expuestos por el Sr. Sequeiros al final de su interesante obra El Geocosmos de Athanasius Kircher: un encuentro con la filosofía y con la teología desde las ciencias de la naturaleza en el siglo XVII (Granada: Facultad de Teología de Granada, Departamento de Publicaciones y Marketing, 2001), me servirán bien para inaugurar esta nueva etapa en mi vida, así como en esta página. Se acaba de este modo mi fructífero paso por la Universidad de Salamanca, abrazando de nuevo con ilusión la ciudad de la Alhambra, que por otro lado recordaba con mucho cariño, y a la que no he dejado de visitar estos años.

A lo nuestro. La figura, la talla intelectual de Leandro Sequeiros, eminente teólogo y científico vinculado a la Facultad de Teología de Granada, es precisamente la que hoy deseo apenas introducir, y además me servirá de digno prefacio para este nuevo comienzo. Me interesa mucho el modelo no sólo académico del Sr. Sequeiros; considero que aunar fe y ciencia es una consecuencia afortunada de la sabiduría, y sobre esto ya he dicho algo, refiriéndome a Patrizi y a Einstein. En el caso del Sr. Sequeiros, este hecho cobra la importancia de una verdadera hazaña, lo que es signo muy cierto de su grandeza como hombre cristiano y como hombre de ciencia; digo que es una "hazaña" debido a que en los tiempos que corren los particularismos, los reduccionismos y los sectarismos escasamente justificados, llevan a los hombres dedicados al quehacer intelectual a una excesiva y a veces absurda especialización, un fenómeno lamentable que empobrece el discurso filosófico en todos los ámbitos del saber. Por eso, como digo, admiro la labor del Sr. Sequeiros.

El Sr. Sequeiros realiza una interesantísima aproximación, como historiador de la ciencia, al núcleo fundamental del crisol científico que supuso el Barroco para la civilización europea. En particular, estudia la concepción pre-científica kircheriana del "Geocosmos", que explicada por el propio Kircher, nos informa de lo siguiente:
"El globo terráqueo, al que llamamos Geocosmos o mundo terrestre, al ser fin y centro de toda la creación fue dispuesto por la divina sabiduría hacedora de todas las cosas con arte e industria para todas las fuerzas del universo y cualquier propiedad particular que se esconde en los globos de las estrellas se vea también en él como resumido en un epítome" (Mundus Subterraneus, L. II, cap. I, citado por Sequeiros en la p. 70).

Es decir, y así lo explica el Sr. Sequeiros, la visión geológica de Kircher es una visión "organicista", en el sentido de considerar a los procesos físico-químicos de la Tierra como los generados por un enorme organismo vivo, dispuesto por Dios para cumplir su función de nodriza armónicamente. De esta manera, Kircher entra de lleno en la polémica de la época sobre la verdadera naturaleza de los procesos geológicos operados en las entrañas de la Tierra, es decir, en la cuestión de la formación de los metales, la vulcanología, o simplemente en la propia realidad del interior de nuestro planeta (o dicho de forma llana: entre otras, las tesis que defienden la vacuidad del núcleo terrestre frente a la concepción kircheriana de un núcleo central ígneo, etc.).

Considerar los procesos físico-geológicos como elementos que obedecen a una Harmonia Mundi orquestada por Dios, como mónada fundamental vinculada hacia su receptáculo material, desde mi punto de vista nos remonta, en un primer momento, al Timeo platónico y en general al resto de conceptos neopitagóricos, pero sobre todo nos remonta al materialismo estoico, y quizás de forma indirecta a la filosofía hermética, al vincular el Macrocosmos (sobre el modelo de Tycho Brahe, dicho sea de paso), con el Microcosmos terráqueo, en el sentido habitual helenístico y estoico de correspondencia celeste, adaptado, como bien sabemos, por el conjunto de filosofías místicas altoimperiales como el medioplatonismo, el hermetismo, el neoplatonismo y el gnosticismo.

El Sr. Sequeiros, y aquí nos vamos a permitir una pequeña crítica, etiqueta indistintamente a estas influencias filosóficas de "neoplatónicas", quizás siguiendo en exceso la obra de Capel Sáez, La física sagrada: creencias religiosas y teorías científicas en los orígenes de la geomorfología española, cuando lo que es cierto es que deberíamos hablar, creo yo, de una influencia decididamente estoica o incluso hermética (quizás ni siquiera haría falta usar el concepto de "tradición mágica" para referirse a este tipo de pensamiento). Pero bueno, si bien deberíamos aprender a identificar correctamente las fuentes filosóficas y religiosas en cada caso, esto no es esencial cuando lo que pretendemos es hablar de las "teorías físicas" imperantes y en liza durante el siglo XVII, que de hecho es lo que plantea el Sr. Sequeiros.

De cualquier manera, y es lo que deseo introducir aquí, este organismo vivo (el Geocosmos) esbozado por Kircher desde 1654 (en su Iter Extaticum Coeleste et Terrestre), en el que nuestro humilde y sabio jesuita es conducido desde las más altas esferas por el ángel Hidriel, y hasta las más recónditas profundidades por el ángel Cosmiel, me reafirma en lo que he dicho en otras entradas de este cuaderno: las filosofías de corte platónico han encontrado desde el Renacimiento nuevas sendas "epistemológicas", sólo exploradas ampliamente con posterioridad por el conocimiento científico. Aunque, por supuesto, debemos ser muy cautos a la hora de analizar esta pretensión holística (religiosa y científica) del (neo)platonismo y hermetismo de todo orden y condición, y su verdadera contribución al desarrollo de las ciencias a partir del siglo XVII.

Desde luego, lo que es cierto es que este interés por la materia se encuadra en una visión optimista de la Creación, una visión que ha encarnado muy bien la Compañía de Jesús a lo largo de su historia, en el sentido de proponer como algo útil la exploración (científica) de la realidad "sublunar". Hoy en día estas cuestiones no se discuten demasiado, pero sin lugar a dudas son esenciales para comprender el cambio de paradigma operado desde hace siglos durante el fragor de la batalla no sólo ideológica en Europa.

Para acabar, me gustaría decir que espero llevar a cabo una remodelación a fondo de la actual configuración de la página. Una y otra vez le doy vueltas a la cuestión de cómo ampliar de forma útil la forma y el fondo de Studia Hermetica, y creo que no vendría mal, por ejemplo, un buen "diccionario hermético" (¡a ver si consigo acceder de una vez por todas el Dictionary of Gnosis and Western Esotericism, dirigido por Hanegraaff y editado por Brill!), que ayudara tanto al neófito como al especialista a colocar cada cosa en su sitio. Aunque, la verdad, tanto por recursos bibliográficos (por la escasez de éstos, digo), como por el enorme trabajo que se me figura supondría dicha empresa, aún pienso y trabajo sobre ello muy lentamente. No obstante, espero que en breve haya alguna novedad importante... Y no es para menos contando con que ahora me encuentro en una nueva institución universitaria, dotada, entre otras cosas, de nuevas y diferentes fuentes y recursos bibliográficos.

martes, 1 de julio de 2008

La esfera infinita


"Deus est sphaera infinita cuius centrum est ubique, circumferentia nusquam". Liber viginti quattuor philosophorum.

A raíz de mi reciente lectura del Liber viginti quattuor philosophorum he recordado una de las cuestiones que me parecen más fascinantes de la filosofía "hermética". En otras entradas de este cuaderno he dejado claro que admiro la obra de Giordano Bruno y la de Patrizi, y por supuesto la de Ficino y Nicolás de Cusa. Estos cuatro filósofos platónicos seguramente basaron muchos de sus presupuestos en este Libro de los veinticuatro filósofos, y es esta fascinante y bella obra la que justifica mi visión sobre el importantísimo "elemento estético" de las filosofías platónicas. La máxima especialista sobre esta obra de entre los siglos XII y XIII es Françoise Hudry, y recomiendo a todo el mundo la lectura de su excelente artículo "Le Liber viginti quattuor philosophorum et la génération en Dieu", incluido en Hermetism from Late Antiquity to Humanism. Asimismo el público de habla hispana está de suerte, ya que la editorial Siruela ha publicado una bonita edición bilingüe (latín-español), a cargo nada más y nada menos que de Paolo Lucentini. Precisamente la lectura de estos dos trabajos sobre esta obra teológico-filosófica del "renacimiento plenomedieval", es la que me ha llevado recordar algunas de las cosmovisiones sostenidas por el hermetismo renacentista.

Precisamente es en el Renacimiento cuando cambia la cosmovisión mecánica y cerrada aristotélico-ptolemaica, por otra visión más amplia, más "realista" y más bella de nuestro universo. Y quizás lo que deba sorprendernos es que sean las filosofías platónicas y no las obras propiamente "científicas" del siglo XVII las que den ese salto. Un salto, por otro lado, esbozado en obras como la que tenemos hoy entre manos. Desde luego, a alguien se le podía ocurrir que la célebre obra de Copérnico De Revolutionibus Orbium Coelestium (1543) es un tratado matemático-astronómico que quiebra la visión geocéntrica consagrada por Aristóteles, Hiparco y Ptolomeo, pero debemos recordar que es una obra póstuma debido a que el propio autor albergaba un gran miedo al ridículo y al rechazo y que además no iba más allá de ser una hipótesis matemática. Que quede claro que no estoy menospreciando esta obra cardinal de la Historia Universal, ¡faltaría más!, lo único que digo es que será la "fantasía" hermético-platónica de filósofos como el Cusano, Bruno y Patrizi, la que dé el salto definitivo hacia el universo esférico infinito y dinámico, sobre postulados neopitagóricos (recuérdese la conocida "conexión" pitagórica entre aritmética y geometría, y su utilización "teológica" en obras como De docta ignorantia) y herméticos (en particular, la concepción demiúrgica del Sol esbozada en CH XVI 4).

Es evidente que esto no es una cuestión menor, si tenemos en cuenta nuestros conocimientos actuales sobre la naturaleza del cosmos, y su asombrosa semejanza con estas obras de carácter metafísico... Recuerdo una vez en la que mi admirado catedrático Francisco González de Posada restó importancia de una manera que a mí me pareció algo soberbia a las concepciones filosóficas precientíficas que resultaron ser "verdaderas", ya sea porque su "poesía" se acercaba mucho a la naturaleza de nuestro universo (se me ocurren Heráclito o la cosmovisión estoica, y sus concepciones del lógos ígneo y la ecpýrosis respectivamente), o bien porque realmente "descubrieron" muchas de las regiones en las que actualmente se mueve la ciencia (caso de Bruno). Decía el Sr. González de Posada, y tenía razón el hombre, que todas esas "creencias" o filosofías "pre-galileanas" habían sido erigidas por "mera intuición" (y hacía un gesto algo despectivo, como queriendo restar importancia). No sé, yo, quizás porque soy muchísimo más ignorante, no digo tanto. Digamos que me quedo en que casi todo el pensamiento humano tiene un fundamento basado parcialmente en la observación (incluso el más especulativo), y quiero creer además, que la audacia filosófica de estos grandes maestros bajomedievales y renacentistas no se fundamenta ex nihilo, sino que la propia observación de la "naturaleza de las cosas" (un término vago pero aceptable a los efectos de este cuaderno) a veces (y digo bien, sólo a veces), erige un armazón filosófico-natural o metafísico válido. Por supuesto, ¡no olvido que la obra de Patrizi también está basada en las matemáticas! Además, creo que la ciencia y el armazón metafísico no deben ir separados (y me refiero aquí a metafísica en el sentido de "reflexión sobre los descubrimientos de la Física", como la magna obra de Xavier Zubiri, por ejemplo).

En fin, de esto se podría hablar muchísimo más, y prometo que cuando esta página disponga de una sección dedicada exclusivamente al "hermetismo filosófico" (que espero sea en breve), habrá un apartado para la recepción medieval del hermetismo filosófico. Me refiero al único gran texto hermético conocido antes de la recepción ficiniana del Corpus para el Occidente latino, es decir, el Asclepio, además de otras obras procedentes del ámbito árabe en forma de traducciones o reinterpretaciones de originales griegos (es el caso, por ejemplo, del Liber de causis y los Elementos de teología de Proclo); obras de grandes autores como Macrobio, San Agustín, Boecio, y Dionisio Pseudo Areopagita fueron "cristianizadas" durante los siglos XII y XIII en el ámbito de influencia de la Escuela de Chartres, y por autores como Alain de Lille, y otros anónimos como el autor del Libro de los veinticuatro filósofos, que ofrezco en la biblioteca de la página en edición bilingüe.

sábado, 19 de abril de 2008

Ciencia, ocultismo y decadencia


He tenido mucho tiempo para recorrer la red buscando cualquier cosa relacionada con el hermetismo. Como cualquier realidad humana, la filosofía hermética ha dado a luz vástagos maravillosos (creo que en mis anteriores entradas he dado algunos ejemplos), y también ha expulsado a este mundo abortos. Normalmente (lo que resulta significativo) esos abortos están relacionados de una u otra forma con la ingente morralla pseudo-ocultista contemporánea, o con movimientos "neo-gnósticos" (o como se diga), y otras corrientes de nuevo cuño de las que he tenido noticia, y que ni me molesto en comentar. Sinceramente todas estas realidades me dan repelús. De hecho, vagamente puedo entender cómo la abundantísima proporción de obras sublimes relacionadas con el hermetismo (por otra parte, concentradas en el Renacimiento) ha podido degenerar en eso. Pero que nadie me malinterprete, no considero que el ocultismo sea una estupidez sin más; de hecho, pienso que algunos de los movimientos ocultistas decimonónicos no estuvieron exentos de grandeza. Algo en modo alguno sorprendente, teniendo en cuenta los extraordinarios niveles de civilización que se alcanzaron en el siglo XIX.

Desde luego, entiendo por qué los ocultistas se maravillaron del pasado, y entiendo su desencanto con ciertas filosofías supuestamente sostenedoras de la ciencia moderna. Aunque, por supuesto, nada fuera tan sencillo: muchos reputados ocultistas fueron asimismo científicos, etc. Ciencia, filosofía y religión no han estado siempre divorciadas, y ahí tenemos para demostrarlo al que creo ha sido el mayor genio científico de la Historia: Albert Einstein. De hecho, considero que el pilar más sólido para una buena teoría científica es la pasión por conocer, y no la pasión por resolver una ecuación (y no sé por qué me viene a la cabeza la famosísima Breve historia del Tiempo de Hawking). Volviendo a lo que nos incumbe, debo decir que cualquier filosofía construida de raíz para ser simplemente una oposición a cualquier otra, evidencia su fragilidad. Desde mi punto de vista, las estructuras filosóficas más sólidas, y las que perduran por más tiempo, son aquellas que contruyen sin necesidad de destruir. Casi cualquier teoría elaborada por el hombre es susceptible de contener algún elemento de utilidad; las filosofías totalizadoras, o aquellas que pretenden elevar un método como indiscutible, y en general las que se autodenominan más allá de toda duda como verdaderas, mienten en diverso grado.

Otra cosa son las posiciones dialécticas propias de la controversia ideológica (un elemento que por lo que veo ha desaparecido en nuestros días). Digo esto porque considero esencial para el avance de las filosofías y las ciencias el enfrentamiento directo. El enfrentamiento lleva a menudo a la alianza y la construcción de algo más grande, y precisamente por este hecho, las polarizaciones y las escuelas de pensamiento aisladas, predominan en las épocas de decadencia cultural (como la nuestra). En efecto, tiene algo de razón Festugière al sostener al comienzo de su Révélation que las filosofías bajo el dominio de los Antoninos eran unas filosofías envejecidas, pero lo que no entiendo es que utilizara al hermetismo como un ejemplo de esto (por supuesto, se entiende contando con que consideraba al hermetismo como una filosofía degenerada y llanamente helenística y una mística de salvación más). Desde luego, es fácil colocar a Platón y a Aristóteles en el centro de la Escuela de Atenas, y decir que todas las filosofías platónicas y peripatéticas son sólo un producto degenerado de la obra de sus maestros.

Todo esto venía a cuento porque ayer mismo estuve sondeando la red, en busca de páginas sobre magia salomónica y demás temas relacionados, a raíz de mi lectura del trabajo de Pablo A. Torijano, La Hygromanteia de Salomón (1999) (trabajo que se puede encontrar en la sección que Azogue dedica a artículos y otros documentos), y una cosa llevó a la otra. Además, estuve bastante rato entretenido con la sección que Adam McLean dedica a artículos de tono académico y esotérico, sección que lleva frecuentemente a otras páginas de individuos relacionados con la alquimia y el hermetismo. Páginas que se mueven entre lo interesante, lo curioso, lo inquietante y, por qué no, lo cómico, como una en la que su autor, un tal Jay Weidner, pone en relación la conocidísima obra de Tolkien con la simbología alquímica.

martes, 15 de abril de 2008

La Nueva Filosofía Universal


"Ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en todo; que unos son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al toque de la piedra de la verdad". Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha.

Desde que hace meses hojeé la magna obra de Patrizi (1529-1597), Nova de Universis Philosophia (1591), ardo en deseos de profundizar en ella. Es curioso que mis primeras impresiones sobre la obra hayan resultado ser correctas en muchos casos, y me explico: desde que tuve la obra en mis manos supe que la maravillosa visión patriziana era nada menos que una nueva metafísica cristiana sobre sustento hermético, enlazando la visión teológica con la estrictamente científica, en un edificio filosófico admirable. Esto se debe no a mi sapiencia, sino a su sugerente título y a la claridad con la que el filósofo de Cres aborda esta titánica empresa. Por supuesto, no debemos olvidar que sus concepciones cosmológicas se encuadran en un sistema metafísico anterior a Galileo, Newton y a los increíbles avances del siglo anterior, de los que el actual siglo XXI es heredero.

Sólo conozco a dos personas que se hayan ocupado de la visión cosmológica de la Nueva Filosofía; una fue (porque falleció lamentablemente en 2006) Eugene E. Ryan, profesor de la Universidad estadounidense de Carolina del Este, y la otra es Tomislav Petkovic, actual profesor de la Facultad de Ingeniería Eléctrica y Computación de Zagreb (Croacia). Sé de la existencia de otros trabajos relacionados con la materia: una obra del año 1941 de un tal Benjamin Brickman, cuyo título es An Introduction to Francesco Patrizi's Nova de Universis Philosophia, autor asimismo de un artículo titulado "Francesco Patrizi on Physical Space", en Journal of the History of Ideas 4 (1943); además, aún tengo que ver la obra de Anto Misic, Metafisica della luce in "Nova de universis philosophia" di Franciscus Patricius (1995).

Pues bien, estos dos autores (E. Ryan y T. Petkovic) desarrollan en sus trabajos una visión muy interesante sobre el filósofo croata. Eugene Ryan se interesó por una visión un poco más "filosófica" (crítica antiaristotélica), y Petkovic ha optado, debido a su preparación científica, por un acercamiento a la obra de su compatriota desde la Física contemporánea (Teoría de la Relatividad, de las mareas, modelo copernicano-patriziano, etc.). El primero se ocupó principalmente de la apasionante concepción de la luz contenida en el libro "Panaugia" de la Nueva Filosofía; esta concepción tiene la virtud de que puede ser puesta fácilmente en relación con la teoría einsteniana de la Relatividad Especial de 1905 (postulado "L"), porque de hecho, ambas concepciones, la de Patrizi y la Einstein, se parecen mucho en cuanto a la importancia concedida por ambos a la luz en el funcionamiento general del cosmos. Por otro lado, Petkovic ha tratado de relacionar la Nueva Filosofía con las modernas concepciones del espacio dinámico (y no sólo sobre bases einstenianas, sino también contando con el trabajo de genios como Hawking y Penrose).

Pero lo más importante del trabajo de estos dos excelentes maestros es que ambos han revalorizado la obra de Patrizi, y a la luz de los increíbles avances de la Física en el último siglo. El cosmos de Patrizi es un cosmos vivo y en movimiento, un cosmos cuya maquinaria está basada en una "emanación lumínica" dinámica (lumen-radii-calor), y que, en palabras del propio Petkovic "has demonstrated the possibility of reconciling philosophy, physics, mathematics and astronomy". Y es esta sobresaliente visión la que me fascina particularmente, y sobre la que me gustaría seguir indagando. Aunque trataré en breve de dejar constancia de mis impresiones más distendidamente, he de decir que no me parece casualidad que dos de las cosmologías más celebradas de la desembocadura del Renacimiento hayan sido inspiradas por el hermetismo; la de Bruno es bien conocida, pero no ocurre lo mismo con la de Patrizi, y sincera y humildemente trabajaré para que su magnífica obra no caiga en el olvido.

No me gustaría acabar sin comentar la nueva sección que Azogue dedica a los "cuadernos de investigación". Hace ya unos cuantos meses que me puse en contacto por primera vez con Azogue. Recuerdo que no albergaba mucha esperanza de respuesta, y recuerdo además que le decía a José Rodríguez que sería interesante que la revista se convirtiera en un referente para otros investigadores interesados en la alquimia, y demás campos de estudio relacionados. Precisamente por esto, pienso que la nueva sección de Azogue es una excelente oportunidad para otros investigadores en mi misma situación, y desde aquí animo a todos los indecisos a que perseveren, y a que aprovechen esta oportunidad brindada por su editor. Asimismo, y aunque no me gustaría hacer de esto un cuaderno de otro cuaderno, ofrezco mi apoyo a la propuesta esbozada por José Rodríguez en su Weblog de formar una sociedad española de historia de la alquimia y cuestiones relacionadas. Con excelentes investigadores como Miguel López, Mar Rey y José Rodríguez (y otros que seguro vendrán), la cosa está hecha. ¡Ánimo!