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martes, 8 de noviembre de 2016

Doceo, docui, doctum: en defensa del maestro

Ser padre es, con mucho, la actividad más tortuosa y compleja a la que debe enfrentarse el ser humano, y por eso debo confesarle, amigo lector, que no sé si seré capaz de estar a la altura. Soy un tipo impaciente, seco, malencarado, arrogante y volcánico. Pero sé de muchos que de tanto alardear de ser superpapás, han acabado por hacer el ridículo.

Hoy toca hacer examen de conciencia, comenzando desde el principio: ese pequeñuelo nuestro traerá consigo una enigmática realidad que no podemos prever ni controlar, pese a nuestros vanos esfuerzos. En ese misterioso ser que concebimos o adoptamos, depositaremos nuestras esperanzas presentes y sueños rotos, tratando de determinar el rumbo de su conciencia en ciernes; de nosotros y del futuro carácter del nasciturus dependerá que nuestro empeño obtenga un fruto dulce o amargo. Puede que nuestra esperanza embarranque en la tiranía del “tú debes” (hacer, no hacer, trabajar o estudiar), o puede que si disponemos del talento, las ganas y la fortuna necesarias, nuestro retoño consiga convertirse en una persona digna, valiente, fuerte y educada. ¿O acaso nos da igual eso?

Para la burguesía posmoderna la finalidad de la educación no radica en las habilidades y características que desarrollará el jovenzuelo, sino en el estatus socio-económico que adquirirá durante su vida adulta. Así, la progenie de las clases media-altas y altas debería reunir ciertos requisitos: una educación universitaria cum laude que le permita acceder a un mercado laboral especializado y que le garantice el acceso a un nivel económico netamente superior al de las subclases obreras —perezosas y rudas por naturaleza—; mantenerse en forma haciendo ejercicio y comer sano, y por último pero no menos importante, procurarse una esfera social adecuada a su susodicha grada social. La perfección, o sea.

Huelga decir que la prole de semejante despropósito neoburgués adquirirá un ego inflado, de esos que se lo merecen todo por el mero hecho de haber nacido, así como un ánimo lánguido y una petulancia cortados por ese mismo patrón que guía la permisividad de sus papás. Recuerdo una ocasión en que la esquizofrénica mamá de un retoño al que tutorizaba me aseguró que su vástago debía ir a la universidad “porque su familia siempre había ido a la universidad”. Como es natural, la estrecha conciencia de mami no podía tolerar que su retoño quedara al margen de su orbe social. ¿Qué diría a sus amistades y familiares si su hijo no estaba a la altura?, ¿que sería un fracasado condenado a desempeñar trabajos de baja estofa durante el resto de su vida? Nada, nada: si su retoño no era capaz de concentrarse, estudiar, escribir, calcular, leer, comprender, representar, pensar y crear, se debía a que los profesores, incapaces de empatizar con su natural timidez, no alcanzaban a penetrar en su prístina alma. Pobrecito.

Obviamente, aquí no hablamos de educar a personas que sean, sino que aparenten ser. A los papis no les interesa tanto que su hijo adquiera conocimientos y habilidades concretos, como que se posicione como Dios manda en el escalafón; y si para ello deben amargar u hostigar al profesor de turno, sea. Da lo mismo que mi Vanesita y mi Luisito no sepan hacer la o con un canuto, porque por mis cojones u ovarios que aprobarán e irán a la universidad… En mi memoria se agolpan docenas de historias de madres y padres revoltosos, criticones, protestones, maleducados, ignorantes y bajunos, cuyos retoños constituyen una fiel copia de ellos mismos; y los maestros deben vérselas diariamente con estultos de semejante catadura moral, no conviene olvidarlo; unos maestros asfixiados por un sistema hiperburocratizado y kafkiano, al socaire de reformas reformadas, enclavados en una guerra fronteriza que ya nadie recuerda. Siempre ha sido así, claro, pero en los últimos años nuestros educadores están perdiendo un arma fundamental: su autoridad.

La última polémica educativa radica en la siguiente estupidez: ¿deberes sí o deberes no? Y heme aquí, amigo lector, haciendo un ejercicio de contención para evitar proferir los epítetos que a mi perverso magín acuden prestos. ¡Mírelas bien! Cientos de familias burquesas ocupan las calles para forzar a esos sucios profesores a que respeten el ocio de sus hijos, ahogados en la vorágine y el estrés que supone elaborar inútiles comentarios de texto, leer libros (¡horror!), realizar ininteligibles operaciones matemáticas y confeccionar proyectos de investigación escasamente creativos.

Mi infancia, como la de muchos otros compañeros de generación, fue mucho más sencilla: estudiábamos u holgazaneábamos, ergo aprobábamos o suspendíamos, jugábamos (en la calle o en casa), imaginábamos… y hacíamos deberes. A mis padres ni se les pasaba por la cabeza cuestionar la autoridad de mis profesores, hasta el punto de que cuando un zagal metía la pata en la escuela (por ejemplo, llamando “hijoputa” al maestro), se le aplicaba un cachetón correctivo y después sus padres corroboraban la adecuada reacción con otro aún más contundente. Sí, sí, como lo oye, amigo lector: se le daba una hostia al niño, es decir, se aplicaba en el pequeñuelo un arranque de violencia controlada cuyo mensaje rezaba tal que así: “existe una esfera exterior, ajena y superior a ti, y si te portas como un tonto sufrirás las consecuencias”. Pero en los míseros y prefabricados tiempos que corren cualquier ataque al individuo (particularmente a nuestros impolutos, honestos y educados retoños), se considera intolerable, impropio, terrible e injusto. ¡Cómo osan, esos zarrapastrosos profesores!… El mundo al revés: ahora son los papás los que acuden raudos a demandar explicaciones al profesorado ante cualquier atentado contra su prole: ¿por qué mi hijo ha suspendido, si estudia un montón?, ¿por qué se le castiga, si me ha dicho a mí que se porta requetebién?, ¿por qué no le pasáis de curso, si él o ella se lo merece?

Normalmente no personalizo mis invectivas, pero esta vez haré una excepción: la CEAPA, la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado, se ha portado como una asociación integrada por imbéciles[1], ignorantes[2] e incultos[3] papás, dispuestos a desproveer a los maestros de la poca autoridad de la que aún gozan. Y yo, que no soy educador, me permito la osadía de enunciar lo que pienso sin restricciones. De cara a la pared pondría yo a esos protopijos posmodernos. Y con orejas de burro. Que conste que no estoy de acuerdo con que nuestros amiguitos sean aplastados con una carga de deberes excesiva durante la Educación Secundaria Obligatoria (que no en el Bachillerato, donde creo que la dedicación al estudio debería empezar a ser más seria y continuada), pero no se trata de eso, sino de defender un principio elemental: el respeto a la autoridad, a aquellos que saben más que tú y que se afanan día a día en formarse y formar a otros (también en la ética del esfuerzo). Desconociendo este venerable y vetusto principio, acabaremos educando a monstruitos irresponsables e inconscientes de sí mismos, de sus carencias y defectos. Nuestros hijos no son perfectos ni lo serán nunca, y en buena lógica deben ser aleccionados y guiados en un mundo del que ignoran prácticamente todo.

Ya basta de que madres y padres se entrometan en el trabajo de los profesores, incluso en el caso hipotético de que sus hijos hayan sido objeto de una injusticia real. La vida es dura, señoras y señores: yo lo he tenido que sufrir innumerables veces en mis propias carnes. Papi y mami no estarán siempre ahí para defendernos, así que debemos apechugar y seguir adelante. En nuestro camino nos toparemos con profesores buenos y malos: falsos e hipócritas que ignoran a sus pupilos e incompetentes que les amargan la vida, pero también excelentes profesionales que les iluminan. En cualquier caso, unos y otros aportan su particular granito de arena en el desarrollo vital del retoño.

Enumera el ridículo cartel de la CEAPA algunas actividades alternativas: hablar de derechos y obligaciones o de violencia de género, preparar una nueva receta de cocina o tomar una decisión familiar juntos… En fin, semejante cúmulo de despropósitos ha llevado a la comunidad educativa a expresarse con vehemencia, asemejándose a los trescientos espartanos que defendieron el angosto paso de las Termópilas frente a una grey de bárbaros y esclavos. Bien, permítanme que me una a la lucha.

En efecto, el sistema educativo debe evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos; y si se me pregunta en qué dirección, recomendaría algunas interesantes charlas de los ponentes de TED, que denuncian las carencias, incoherencias y paradojas del mismo, anquilosado aún en un obtuso esquema dictado por la revolución industrial decimonónica: los ingenieros y científicos son superiores a los artistas, humanistas y deportistas de toda condición, y lo importante no es tanto la interiorización de la capacidad aprendida, como el hecho de alcanzar un aprobado aritmético que les permita acceder a un mercado laboral mecánico y desalmado. ¿Y qué podríamos hacer para cambiar las cosas? Pues podríamos empezar por ensanchar los estrechos ámbitos de la escuela, acercándola a la realidad de la vida diaria: a los museos y la universidad, al gran abanico de deportes que existe (hay vida más allá del fútbol), a los conservatorios y al tejido empresarial. Pero para ello tendríamos que involucrar a muchos más profesionales, ampliando generosamente el presupuesto en educación… Ya puedo ver a esos políticos semianalfabetos mirando hacia otro lado, silbando.

Esto decía Fátima Javier, una educadora, en una red social:

“Hagan huelga, por favor, para que de una vez por todas se prohíba que cada partido político que alcanza el poder cambie de sistema educativo y vuelva loco a docentes y alumnos. Hagan huelga, les ruego, para que en este país nuestro tan extravagante suban el PIB del 4% al 8 %, que es lo que hacen en los países nórdicos como Finlandia, pues invertir dinero es hacerlo en calidad educativa. Hagan huelga, les pido, para que se cubran las bajas de los maestros cuando nos ponemos enfermos y así no haya que repartir alumnos/as por todas las clases, con la sobrecarga educativa que eso supone. Hagan huelga, les suplico, para que las aulas estén dotadas de material tecnológico adecuado, pues de cada diez sólo dos disponen de pizarras digitales y (oh) maravillas tecnológicas que usamos en las casas con naturalidad, como ordenadores y tablets. La pizarra verde y la tiza tiene una estética romántica adorable, pero queda obsoleta en relación a cómo avanza nuestro mundo. Hagan huelga, les reclamo, para que en las clases de lugares como Andalucía no se asen de calor los niños y niñas, pues muchas aulas no disponen de aire acondicionado y lo pasan realmente mal. Hagan huelga, les solicito, para que la ratio, que es la relación numérica entre alumnos/as y profesor/a, sea de quince niños y no de veinticinco y que se instaure de manera eficaz la figura del maestro de apoyo, tan necesaria para el avance del alumnado con dificultad. Y si hacen huelga por todo eso, entonces para mí tendrá sentido lo de los deberes y podré reconciliarme con la idea de que el maestro en España es valorado”.

A todos se nos llena la boca con términos como “creatividad”, ¿pero acaso no es hipocresía lo que motiva este vacuo terminismo? Afrontémoslo: nuestros hijos no tienen por qué ser Cezannes, Einsteins, Bécquers o Prousts. Y hablo exclusivamente del campo de las Humanidades, en el que dispongo de cierto criterio. Decía que su hijo no tiene por qué ser un genio creativo, ni falta que le hace; antes al contrario, lo que corresponde a su tierna edad es que colme esa alma suya en ciernes con conocimientos y experiencias, y que, de paso, desarrolle sus capacidades básicas; me refiero, por sólo citar algunos ejemplos, a la memoria, el cálculo, la concentración, la comprensión lectora, la caligrafía, la ortografía, el deporte y las técnicas artísticas. Para llevar a buen puerto este objetivo se me ocurren muy pocas cosas: que lea mucho, que escriba mucho, que practique mucho y que indague mucho (por su cuenta y bajo la atenta mirada de sus maestros). La creatividad literaria, filosófica o artística, debe promoverse, qué duda cabe, pero me temo que la personita en cuestión debe adquirir primero una base técnica (que no erudita) suficiente, lo mismo que bagaje. Sólo un genio literario y filosófico sería capaz de generar una obra maestra antes de los veinticinco años. Las Humanidades necesitan de un despliegue intelectual y anímico tal, que mejor será que nos olvidemos de depositar nuestras esperanzas en engendrar un Gabriel García Márquez; la floración de semejantes portentos corresponde en exclusiva al misterio de la naturaleza. Su hijo o hija, estimado lector, debe afanarse en aprender y divertirse.

En relación a la rama de Humanidades en el Bachillerato, me temo que no gozamos de un futuro halagüeño. España es un país que desprecia a sus académicos y artistas por el mero hecho de serlo, y por si fuera poco, nuestros humanistas están siendo educados en centros universitarios escasamente dotados y especializados. Al Bachillerato de Humanidades acuden los desahuciados, los desmotivados, los desordenados, los desperezados y los despistados. Ante un cuadro, bostezan; ante una obra literaria, dejan caer los párpados; y sobre una obra filosófica, duermen plácidamente. A raíz de estas cándidas reacciones, los maestros suelen torturarse en la intimidad del hogar: ¿será mi culpa?, ¿valdré para esto?, ¿qué podría hacer para motivarles? La única respuesta que me viene a la mente es seguid ahí, dando guerra. Expandiendo las estrechas fronteras de esos cenutrios en miniatura. Los humanistas por vocación somos muy pocos; el resto se encontró con la filología, la filosofía o el arte por aburrimiento o debido a su natural carencia de solidez intelectual (al fin y al cabo, se les venden unas ciencias humanas caricaturizadas, desprovistas de su verdadera grandeza y complejidad). Al amparo de polvorientos departamentos universitarios y empresas culturetas del todo a cien vagabundean los que sobrevivieron a la quema; meros empollones de once sobre diez que supieron ocultar sus defectos con una memoria devora-apuntes, afanados en torcer el futuro de todos aquellos que realmente albergan una vocación por las letras y las artes. Pero esa es otra batalla en la que prometo mantenerme firme; en otra ocasión hablaré de ella.

En cuanto al uso de las nuevas tecnologías en las aulas, me aparto del discurso de la mencionada pedagoga. Pero antes de continuar, permítame algunos apuntes previos: tengo un ordenador en las manos desde principios de los años noventa y he asistido a la anábasis informática desde el origen de su propagación masiva; confié en Internet para desarrollar mis proyectos académicos, y uno de mis primeros sueldos fue invertido en un pretérito ordenador portátil. Manejo miles de fuentes digitales y mi base de datos académica se lleva un buen número de gigabytes. Permanezco atento a las plataformas virtuales, las redes sociales, los videojuegos y los metaversos. Y actualmente trabajo en la integración de las nuevas tecnologías en el sector editorial. Y a pesar de todo, amigo lector, dudo de que a una personita de doce, trece o catorce años, le sirva de mucho que le regalen un bólido cuando aún no sabe manejar una bicicleta. Lo que corresponde a los niños es aprender a utilizar sus manos para abrir y cerrar libros, garabatear papeles y perderse en museos, bibliotecas, monumentos y escenarios varios. Deben sentir el ámbito que les rodea, y una vez hayan experimentado con sus propios miembros toda esa sucia materia prima, entonces y sólo entonces, deberían elevar su nivel de abstracción y empezar a manejar tabletas y ordenadores para el desarrollo de sus actividades académicas. Con esto no digo que los niños deban abstenerse de utilizar las nuevas tecnologías a diario, pero en lo que a la escuela se refiere, y por mi propia experiencia pedagógica con adolescentes, puedo afirmar que no les está siendo útil por razones que todo el mundo puede comprender: para editar textos y materiales audiovisuales, una persona debe gozar de unos conocimientos informáticos previos (si se quiere trabajar rápida y eficazmente, pilares básicos de la computación cuya inobservancia invalidaría la aplicación misma de la tecnología), conocimientos que, en general, no se les están brindando en el ámbito educativo, afanado en aplicar porque sí las mencionadas modernuras. Además, el aprendiz debería poseer una experiencia previa con el soporte papel: márgenes, tamaños de letra, párrafos, estilo, textura, pulso, ritmo… Una vez superada esta etapa será capaz de valorar y utilizar correctamente los aparatos digitales. Esa legión de estudiantes de Secundaria analfabetos frente a frías pantallas digitales no constituye un espectáculo edificante.

Una generación de pésimos padres está ahogando el futuro de sus hijos con una constante e insoportable injerencia en su vida social y privada; nosotros, los cachorros de los años setenta y ochenta, lo mismo que las generaciones anteriores, jugábamos durante horas y horas con nuestros coleguillas (sí, a pesar de la horrible carga de deberes con la que nos torturaban); ahora los zagales agotan sus existencias en interminables actividades extraescolares, ¡no vaya a ser que molesten en exceso a sus progenitores! Mi carcajada, en fin, es análoga a la del espartiata Pausanias (Historia, IX, 82) cuando se mofaba de la suntuosidad y ostentosidad persas, en contraste con la vencedora austeridad lacedemonia. A nuestros hijos no les vendría mal un baño de humildad, sufrimiento y escasez para mejorar. La abundancia, como bien reflexionaba el bueno de Heródoto por boca de atenienses y espartanos, no produce sino egos leves y capacidades creativas mermadas. De hecho, nada me haría más feliz que alguno de esos países que con intolerable arrogancia tachamos de “tercermundistas”, tomara el relevo de nuestra hegemonía cultural. Nos lo mereceríamos.

De nuevo, gracias por su atención, amigo lector.





[1] adj. Tonto o falto de inteligencia. 
[2] adj. Que carece de cultura o conocimientos. 
[3] adj. Dicho de una persona, de un pueblo o de una nación: De modales rústicos y groseros o de corta instrucción.

domingo, 28 de junio de 2009

Studia Humanitatis


"Sapere aude,
Incipe: vivendi qui recte prorogat horam.
Rusticus expectat dum defluat amnis; at ille
Labitur, et labetur in omne volubilis aevum". Horacio, Epístolas, I, II, 40.
El lector habitual ya sabrá que de vez en cuando escribo en este cuaderno acerca del ambiente universitario en general y del estado de los estudios humanísticos en concreto. Bien, desde hace meses le llevo dando vueltas y vueltas a las mismas ideas, y como he tenido la oportunidad de ver y vivir algunas cosas enriquecedoras, interesantes, graciosas y, por qué no, grotescas, durante los últimos tiempos, no puedo sino exorcizarlas. Asimismo, creo que este tipo de consideraciones se justifican bien en un cuaderno de notas sobre hermetismo, aunque sólo sea porque esta filosofía tardoantigua constituyó uno de los pilares básicos del Renacimiento, y una verdadera inspiración para los filósofos platónicos del periodo, y posteriormente para otro tipo de corrientes de pensamiento como el pseudo-paracelsismo (Theophrastia Sancta), el Rosacrucismo, la Teosofía y más tarde el Pietismo dieciochesco.

He decidido además titular a esta entrada "Studia Humanitatis" con todas las de la ley, porque de hecho, yo concibo la universidad del mismo modo que aquellos hombres cultos, lúcidos y valientes que durante el Renacimiento se enfrentaron al academicismo retorcido: al aristotelismo y al pedantismo, tratando de erigir no sólo una nueva universidad, sino también un mundo nuevo en el seno de una civilización asentada sobre sus raíces más venerables. Un mundo donde la frase de Horacio del encabezamiento cobrara sentido, donde nuestra civilización fuera más luminosa, una civilización que no cayera en el agujero de la desesperanza y del alejamiento del propio ser humano. Un mundo antropocéntrico en el sentido renacentista y clásico, es decir, un mundo que ensalzara las artes, las letras y las ciencias para el bien de la humanidad, pero siempre sobre la base de una visión totalizadora del conocimiento, que se alejara de la vana separación de las ciencias que caracterizaba a la universidad medieval, como bien enunciaba Lorenzo Valla, uno de sus más fervientes defensores.

Esta idea, por ejemplo, fue la que llevaría al Cardenal Cisneros a la fundación de la Universidad de Alcalá, en oposición precisamente a la escolástica y gris Universidad de Salamanca, una universidad que denostó al mismísimo Antonio de Nebrijasencillamente por su talento, pero una universidad que albergaría igualmente a personajes como Francisco de Vitoria, que defendió la Verdad, la Belleza y la Justicia (aquí cobra todo su sentido Platón), frente al resto de bárbaros insensatos que trataban de subyugar a los indígenas de las Américas. Una universidad en la que los versos de Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, adornaran pórticos, librerías y corredores. Hombres y mujeres que defendieron la justicia frente a toda una gritona y violenta grey de ignorantes, mezquinos, pedantes e imbéciles. En resumen, una universidad que sostuviera a una civilización siempre vacilante, peligrosamente inclinada hacia la violencia gratuita, la arbitrariedad e incluso la locura (si no me creen, lean algo sobre la Guerra de los Treinta Años), y que amenazaba con arrastrar en su locura el esfuerzo continuado de los hombres sabios, valientes y buenos que en el mundo han sido. A veces esta institución venerable que conocemos como "universidad" lo consiguió y otras muchas no, pero lo importante es que esa lucha continuaba. Paso a paso, generación a generación. En esa lucha silenciosa estaban implicadas muchas personas apasionadas: personas férreas y duras de pelar, extremadamente cultas pero en absoluto vacilantes a la hora de defender con hechos sus palabras. Cada uno a su manera: mediante la palabra o mediante la espada.

No quiero extenderme mucho más en este recuento. Ahora hablaré de nuestro presente. ¿Qué queda de ese antiguo antropocentrismo, de esa bella idea de humanismo renacentista? ¿Qué queda ahora de los estudios humanísticos: de la madre Filosofía y de sus hijas: las Filologías, la Historia, las Artes, la Antropología, el Derecho y el resto de ciencias sociales? O mejor dicho, ¿se estima de igual forma en la actualidad a un científico y a un filólogo?, ¿respetamos del mismo modo a un filósofo y a un médico? ¿Acaso nuestras sociedades erigen sus jerarquías sociales y sus valores ético-estéticos sobre bases humanísticas? Las respuestas son efectivamente unos noes como unas catedrales. En realidad, no estoy apelando con esto a ningún sentimiento más o menos lacrimógeno, ni trato de hacerme el intelectualoide pedantesco. Voy más allá: esto que digo tiene consecuencias devastadoras sobre nuestras sociedades. Desde la arquitectura de nuestras ciudades (recuérdese la aciaga Carta de Atenas y el alzamiento de psicópatas como Le Corbusier a la categoría de genios), hasta el consiguiente alejamiento del Arte con mayúsculas de nuestras calles, de nuestra vida cotidiana, de nuestras élites intelectuales o políticas (compárese la belleza inigualable de ciudades como Florencia con los terrores tecno-funcionales de las ciudades contemporáneas de los Estados Unidos o de los países ex-soviéticos; compárese a los genios del pasado como Miguel Ángel, o, sin ir más lejos, Van Gogh, Manet o Goya, con los idiotas y ridículos histriones que han hecho las veces de "artistas" en nuestra época, como los Andy Warhol o los Duchamp. Locos e infelices que pugnaron por alejar la civilización de su contexto humano, creando terrores suburbanos de pesadilla y sociedades feas y grises, que destrozan nuestra amada tierra desde hace ya demasiados años.

Esto en lo que respecta al arte, pero mucho podríamos decir acerca de otras regiones de cualquiera de nuestros ámbitos culturales. Dejo para el lector avispado un recuento más o menos exhaustivo de ejemplos. Para mí es algo evidente que la decadencia generalizada de la civilización va de la mano de la decadencia de los estudios humanísticos, de nuevo en manos de pedantes, idiotas e incompetentes, que desde sus sinecuras, en el caso que nos ocupa ahora, universitarias, promueven un estudio estéril y solipsista, que no hace sino engordar los ridículos apuntes de una generación floja, inerme y cobarde, que cada vez más se aleja del verdadero sentido del saber, y se deja morir en la cuneta de la indiferencia, mientras los despojos y los sueños rotos u olvidados de las manifestaciones culturales sesenteras y setenteras, adornan la carretera de una civilización que desde hace mucho tiempo ha perdido el norte, y no es que navegue hacia el desastre absoluto, es sencillamente que no navega.

Ahora los que mandan son los integrantes de un célebre círculo de locura que todos conocemos bien: tecnócratas empresariales y financieros, clases políticas analfabetas e inermes, científicos de no-sé-yo-hago-lo-que-me-mandan, técnicos administrativos ciegos y ridículos que hacen que tu risa durante la lectura de La Nariz de Gogol sea amarga, artistillas del qué-bueno-que-soy, periodistas imbéciles y depravados... Todas estas "clases" insertas en este círculo dominador han desbancado de sus venerables sillas a losTurnèbe, a los Casaubon, a los Erasmo, a los Lutero, a los Ficino, a los Patrizi, a los Loyola, a los Montaigne, a los Petrarca, a los Pascal... Han escupido a los grandes escritores: a Dostoievski, a Proust, Kafka, a las benditas Brönte, a Clarín, a Cervantes, a Shakespeare... Recuerdo una buena película que vi hace poco: Copying Beethoven (2006), que relata a la perfección el choque que representan la pasión y la actividad puramente humanas de un genio magnífico y atormentado por el dolor, y una sociedad que cada vez con mayor intensidad, prestaba atención a los técnicos y a los ingenieros: los generadores de la Nada. Una sociedad que llevaba el camino directo a la locura: si no me creen, cuenten los muertos de las Guerras Mundiales y sus coletazos durante todo el siglo XX, y sobre todo sus consecuencias para los vivos (que aún hoy pueden sentirse).

Y todavía una gran masa de analfabetos e idiotas se sigue preguntando para qué demonios sirve conocer las declinaciones latinas o griegas, para qué debemos construir edificios que reconcilien al ser humano con la naturaleza (el último intento lo encontramos en el Modernismo), para qué sirve un filósofo, para qué demonios sirven los estudios historiográficos que arrojan luz sobre nuestro pasado, para qué continuar escribiendo partituras y hacer música que eleve nuestros corazones, para qué pintar cuadros que nos estremezcan. Todavía hay gente que se sigue preguntando el porqué de intentar la comprensión del lugar del ser humano en el Cosmos (en definitiva, la ciencia teórica), en la Naturaleza y en la realidad divina. Para qué preguntarnos todas estas cosas, si estamos seguros en manos de empresarios y políticos psicópatas e ignorantes. Todavía recuerdo cómo una muy conocida y venerada catedrática de Derecho, me comentaba con orgullo que había sido mentora de un infame concejal de la localidad, que nada más aterrizar en su sinecura había logrado un sueldazo a cambio de nada. Recuerdo además cómo un respetado juez allá por mi isla, me decía que el Derecho Romano era una "entelequia histórica", o bien cuando toda una catedrática del Departamento de Historia Moderna de la Universidad de Salamanca, trataba de explicar la filosofía y la ciencia de este periodo tan vital para nuestra civilización, tachando a Aristóteles de "tonto" y a Isaac Newton de "homosexual reprimido"... Bueno, a pesar de estos desaguisados, aún nos preguntamos, lo queramos o no, sobre el sentido del concepto de "civilización", sobre nuestra vieja Europa. En definitiva, sobre muchas cosas y hechos humanos, porque humanos somos y seguiremos siéndolo, hagamos lo que hagamos. Además, en la actualidad, existe mucha gente preparada que trabaja en el ámbito universitario, y tengo que decir que algunas de estas personas han sido mis profesores, y a estas competentes, valientes y cultas personas, sí que las voy a citar: Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares, Francisco González de Posada, Leandro Sequeiros, Ignacio Núñez de Castro, Pablo García Castillo, José Luis Calvo Martínez, Félix García Morá, Cohen Amselem, Luis Serrano-Piedecasas, Santiago Díez Cano, María Soledad Corchón Rodríguez, José Luis Martín Martín, Ángel Vaca Lorenzo, Fernando Luis Corral, Julio Sánchez Gómez, y otros muchos maestros de los que ya no recuerdo ni siquiera sus nombres, por los años transcurridos desde el colegio y el instituto. Ellos no son personas que me "caigan simpáticas" o que me hayan puesto una buena nota o me hayan adulado de cualquier otro modo, sino personas que en general he conocido en la distancia, con mucho respeto y admiración: les aseguro que he disfrutado con sus explicaciones y sus trabajos, y por ello les estoy agradecido.

Pero bueno, ¿y qué pasa con nuestra universidad española? Contestaré con un ejemplo. Recientemente me he encontrado algo que no esparaba encontrar jamás, porque, ya lo he dicho, he conocido incompetentes, tontos, pedantes, envanecidos y ridículos, pero nunca había conocido a un profesor que diera clases sin conocer lo básico acerca de su propia materia, y que para esconder esto, planteara las clases "en plan debate" (imagínense: "Los romanos, esto... eran muy listos"; o "qué simpático, jijijiji, un emperador estoico"...). Les juro que sufría de lo lindo: la vergüenza ajena me dominaba mientras oía semejantes chorradas, y sobre todo, mientras me imaginaba lo que le estaba costando al erario público mantener al mentecato en cuestión en su puesto. Y al final me preguntaba lo inevitable: ¿para qué demonios sirve la universidad? Además, no se engañen: ahora tenemos nuestra propia escolástica, que no pasa simplemente por incompetentes que lograron su plaza mediante clientelismo barato, sino también por una novedosa panda de "locos" (creo que se les puede llamar así con justicia), que además de su plaza como profesores, habitan en institutos e instituciones de lo más variado, imagínense: "Instituto de estudios para-feministoides de género", o "Instituto de estudios de la Pacificación de las naciones", o chorradas de esa laya, que sólo sirven para justificar un plus en sus ya generosos estipendios a cargo del común de los pecheros; o bien que defienden metodologías y cuestiones pseudo-históricas para no tener que currar de verdad. De hecho, ahondando en lo mismo, me lo paso muy bien cuando oigo a algún despistado hablar de que "hace falta invertir más en educación", y algún preclaro político, tanto da que sea del Pesoe o del Pepé, que siguiendo este principio, se le ocurre gastarse una millonada en poner no sé cuántos ordenadores en tantos colegios, como si esa ridiculez fuera a hacer más sabios y eficaces a la horda botellonesca que día a día abarrota esos colegios, institutos y facultades de Dios. O cuando dicen que van a financiar "actividades culturales", y echan unas perras en el bote electoralero para que cuatro bobos organicen un concierto de jipjop, un "encuentro grafitero", o -la madre que los parío- un concierto de tambores congoleños en alguna céntrica plaza, al grito y/o eslogan de "fusion", "encuentro de jóvenes artistas" o "urban rhythms" y paridas de ese tipo.

Y bien caballeros, ¿qué hay de la cultura de verdad? De esa cultura que en otro tiempo daba para historias tan fascinantes como la que protagoniza, por ejemplo, la llegada de los textos herméticos a Europa (después de la recepción siglos antes del Asclepio en el entorno de Chartres en Francia, y de algunas obras de astro-magia que pueden pasar por "herméticas", en la labor compiladora que supuso el mecenazgo de Alfonso X, en España). Pues bien, ese silencioso y enormemente influyente acontecimiento, es casual a la par que hermoso: un clérigo bizantino, Leonardo da Pistoia, que termina con un "misterioso" manuscrito en Italia, y que bajo los dictados de Cosimo il Vecchio, Ficino traduciría incluso antes que los textos del mismísimo Platón; unos textos que, recreando un poco la impresión del insigne traductor-difusor, parecían estar producidos por una sabiduría anterior a Cristo, por lo que además de ser una profecía acerca del advenimiento del cristianismo, implicaba el reencontrarse con unas raíces antiquísimas y de valor incalculable (la bien conocida prisca theologia): "Hic ruinam praevidit priscae religionis, hic ortum novae fidei, hic adventum Christi, hic futurum iudicium, resurrectionem hominem, renovationem saeculi, beatorum gloria, supplicia peccatorum". Para una descripción detallada de esto, remito al lector al trabajo de Sebastiano Gentile, "Ficino ed Ermete", en Marsilio Ficino e il ritorno di Ermete Trismegisto, Florencia: Centro Di, 2000, pp. 19-26.

Cambiando este tono tan "dramático", tengo que decir que estoy muy contento con que este humilde proyecto de investigación mío tenga desde hace unos días un lugar en el índice de Azogue. Para mí es y será un placer seguir trabajando para un proyecto como este, en el que personas sencillas, serias, a la par que competentes y cultas, desarrollan una labor magnífica, desinteresada y no financiada. Todo un ejemplo para el que quiera seguirlo. Además, me alegro mucho de que personas de la valía de Mar Rey y Miguel López dispongan de su propio blog en Azogue; espero aprender mucho de ellos.