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domingo, 12 de febrero de 2012

Veritas Odium Parit (cuarta parte)


“Por eso, la peor angustia del mundo estriba en tener conciencia de muchas cosas pero no poder controlar ninguna” (Heródoto, IX, 16, 5).


Hoy vuelvo con una de mis más fervientes obsesiones: el concepto del saber en nuestras actuales sociedades. Estos años de estudio y de formación de mi propio espacio (en forma de proyectos académicos y artísticos), han hecho que pueda construirme una opinión bastante aproximada de cómo y adónde se dirige el saber en nuestro país (y cuando digo “saber”, hablo de la cultura y la universidad, y también de la innovación, la investigación y la capacidad inventiva, entre otras muchas cosas que ninguna institución puede enseñar, como son la clase, las buenas maneras, la elegancia y el buen gusto). Por cierto que podríamos hablar de la cultura o de la universidad como de cualquier otra cosa, porque estamos asistiendo a un amago algo preocupante durante estas primeras semanas del aún joven 2012. El barco va a la deriva , haciendo uso del castizo lenguaje marinero. ¿Y por qué? La respuesta no es unívoca ni sencilla, pese a que uno sienta tentaciones de despachar todo el asunto con una frase altisonante. 
Hay que tener en cuenta que nuestro país, estimado lector, es un reino muy particular en estos difíciles y movedizos terrenos de la cultura. Y podría decir prácticamente lo mismo de nuestros hermanos hispanos, supongo. Pero no lo haré por vergüenza torera. En mi opinión, esto es así porque desde antiguo se han valorado más la tradición y la obediencia, que la innovación y el espíritu de libertad que han caracterizado, con altibajos, al quehacer cultural de otros países europeos. Para estos países, la cultura no se despachaba entre una serie de pedantes y vagos pseudointelectuales que andaban de cháchara por los cafés de Madrid o Barcelona, proclamando con discurso grueso panfletismos políticos al margen de la paupérrima e iletrada plebe (en fin, el mismo tipo de intelectualidad barata y aburguesada que atacaba ferozmente Dostoievski en Los Demonios), sino de algo mucho más sutil y sencillo: el aprecio por la palabra escrita y la conciencia queda del valor del trabajo. Ese aprecio que se construye día a día, silenciosa y constantemente.
Y tranquilos, no tengo especial intención de utilizar ese recurso facilón que consiste en despachar a nuestra malograda patria con cuatro insultos e imprecaciones prefabricados, que ya nos lo decía la preclara y aguda inteligencia de nuestro Mariano José de Larra, tiempo ha:
« “En este país...”, ésta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. «¿Qué quiere usted?» -decimos-, «¡en este país!» Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: “¡Cosas de este país!”, que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos» (“En este país”, 1833).
España tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, pero de una vez por todas debe tomar conciencia de los vertiginosos cambios que se están operando en el resto del mundo, o acabará en ese lamentable estado en el que se encuentran otras naciones que no es preciso citar.
Hagamos algo de memoria. Desde hace unas décadas, esa entrañable generación de ciudadanos criados en la Posguerra, nos ha repetido hasta la saciedad a los cachorros nacidos entre mediados de los setenta y mediados de los ochenta, que “estudiáramos”. Y esto es muy loable, qué duda cabe, pero es perfectamente conocida su española y abierta intención de que su retoño “se colocara”, antes que otro propósito de índole más bohemio o elevado. Hablo en términos generales, naturalmente. Y así, una generación entera ha pasado –de hecho, está pasando– toda una década de su vida malgastando sus energías estúpidamente en esa institución podrida y absurda que es la universidad, más como un ritual ciego de nuestra cultura, que por el fruto de una verdadera vocación e inclinación por crear, cambiar o desplegar su alma. Y así, cientos de “licenciados” están siendo escupidos tontamente a una sociedad que los recibe con una colleja: “¿Qué saben hacer estos boquiabiertos y babosos coge-apuntes? ¡Ni la o con un canuto!” (piensannuestras generosas y modernas empresas). Por no hablar de que al menos la mitad de ellos deberían haberse decantado por otras dignas vocaciones al margen de las humanidades y de las ciencias sociales. ¿Y cuál es la forma de “rebotar” que están teniendo estos letrados mozalbetes? Pues bien, quitando a aquellos que sencillamente se dedican a mirar a las musarañas, muchos otros tratan de volver a la universidad, amparados en ese negocio absurdo que son los másteres y los doctorados tontos y faltos de vocación y talento (cuatro años más otros cuatro, generan un sueldito de ochocientos pavos durante casi una década… luego merece la pena el estéril esfuerzo, ¿no?). Y en fin, un porcentaje (no sé si alto o bajo) tiene la suerte y el talento de trabajar en aquello para lo que han estudiado, muchas veces patrocinados por familiares: “Hey Paco, ¡que mi Manolito ha terminado la carrera!…” (es el caso habitual en las ciudades pequeñas, como Granada). Y bueno, un caso vagamente aparte lo constituye esa entrañable figura del “opositor”, que integra a una masa variopinta de “soñadores” que enarbola una gloriosa idea a la altura de un Luther King o de un Gandhi: aposentar sus traseros en una sinecura pública y languidecer a gusto: “Sara, por fin podremos cumplir nuestro sueño: hipotecarnos a cuarenta años y pegarnos un viajecito de novios a Punta Cana”. Y todos estos lúgubres hechos, en un país que carece de un tejido industrial y empresarial fuerte y competitivo como el nuestro, dan como resultado el lento declinar que padecemos, y puede que la misma autodestrucción a largo plazo (¡Lejos, pobre España, lejos de nosotros el profeta y la profecía! “La calamidad europea”, M. José de Larra, 1835).  
Y es que el lenguaje, estimado lector, nos vuelve a jugar una mala pasada: se nos habla de “fracaso escolar”, y de “falta de preparación” a todas horas en el telediario… pero aceptémoslo de una vez: esto no es otra cosa que una retórica regla de estilo, debido a que una gran parte de aquellos que integran las listas del INEM son esos mismos retoños con una o dos carreras y un máster en paridas del tipo Asimilación Urbana de los Métodos Aplicados, o Experto en Gestión de los Recursos Fluviales en el término de Valladolid, etc. Por lo tanto, se dibuja día tras día un inusitado y cómico retrato, a saber: el de esa gris y suburbana cola del paro en la que se dan cita el cani y el doctor: el uno hablando del Gran Hermano y el otro del último botellón en casa de Vanessa. En fin, cada vez que pienso en esto, me viene a la mente el cómic de ese genio que es Francisco Ibáñez: Chicha, Tato y Clodoveo (de profesión, sin empleo). Porque, efectivamente, la respuesta de esta nuestra gloriosa generación de treintañeros a la crisis, no es otra que el hedonismo barato y el alargamiento indefinido de la adolescencia, dando lugar a un nuevo tipo de españolada: en vez de los Martínez Soria y los Andrés Pajares, nosotros proponemos al futuro algo mejor y más moderno: los Yónatans y las Yénifers, bajo la divisa de “cobro cuatro duros y no voy a poder formar una familia en los próximos quince años de mi vida, pero me lo pasé de puta madre en el pub anoche”.
De acuerdo Iván, -podrá pensar acertadamente el curioso lector de estas líneas-, ya veo que eres un listillo y un pedante, pero cuál es tu alternativa a esta algarada y a este cachondeo. Mójate al menos, cenutrio. Pues bien, contestaré a esta hipotética e hipostasiada réplica con un encogimiento de hombros: humildemente me limito a tratar de sobrevivir, trabajar y cultivarme, y a observar atentamente lo que me rodea, para si así se da el caso, sucumbir al menos con las botas bien puestas. Nada de eso amigos, para arreglar problemas tan graves como éstos, que mezclan una herencia cultural bastarda, con una ignorancia y una estrechez de miras manifiestas, se necesita mucho más que un buen nivel de inglés y un máster en economía: se necesitan grandeza y altura de miras. Y aquí, amigos míos, es donde se hace necesaria una fuerte cultura de corte humanista, y no la pésima formación técnica de esos pobres enanos mentales que tenemos la fortuna de tener en las primeras líneas de la política y la economía. Estamos tan acostumbrados a que las personas cultas sean vistas como unos pobrecitos empollones, eternamente aturdidos y pusilánimes y sin ánimo y voluntad para emprender nada que merezca la pena, que hemos renunciado a concebir a un hombre o a una mujer de coraje y gran capacidad de sacrificio y trabajo, dotados ineludiblemente de una vasta cultura que les haga más fuertes y equilibrados frente a los continuos cambios que genera el mero transcurrir del tiempo. Algo absolutamente necesario si se desea no tanto “cambiar las cosas”, como dirigir convenientemente el gobernalle. Todos debemos remar para que este barco vuelva a tomar un rumbo cierto.
Definitivamente, los Veritas Odium Parit se están convirtiendo en todo un subgénero satírico de corte hermético. Y por cierto, cuando ataco a la universidad o a cualquier otra institución, no tengan duda alguna de que tengo muchos ejemplos bochornosos en mente. Si nunca personalizo mis invectivas es porque no me gusta darle bombo a los personajillos. Verán que cuando se trata de realizar una loa a alguien digno, soy el primero en hacerlo, pero no estoy dispuesto a ponerle nombre y apellidos a la estupidez humana. Mucho me tendría que calentar para eso.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Veritas Odium Parit (Tercera Parte). Loa a Arturo Pérez-Reverte


"Y es esto lo que me va a condenar, si me condena, no Meleto ni Ánito sino la calumnia y la envidia de muchos. Es lo que ya ha condenado a otros muchos hombres buenos y los seguirá condenando. No hay que esperar que se detenga en mí". Platón, Apología de Sócrates, 28a-b.
Sí, ese fulano era un perfecto mierda. Como suena. Y no sólo él ostenta tal título (al fin y al cabo es otro abotargado botarate más del panorama politiquero y bombero-torero nacional), sino que otros muchos disfrutan de la misma vergonzosa condición. Tanto en las oficinas de los partidos, como de los ministerios y de sus protegidos y "colocados" (a dedo, se entiende), y como -y sobre todo- en los medios de comunicación de masas, siempre pendientes de la gresca, la guasa facilona y la moralina barata de tal o cual signo. Los policías piji-guai de lo "políticamente correcto" y del buenismo subvencionado. Buscando entre las basuras de las morgues cuando toca la gripe asesina, y dando "en exclusiva" imágenes obscenas de furcias "trabajando" en plena calle, o bien linchando a bombo y platillo a quien se ponga por delante con "declaraciones desafortunadas", como se dice ahora. Por chulos y enterados, supongo.

Y ahora le ha tocado al Sr. Pérez-Reverte. Muy bien, fantástico. Sin ironías. En cierto modo él se lo ha buscado. Le va la marcha; está acostumbrado a la guerra (no a jugar a ella, sino a la de verdad): a ser el objetivo anónimo de la metralla errante, a esconderse a vida o muerte, a la cara de los hijos de puta desalmados de contiendas absurdas. A los frutos bastardos de la indolencia, la maldad y la ignorancia. Y después de haber visto a tanto fiambre que en otro tiempo más feliz pudo ser tu vecino risueño o tu hermanita perfecta, volver a casa no es fácil. El cultivo de la literatura, la filosofía, la historia y en definitiva, de las studia humanitatis, unidas a un espíritu inquisitivo y valiente y a una lucidez generada a hostias, han dado sus frutos en un perfecto caballero de mirada penetrante, dura, inquisitiva y escrutadora. Un español de los de antes, y un modelo de hombre que escasea cada vez más, ahogado y arrastrado por la mariconería de la levedad ontológica. Ya lo sabe todo el mundo, pero lo repito: El Sr. Pérez-Reverte no es un tipo simpático cuando le tocan las pelotas. Como todos los caballeros elegantes que alguna vez fueron en este perro mundo, por cierto. Sólo que él se encuentra enclavado en la palestra, frente a los leones amanerados del circo mediático español, y con un montón de bobos y mierdecillas con el dedo gordo señalando al suelo, animándose unos a otros por constituirse en masa y por el estruendo que ésta provoca. Cobardes y malnacidos, ignorantes e idiotas.

He pensado mucho en escribir estas líneas en su defensa. ¿Defensa? ¿Para qué? Él ya se defiende solo, y muy bien. No, en realidad estas frases me las dicta el mismo ánimo espontáneo que arrastra a un hombre a defender a un amigo o a una persona de bien. Porque para mí el Sr. Pérez-Reverte es un maestro y un amigo que me ha acompañado desde casi siempre. Y además es un modelo. Y lo es debido a su cultura, su producción literaria, y a su trabajo de "mercenario honrado" durante tantos años. Es un modelo por lo que ha visto y por lo que ha luchado. Es un modelo porque tiene cojones para decir lo que otros tipos simpáticos, apocados y mingafrías se callan. Y además ha tenido éxito. Y no sólo en Murcia y en Valladolid, sino en todo el mundo. Sí, creo que una de las evidencias filosóficas de la veracidad de Dios es que este hombre tenga semejante libertad para hablar y escribir, y espero que no le falten amigos que desenvainen sus toledanas cuando escuchen el griterío de la chusma ávida de linchamiento.

En dos semanas, poco más o menos, todo quedará olvidado a favor de un gesto tontuno de tal o cual político, de un nuevo caso de violencia genérica o de que el Madrid gana setecientos cero al Alcorcón y jugando en casa. Lo que antes era un estadio repleto de fulanos embravecidos por el anonimato internetesco y el bombo mediático, se convertirá en un silencio repentino. Y tras esta aljama indiferenciada y ridícula quedará el escritor y el hombre brillante dotado de la areté de la que todos carecen. Por eso no escribo con el fin de ahondar con mi "opinión" en ninguna "polémica", sino por dar la cara. Y yo me entiendo.

Esta entrada tendría que ir en octubre, pero me parece más didáctico ponerla aquí, dado el hilo argumental de mi anterior parrafada.



jueves, 30 de septiembre de 2010

Veritas Odium Parit (Segunda Parte)


Hay días en los que uno se levanta, digamos, de un humor especial. Y después de una huelga general mucho más. Como siempre digo, Studia Hermetica es una página dedicada al estudio del hermetismo, y no pretende cambiar el mundo, la sociedad, la política, el hombre, España, Andalucía, mi calle, etc., pero obviamente está escrita por alguien que siente y padece, y que en consecuencia espera que las cosas marchen mejor, por el bien de todos. Pensé en escribir esta entrada ayer, pero estaba en el trabajo.´

En fin, que quede claro que a mí la política me importa un carajo. Y esta afirmación ya de por sí puede sonarle sospechosa a mucha gente, y por distintos motivos. El típico cincuentón (incluso el cuarentón) sostendrá que porque "no tengo espíritu ni ideas" (el jovenzuelo apolítico que no tiene los arrestos suficientes para interesarse sobre ideologías, movilizaciones, transiciones democráticas, huelgas, etc). Otros -los más comprensivos a lo posmoderno-, dirán que porque la juventud actual desconfía de la política y de los políticos, y en consecuencia prefiere a las oenegés, los grupos ecologistas y demás ridiculeces. Hay incluso un tercer grupo, de espuria raíz comunistoide, integrado por jóvenes con ideas e iniciativas que no se tragan lo que la sociedad les dicta, y no sé cuántas boberías más, y que opinaría más o menos como mis carrocillas del sesenta y ocho. Bien, opinen lo que opinen, me sigue importando un carajo, y que conste que he leído a Marx y Engels, Lenin, Trotsky, Bakunin, Mao, Lukács, Sartre, Marcuse, Adorno o Horkheimer; así como las visiones más meditadas del socialismo (desde mi punto de vista, obviamente), como las de Max Weber, Raymond Aron o la de Schumpeter. E incluso tratados de economía política marxista "revisionista" como el de Wlodzimierz Bruz (y así un largo e insustancial etcétera). En fin, me imaginaba a mí mismo como un político socialista convencido y eficaz que ayudaría a la clase obrera y a la humanidad a emanciparse del pérfido sistema económico imperante.

Bueno, ¿y qué ha quedado de todo eso? Casi nada, tan sólo algunos principios que me han guiado toda mi vida y que seguramente me seguirán guiando en el futuro: que los ricos lo son por el robo y la estafa y que eltrabajo, el talento y la libertad, son valores que están por encima de cualquier otra consideración economicista (es decir, lo que diría cualquier buen filósofo estoico, platónico o cristiano). Está claro que las filosofías marxistas dominaron buena parte del discurso y de la realidad de la segunda mitad del siglo XIX y de buena parte del XX, pero a estas alturas tendríamos que saber que las ideologías que sostienen por encima de todo el concepto de hombre-masa son las más peligrosas, y además están viciadas del mismo principio mercantilista que el capitalismo, precisamente por huir de lo que ellos llaman vacuas "filantropías" a favor de tesis pretendidamente científicas y evolucionistas. En fin, no quiero extenderme más sobre esto. No es mi terreno y me trae al pairo.

Adoro la política y el derecho (sí, me contradigo conscientemente). Por ejemplo, me encantó leer El Príncipe de Nicolás Maquiavelo precisamente porque trata la cuestión política desde un punto de vista llano y directo; y además es una visión muy realista y lúcida de la condición humana. Y así podría seguir hacia atrás, desde Tucídides, pasando por Platón, Aristóteles, Polibio (la ex imperio libertas como uno de los motores de la Historia, todo un concepto, sí señor), Tito Livio, Cicerón, o Marco Aurelio; y así con los clásicos de la ciencia jurídica: Gayo y sus Instituciones, y la labor de compilación del Corpus Iuris Civilis (¡cuántas horas pasé en cierto sótano prohibido para mí leyendo y releyendo sus benditas páginas!). Los clásicos y sus contrapuntos renacentistas tienen una idea muy clara sobre la pobre condición humana, y sostienen casi sistemáticamente que hay que huir de los partidismos con el fin de encontrar la mejor -i. e. la más bella y sabia- organización política. Es evidente que desde nuestro punto de vista moderno éstos son cándidos y poco "realistas" (odiosa palabra) planteamientos. Bien, pues mi opinión es distinta, y a mucha honra. Creo que la humanidad sigue siendo la misma, y que el ridículo binomio izquierda-derecha no es más "científico" que los partidos circenses azul-verde de época imperial romana. Es el mismo planteamiento colectivizante y alienante del ser humano, sólo que en otro periodo histórico y sobre la base de circunstancias bien distintas. Por eso detesto la política (otra vez la dichosa contradictio): porque el discurso socio-político habitual sobre la materia en nuestros días (revestido por esas imposturas que llamamos ideologías: "soy de izquierdas", "soy de derechas", "soy de centro (¿?)"), encubre en realidad una trama de intereses inconfesables de partidos políticos, grandes empresas, medios de comunicación, sindicatos, y asociaciones y grupos de presión de todo tipo. Acuchillándose, insultándose, adulándose, lamiéndose y hablando ante las cámaras con fingida convicción, mientras cuentan los billetes (los propios y los ajenos). Y en medio de todos, el imbécil e inculto medio, sosteniendo con el puño en alto esos fragmentos de ideas leídos por la mañana en El País o en El Mundo.

Llamemos a las cosas por su nombre: un tipo que gana un millón de pesetas al mes por representar una sinecura pública no puede llamarse "socialista" o "cristiano". Y unos tipos que se sacan fotos y estrechan manos, mientras ponen sonrisa profident y aceptan regalitos de tal o cual tipo de tez cetrina rayosuvesca, tampoco. No me vengan con monsergas y gilipolleces: por razones personales los conozco, los he visto en acción, los he olido; su hipocresía va a la zaga de su incompetencia y desvergüenza. Aceptando con sonrisa de conejillo cualquier estipendio inmerecido por no hacer nada (sólo succionar falos de tal o cual fulano adecuado en el momento justo). Con una carrerita de Derecho o Economía apoyada por papi ("estudia, estudia, ya verás..."), sin un puto libro como Dios manda en el cuerpo y hablando un inglés de "Ayán Fransisco an aigul-laic tubí politishian", un francés de "Mesié le diputé, mesié le presidán", o un alemán de "Suban-estrujen-bajen" o, sin ir más lejos, de un español de "Yo.. pues yo pienso de que claro, no, pues... pues... Nosequién miente(aplausos)", pretenden dirigir los destinos de un país, de una región, de una ciudad, o de un pueblo del Occidente europeo (con un par de huevos). Como si los viera ahora, con la ceja levantada mientras un humilde y entontecido chófer les lleva la maletita ("tenías que haber estudiao, Manolo").

Y luego estos cazurros con carrera y sueldazo a cargo del pechero medio hipotecado, sueltan majaderías intolerables como aquella buenísima de que la culpa del paro tan terrorífico en el que estamos sumergidos se debe a esos pobres diablos que dejaron de estudiar muy pronto para meterse en la obra. Y yo digo, me alivio en vuestra meretriz progenitora, vástagos de lupanar. Pero claro, que no parezca tampoco que le echo la culpa al presidente y al ministro (eso sería una solución muy a la española, sí señor). No: es evidente que estas flatulencias pestilentes están expulsadas desde la sociedad misma (en nuestro caso, la española). Una sociedad de indolentes, subvencionados, acostumbrada a la sopa boba desde hace más de veinte años (por lo menos la juventud de papis solventes), poco dinámica y cosmopolita, y lo peor de todo, ignorante. Dispuesta a gritar tanto Viva la Virgen, Viva el Carnaval, Viva la cabra, Viva el borracho, y Viva yo, como Viva la República, Viva Franco o Viva la huelga. En definitiva, una sociedad cateta y clientelar, creada a salto de mata y sálvese quién pueda; propicia a desconfiar de lo ajeno y a esconder los pecados propios, profundamente endogámica y malahostiada, donde una economía fuerte de corte liberal jamás podrá asentarse sobre una base sólida. Y por eso la coyuntura económica nos golpea el doble. ¿La solución?: [Consejo de Ministros, justo antes de comer; habla Zetapé]: "Pues em, esto, um, espera... es difícil. ¡Ah, sí! Lo que diga Bruselas" (traducción en lenguaje técnico: flexibilidad laboral y bajada de pensiones). Y en román paladino: "Que se joda el trabajador y el pensionista".

El resultado es un país empobrecido y cabreado, con una generación de jóvenes entre los 18 y los 30 años sin futuro laboral, con unas pensiones que peligran de aquí a pocas décadas, y en general sin una estructura económica sólida. Por si esto fuera poco, mantenemos por decreto a una administración repleta de incompetentes e indolentes (y señalo directamente a las universidades), así como a una piara de malnacidos que han copado, mediante un sistema de castas indisimulado, los puestos de responsabilidad más elevados del Estado. Y como hablamos de España, tenemos que unir a estos afortunados hechos, esos sistemas nobiliarios que se esconden bajo el estandarte de "lo nuestro" (fuera el charnego, fuera el godo, fuera el catalán, fuera, fuera, fuera), que son los partidos nacionalistas. ¿Más? Claro, amigos: una juventud indolente, rácana, boquiabierta, de sonrisa gilipollas, sin sentido ético-estético alguno, sin moral ni ganas, y sin ná. Los veo cuando reúno el valor suficiente para subir a ese paripé de universidad que tenemos en Granada: inmaduros, incompetentes, acostumbrados a vivir entre fines de semana, sin una idea o lectura coherentes, sin rigor. Sin alma. Y entonces me digo: "Bien, estos capullos son los que nos librarán de todo mal. Amén".

Asimismo, siempre me ha maravillado esta naciente burguesía flojilla, hipócrita y semi-analfabeta (la pueden ver ustedes en los carteles publicitarios del Bebeuveá o de los anuncios de móviles), que ronda los cuarenta tacos y que desempeña una profesión liberal (abogado, médico, profesor de universidad, arquitecto, etcétera) donde obviamente lo gana bien, y por lo tanto se puede permitir el lujo de mirar con asco a esas "clases inferiores" y marchitas que trabajan en cosas manuales y "poco especializadas", con cara de "pobrecitos míos, qué pena dáis... ¡Si es que no estudiásteis!", mientras compran como locos cachivaches inútiles de marca último modelo-súper-fashion, por Internet y le enseñan a sus hijos que reciclar está chuli y que las bolsas de plástico cacaporque joden a los patos y los peces, que decir "mierda" y "tonto" está mal, que hay que sacar buenas notitas y no juntarse con los tiradillos, y que todos esos niños muertos del telediario viven muy lejos, así que cambia de canal. Y además, son precisamente estos bobos cuasi-ricos los consumidores habituales de literatura apestosilla, tipo Pilares de la Tierra, El Ocho, La Sombra del Viento, El Código Da Vinci, etcétera. Si usted se siente identificado en este grupo le recomiendo vivamente tres libros preciosos y muy enriquecedores: Les Onze Mille Verges de Apollinaire, Les Chants de Maldoror, de Isidore Ducasse y Justine del Marquis de Sade.

Está claro: nuestro padres nos dijeron: "Estudiad, que si no no seréis nadie". Pues bien, ahora hay toda una generación con crisis existencial. Ergo: con carrera, segundas y terceras lenguas y másteres, y en el paro. Y yo me descojono, de veras que sí. Las lágrimas me corren cálidas por mis mejillas mientras me imagino a esos desideologizados jóvenes sin perspectiva, living in papis's home, y con cuarenta tacos. Sin responsabilidades familiares, sin hijos y sin conciencia. Sin vida ni intimidad, pero eso sí: recicladores, ecologistas, feministas, delgados, vacunados frente a gripes hipostasiadas y apadrinadores de los niños del África. Mientras escribo continúo mi algarada en forma de luciferinas risotadas que recorren las calles del centro de Granada, mientras en mi mente resuena la voz de mi daimon: "¡Que vengan mis amigos de otro tiempo! Mis escritores, mis héroes y heroínas. Mis amigos. Que vengan aquí a resolvernos la papeleta". Ya veréis que festín nos damos comiendo, blasfemando, desflorando y dando estocadas por doquier. ¡Que vengan los barandas, los inquisidores, los pendencieros, los bergantes, los dandys, las femmes fatales, los enfants terribles y los libertinos de otra época! Si bien no arreglaremos nada, por lo menos nos divertiremos con estilo durante las noches de luna llena.

Y no, hoy no he tomado ninguna sustancia estupefaciente. Aunque como dijera ya mi Séneca:
"...sólo el alma perturbada puede decir algo grande y superior a los demás. Después de que desdeñó lo vulgar y lo habitual y con instinto sagrado se elevó hacia las alturas, entonces, por fin, cantó algo demasiado grande para la boca de un mortal. No puede alcanzar nada sublime ni situado en lugar escarpado mientras esté en sus cabales. Conviene que se salga de la ruta habitual y se desboque, y muerda los frenos, y arrastre a su jinete y lo lleve a donde habría tenido miedo de ascender por sí solo" (Sobre la tranquilidad del alma, 17.11).
Dice en alguna parte el Sr. Pérez-Reverte que un tipo de veintisiete años (como yo) y en el paro (de momento no es mi caso), le inquirió sobre qué libros le recomendaba, y éste le respondió: un libro para aprender otro idioma y pirarte del país y otro sobre cómo hacer cócteles molotov. Suscribo tal recomendación.

jueves, 21 de agosto de 2008

Terror en la biblioteca de Historia


A pesar de que esto es un cuaderno de notas sobre Historia del Hermetismo, no puedo pasar sin comentar un episodio surrealista que tuve ocasión de vivir anteayer en la facultad de Historia. Ignoro cuánta gente lee realmente este cuaderno, de hecho, a veces creo que aparte de mí mismo, son sólo un par de personas que casi me hacen un favor. Pero esta entrada no iba de eso, no se preocupen, sólo lo digo porque me gustaría que el mayor número de personas se enteraran de esta payasada en concreto. El caso es que me encanta leer el artículo del Sr. Pérez-Reverte todos los domingos, ya que para mí es un verdadero maestro, y precisamente le cito a él porque en más de una ocasión ha comentado cómo situaciones que antes hubieran provocado una carcajada, un gesto de incomprensión o una más que razonable reacción poco amistosa, hoy día se toman como normales.

Pues bien, ubíquense: dos semanas antes de los exámenes de septiembre, Ivanito Elvira quiere libros pa estudiá y su legítima tres cuartos de lo mismo, un pasillo bibliotequesco otrora pleno de vida y ahora hundido en las brumas del misterio, unas terroríficas mantas negras que cubren los ordenadores de consulta al catálogo y las estanterías, y que parecen la túnica con el que el malo de Sé lo que hicisteis el último verano se enfundaba las carnes, una pared de ladrillos desnuda al fondo, ni un alma en las salas... Cuando parecía que se iba materializar algún fenómeno paranormal, sucedió lo inevitable: una auxiliar de biblioteca salió de Dios sabe dónde y nos dijo: "¿Es para devolver?". La reacción no se hizo palabra, sino gesto: un "¿qué?" como un castillo. Y después la explicación, con un tono muy razonable, correcto, y además con una frase escueta: "Estamos de reformas". La consiguiente respuesta por mi parte fue más o menos así: "¿A quién se le ocurrió esta lumbrería?". Casi le dolió mi comentario a la auxiliadora, con lo que contestó contrariada: "¿Y cuándo lo íbamos a hacer?, ¿durante el curso?". Inmediatamente brotó un "sí" de mis labios... Se hizo un silencio incómodo. Algo sobrepasada por las circunstancias, la auxiliadora soltó las típicas frases de rigor: "No... no es responsabilidad mía", "así es como estamos, etc.".

Bueno, me marché blasfemando, atónito, pero algo divertido. Al fin y al cabo uno no presencia un espectáculo tan patético como este todos los días. Menos de dos semanas antes de los exámenes de septiembre, se cierra una biblioteca sin previo aviso, una biblioteca donde los estudiantes vagos y catetos como yo vamos a consultar no sólo la "bibliografía del empollón", sino los manualillos básicos al uso. De hecho, hay libros que no podré consultar en otra biblioteca y menos comprarlos y que estaban en aquella terrorífica y desolada biblioteca del miedo. En fin, a la pregunta de cuándo podrían haber hecho las dichosas "reformas", supongo que se me ocurren muchas respuestas: durante los meses "muertos" (octubre, marzo, abril), o bien después de la última convocatoria ordinaria de junio, esto es, en julio. Pero no, es evidente que una biblioteca con ansias de reforma progresista debe cerrarse las semanas de más ajetreo, justo antes de la convocatoria de septiembre. Supongo que es lo lógico. Bueno, imagino que al que tomó la decisión le importará bien poco, pero lo que es a mí, deseo que sepa que me he acordado mucho de sus parientes más cercanos.

Por cierto, ya queda muy poco para uno de los acontecimientos más importantes de la Historia de la Alquimia, y desde aquí mando saludos y ánimo a todos los ponentes, y en concreto a su organizador, Miguel López, que supongo estará atareadísimo durante estos días.

Nada más. Que descansen en paz las almas que se han ido.

lunes, 12 de mayo de 2008

Universitas Creatrix Asini


"Quod natura non dat, Salamanca non praestat".

Me temo que el periodo actual de exámenes me dejará poco tiempo durante los próximos dos meses para ocuparme debidamente de este cuaderno. Y cuando digo esto, automáticamente me vienen a la cabeza todas mis reflexiones y blasfemias sobre y contra la universidad, y en general contra el actual sistema de aprendizaje, y la visión que se tiene sobre el conocimiento "humanístico".

Ayer asistí a un acto solemne (aunque por momentos no lo pareció), en el que el decano de la Facultad de Filología dijo aquella frase hecha de "corren malos tiempos para la lírica". Y qué razón tenía el hombre. Corren muy malos tiempos para todos aquellos que entran en la institución universitaria, no pensando en un oficio y un burdo beneficio, sino en aprender sin más. Normalmente, las personas que albergan más o menos la idea de que la universidad es un santuario del conocimiento (me resulta difícil no soltar una risotada mientras escribo esto), eligen las carreras humanísticas. Y es que las ramas "humanísticas" están infravaloradas por el conjunto de nuestra civilización, aunque pretendamos echarle la culpa al gobierno de turno (al de aquí o al de Bruselas). Siendo justos, en nuestros días la universidad se ha convertido en una especie de "engranaje funcionarial", en una ciega máquina escupe-funcionarios, o parados (valga la ironía).

Chicos y chicas que entran en la universidad, amparados por padres que "no pudieron estudiar", o que estudiaron y exigen que sus hijos no sean menos, y que aprendan a decir estupideces como "ex professo", o para que agudamente adviertan que Niebla no es un infame bareto de copas sino una obra muy conocida de Unamuno, o que la novela de Cervantes continúa, a pesar de todo, después de aquel "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..." Chicos y chicas que abarrotan las aulas universitarias, y que deberían estar aprendiendo un digno oficio como albañiles, carpinteros, fontaneros, soldadores, torneros, pintores, o como eficientes administrativos, o enfermeros, o qué sé yo. Y sin clasismos y tonterías, desde mi punto de vista es mejor un buen fontanero que un mal abogado. Las vocaciones se cuentan por cientos, y los trabajos "manuales" no valen menos que los llanamente intelectuales. En realidad no se trata sólo de dinero, sino de prestigio social. No queda chachi decir "soy electricista", pero sí "tengo mi carrera terminada de Ocupabilidad Intrínseca para los Métodos Ajenos a la Radiación Ultravioleta (OIMARU), una profesión en alza que es la hostia... te lo digo de verdad, o sea".

Por todo esto, la universidad se ha convertido en algo que nunca debió ser: en un mero centro de "estudios superiores", como la antigua y dignísima "Formación Profesional", y ha abandonado en este declive su propia idea fundacional: la de convertirse en la garante de la transmisión de nada menos que más de dos mil quinientos años de esfuerzo intelectual, y en la punta de lanza del progreso cultural. Por estas razones, y otras muchas que no caben en un cuaderno de esta naturaleza, la universidad ya no tiene ninguna credibilidad. No digo que no salgan buenos matemáticos, físicos, médicos, químicos, etc., pero sí digo que no salen buenos filósofos (de hecho, no salen filósofos), o buenos filólogos, lingüistas, artistas, literatos, antropólogos o historiadores. Además, creo firmemente que la "ciencia humanística" (o como se quiera denominar a todas las ramas del saber cuya herramienta es el lenguaje y sus infinitos símbolos y aplicaciones), es superior en todos los sentidos a cualquier conocimiento técnico o científico desnudo, precisamente por algo que un gran filósofo dijo una vez:
"La ciencia de las cosas exteriores no me consolará de la ignorancia de la moral en el tiempo de la aflicción, pero la ciencia de las costumbres me consolará siempre de las cosas exteriores". Blaise Pascal. Pensamientos.
En concreto, podría llenar páginas enteras de anatemas contra la carrera de Historia. Según mi experiencia, el nivel de calidad del alumnado se acerca al coeficiente intelectual de los usuarios de un lupanar, y en cuanto a los profesores (salvo excepciones, que las hay, y aunque no abunden nos salvan al resto de los pobres mortales del desastre absoluto), difícilmente se les podría llamar "maestros". Las asignaturas de la carrera de Historia están mal planteadas: algunas que debían de ser anuales son cuatrimestrales, y viceversa... Pero lo peor de todo este desaguisado es que las clases están planteadas como "dictados", para que luego brillantes alumnos suelten estos "apuntes" plagados de faltas de ortografía e incoherencias en un examen. Y aquí llegamos a lo más importante: aquellos (y sobre todo, aquellas) que tengan mejor memoria (es decir, los que bisbisean una semana antes del examen, y después, como ametralladoras, hacen "ratatatá" el día oportuno), son los que accederán más fácilmente a los posgrados, a los másteres, y quizás los que encuentren trabajo antes y los que serán mejor valorados: "He sacado un doce papi, en serio", etc.

Una vez dijo un maestro que las instituciones obsoletas (y se refería a los centros de enseñanza), con frecuencia ya no pueden cambiar, y que había que crear otras si se deseaba avanzar. ¿Tendremos los humanistas que crear otra institución ajena a la universidad?