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martes, 8 de noviembre de 2016

Doceo, docui, doctum: en defensa del maestro

Ser padre es, con mucho, la actividad más tortuosa y compleja a la que debe enfrentarse el ser humano, y por eso debo confesarle, amigo lector, que no sé si seré capaz de estar a la altura. Soy un tipo impaciente, seco, malencarado, arrogante y volcánico. Pero sé de muchos que de tanto alardear de ser superpapás, han acabado por hacer el ridículo.

Hoy toca hacer examen de conciencia, comenzando desde el principio: ese pequeñuelo nuestro traerá consigo una enigmática realidad que no podemos prever ni controlar, pese a nuestros vanos esfuerzos. En ese misterioso ser que concebimos o adoptamos, depositaremos nuestras esperanzas presentes y sueños rotos, tratando de determinar el rumbo de su conciencia en ciernes; de nosotros y del futuro carácter del nasciturus dependerá que nuestro empeño obtenga un fruto dulce o amargo. Puede que nuestra esperanza embarranque en la tiranía del “tú debes” (hacer, no hacer, trabajar o estudiar), o puede que si disponemos del talento, las ganas y la fortuna necesarias, nuestro retoño consiga convertirse en una persona digna, valiente, fuerte y educada. ¿O acaso nos da igual eso?

Para la burguesía posmoderna la finalidad de la educación no radica en las habilidades y características que desarrollará el jovenzuelo, sino en el estatus socio-económico que adquirirá durante su vida adulta. Así, la progenie de las clases media-altas y altas debería reunir ciertos requisitos: una educación universitaria cum laude que le permita acceder a un mercado laboral especializado y que le garantice el acceso a un nivel económico netamente superior al de las subclases obreras —perezosas y rudas por naturaleza—; mantenerse en forma haciendo ejercicio y comer sano, y por último pero no menos importante, procurarse una esfera social adecuada a su susodicha grada social. La perfección, o sea.

Huelga decir que la prole de semejante despropósito neoburgués adquirirá un ego inflado, de esos que se lo merecen todo por el mero hecho de haber nacido, así como un ánimo lánguido y una petulancia cortados por ese mismo patrón que guía la permisividad de sus papás. Recuerdo una ocasión en que la esquizofrénica mamá de un retoño al que tutorizaba me aseguró que su vástago debía ir a la universidad “porque su familia siempre había ido a la universidad”. Como es natural, la estrecha conciencia de mami no podía tolerar que su retoño quedara al margen de su orbe social. ¿Qué diría a sus amistades y familiares si su hijo no estaba a la altura?, ¿que sería un fracasado condenado a desempeñar trabajos de baja estofa durante el resto de su vida? Nada, nada: si su retoño no era capaz de concentrarse, estudiar, escribir, calcular, leer, comprender, representar, pensar y crear, se debía a que los profesores, incapaces de empatizar con su natural timidez, no alcanzaban a penetrar en su prístina alma. Pobrecito.

Obviamente, aquí no hablamos de educar a personas que sean, sino que aparenten ser. A los papis no les interesa tanto que su hijo adquiera conocimientos y habilidades concretos, como que se posicione como Dios manda en el escalafón; y si para ello deben amargar u hostigar al profesor de turno, sea. Da lo mismo que mi Vanesita y mi Luisito no sepan hacer la o con un canuto, porque por mis cojones u ovarios que aprobarán e irán a la universidad… En mi memoria se agolpan docenas de historias de madres y padres revoltosos, criticones, protestones, maleducados, ignorantes y bajunos, cuyos retoños constituyen una fiel copia de ellos mismos; y los maestros deben vérselas diariamente con estultos de semejante catadura moral, no conviene olvidarlo; unos maestros asfixiados por un sistema hiperburocratizado y kafkiano, al socaire de reformas reformadas, enclavados en una guerra fronteriza que ya nadie recuerda. Siempre ha sido así, claro, pero en los últimos años nuestros educadores están perdiendo un arma fundamental: su autoridad.

La última polémica educativa radica en la siguiente estupidez: ¿deberes sí o deberes no? Y heme aquí, amigo lector, haciendo un ejercicio de contención para evitar proferir los epítetos que a mi perverso magín acuden prestos. ¡Mírelas bien! Cientos de familias burquesas ocupan las calles para forzar a esos sucios profesores a que respeten el ocio de sus hijos, ahogados en la vorágine y el estrés que supone elaborar inútiles comentarios de texto, leer libros (¡horror!), realizar ininteligibles operaciones matemáticas y confeccionar proyectos de investigación escasamente creativos.

Mi infancia, como la de muchos otros compañeros de generación, fue mucho más sencilla: estudiábamos u holgazaneábamos, ergo aprobábamos o suspendíamos, jugábamos (en la calle o en casa), imaginábamos… y hacíamos deberes. A mis padres ni se les pasaba por la cabeza cuestionar la autoridad de mis profesores, hasta el punto de que cuando un zagal metía la pata en la escuela (por ejemplo, llamando “hijoputa” al maestro), se le aplicaba un cachetón correctivo y después sus padres corroboraban la adecuada reacción con otro aún más contundente. Sí, sí, como lo oye, amigo lector: se le daba una hostia al niño, es decir, se aplicaba en el pequeñuelo un arranque de violencia controlada cuyo mensaje rezaba tal que así: “existe una esfera exterior, ajena y superior a ti, y si te portas como un tonto sufrirás las consecuencias”. Pero en los míseros y prefabricados tiempos que corren cualquier ataque al individuo (particularmente a nuestros impolutos, honestos y educados retoños), se considera intolerable, impropio, terrible e injusto. ¡Cómo osan, esos zarrapastrosos profesores!… El mundo al revés: ahora son los papás los que acuden raudos a demandar explicaciones al profesorado ante cualquier atentado contra su prole: ¿por qué mi hijo ha suspendido, si estudia un montón?, ¿por qué se le castiga, si me ha dicho a mí que se porta requetebién?, ¿por qué no le pasáis de curso, si él o ella se lo merece?

Normalmente no personalizo mis invectivas, pero esta vez haré una excepción: la CEAPA, la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado, se ha portado como una asociación integrada por imbéciles[1], ignorantes[2] e incultos[3] papás, dispuestos a desproveer a los maestros de la poca autoridad de la que aún gozan. Y yo, que no soy educador, me permito la osadía de enunciar lo que pienso sin restricciones. De cara a la pared pondría yo a esos protopijos posmodernos. Y con orejas de burro. Que conste que no estoy de acuerdo con que nuestros amiguitos sean aplastados con una carga de deberes excesiva durante la Educación Secundaria Obligatoria (que no en el Bachillerato, donde creo que la dedicación al estudio debería empezar a ser más seria y continuada), pero no se trata de eso, sino de defender un principio elemental: el respeto a la autoridad, a aquellos que saben más que tú y que se afanan día a día en formarse y formar a otros (también en la ética del esfuerzo). Desconociendo este venerable y vetusto principio, acabaremos educando a monstruitos irresponsables e inconscientes de sí mismos, de sus carencias y defectos. Nuestros hijos no son perfectos ni lo serán nunca, y en buena lógica deben ser aleccionados y guiados en un mundo del que ignoran prácticamente todo.

Ya basta de que madres y padres se entrometan en el trabajo de los profesores, incluso en el caso hipotético de que sus hijos hayan sido objeto de una injusticia real. La vida es dura, señoras y señores: yo lo he tenido que sufrir innumerables veces en mis propias carnes. Papi y mami no estarán siempre ahí para defendernos, así que debemos apechugar y seguir adelante. En nuestro camino nos toparemos con profesores buenos y malos: falsos e hipócritas que ignoran a sus pupilos e incompetentes que les amargan la vida, pero también excelentes profesionales que les iluminan. En cualquier caso, unos y otros aportan su particular granito de arena en el desarrollo vital del retoño.

Enumera el ridículo cartel de la CEAPA algunas actividades alternativas: hablar de derechos y obligaciones o de violencia de género, preparar una nueva receta de cocina o tomar una decisión familiar juntos… En fin, semejante cúmulo de despropósitos ha llevado a la comunidad educativa a expresarse con vehemencia, asemejándose a los trescientos espartanos que defendieron el angosto paso de las Termópilas frente a una grey de bárbaros y esclavos. Bien, permítanme que me una a la lucha.

En efecto, el sistema educativo debe evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos; y si se me pregunta en qué dirección, recomendaría algunas interesantes charlas de los ponentes de TED, que denuncian las carencias, incoherencias y paradojas del mismo, anquilosado aún en un obtuso esquema dictado por la revolución industrial decimonónica: los ingenieros y científicos son superiores a los artistas, humanistas y deportistas de toda condición, y lo importante no es tanto la interiorización de la capacidad aprendida, como el hecho de alcanzar un aprobado aritmético que les permita acceder a un mercado laboral mecánico y desalmado. ¿Y qué podríamos hacer para cambiar las cosas? Pues podríamos empezar por ensanchar los estrechos ámbitos de la escuela, acercándola a la realidad de la vida diaria: a los museos y la universidad, al gran abanico de deportes que existe (hay vida más allá del fútbol), a los conservatorios y al tejido empresarial. Pero para ello tendríamos que involucrar a muchos más profesionales, ampliando generosamente el presupuesto en educación… Ya puedo ver a esos políticos semianalfabetos mirando hacia otro lado, silbando.

Esto decía Fátima Javier, una educadora, en una red social:

“Hagan huelga, por favor, para que de una vez por todas se prohíba que cada partido político que alcanza el poder cambie de sistema educativo y vuelva loco a docentes y alumnos. Hagan huelga, les ruego, para que en este país nuestro tan extravagante suban el PIB del 4% al 8 %, que es lo que hacen en los países nórdicos como Finlandia, pues invertir dinero es hacerlo en calidad educativa. Hagan huelga, les pido, para que se cubran las bajas de los maestros cuando nos ponemos enfermos y así no haya que repartir alumnos/as por todas las clases, con la sobrecarga educativa que eso supone. Hagan huelga, les suplico, para que las aulas estén dotadas de material tecnológico adecuado, pues de cada diez sólo dos disponen de pizarras digitales y (oh) maravillas tecnológicas que usamos en las casas con naturalidad, como ordenadores y tablets. La pizarra verde y la tiza tiene una estética romántica adorable, pero queda obsoleta en relación a cómo avanza nuestro mundo. Hagan huelga, les reclamo, para que en las clases de lugares como Andalucía no se asen de calor los niños y niñas, pues muchas aulas no disponen de aire acondicionado y lo pasan realmente mal. Hagan huelga, les solicito, para que la ratio, que es la relación numérica entre alumnos/as y profesor/a, sea de quince niños y no de veinticinco y que se instaure de manera eficaz la figura del maestro de apoyo, tan necesaria para el avance del alumnado con dificultad. Y si hacen huelga por todo eso, entonces para mí tendrá sentido lo de los deberes y podré reconciliarme con la idea de que el maestro en España es valorado”.

A todos se nos llena la boca con términos como “creatividad”, ¿pero acaso no es hipocresía lo que motiva este vacuo terminismo? Afrontémoslo: nuestros hijos no tienen por qué ser Cezannes, Einsteins, Bécquers o Prousts. Y hablo exclusivamente del campo de las Humanidades, en el que dispongo de cierto criterio. Decía que su hijo no tiene por qué ser un genio creativo, ni falta que le hace; antes al contrario, lo que corresponde a su tierna edad es que colme esa alma suya en ciernes con conocimientos y experiencias, y que, de paso, desarrolle sus capacidades básicas; me refiero, por sólo citar algunos ejemplos, a la memoria, el cálculo, la concentración, la comprensión lectora, la caligrafía, la ortografía, el deporte y las técnicas artísticas. Para llevar a buen puerto este objetivo se me ocurren muy pocas cosas: que lea mucho, que escriba mucho, que practique mucho y que indague mucho (por su cuenta y bajo la atenta mirada de sus maestros). La creatividad literaria, filosófica o artística, debe promoverse, qué duda cabe, pero me temo que la personita en cuestión debe adquirir primero una base técnica (que no erudita) suficiente, lo mismo que bagaje. Sólo un genio literario y filosófico sería capaz de generar una obra maestra antes de los veinticinco años. Las Humanidades necesitan de un despliegue intelectual y anímico tal, que mejor será que nos olvidemos de depositar nuestras esperanzas en engendrar un Gabriel García Márquez; la floración de semejantes portentos corresponde en exclusiva al misterio de la naturaleza. Su hijo o hija, estimado lector, debe afanarse en aprender y divertirse.

En relación a la rama de Humanidades en el Bachillerato, me temo que no gozamos de un futuro halagüeño. España es un país que desprecia a sus académicos y artistas por el mero hecho de serlo, y por si fuera poco, nuestros humanistas están siendo educados en centros universitarios escasamente dotados y especializados. Al Bachillerato de Humanidades acuden los desahuciados, los desmotivados, los desordenados, los desperezados y los despistados. Ante un cuadro, bostezan; ante una obra literaria, dejan caer los párpados; y sobre una obra filosófica, duermen plácidamente. A raíz de estas cándidas reacciones, los maestros suelen torturarse en la intimidad del hogar: ¿será mi culpa?, ¿valdré para esto?, ¿qué podría hacer para motivarles? La única respuesta que me viene a la mente es seguid ahí, dando guerra. Expandiendo las estrechas fronteras de esos cenutrios en miniatura. Los humanistas por vocación somos muy pocos; el resto se encontró con la filología, la filosofía o el arte por aburrimiento o debido a su natural carencia de solidez intelectual (al fin y al cabo, se les venden unas ciencias humanas caricaturizadas, desprovistas de su verdadera grandeza y complejidad). Al amparo de polvorientos departamentos universitarios y empresas culturetas del todo a cien vagabundean los que sobrevivieron a la quema; meros empollones de once sobre diez que supieron ocultar sus defectos con una memoria devora-apuntes, afanados en torcer el futuro de todos aquellos que realmente albergan una vocación por las letras y las artes. Pero esa es otra batalla en la que prometo mantenerme firme; en otra ocasión hablaré de ella.

En cuanto al uso de las nuevas tecnologías en las aulas, me aparto del discurso de la mencionada pedagoga. Pero antes de continuar, permítame algunos apuntes previos: tengo un ordenador en las manos desde principios de los años noventa y he asistido a la anábasis informática desde el origen de su propagación masiva; confié en Internet para desarrollar mis proyectos académicos, y uno de mis primeros sueldos fue invertido en un pretérito ordenador portátil. Manejo miles de fuentes digitales y mi base de datos académica se lleva un buen número de gigabytes. Permanezco atento a las plataformas virtuales, las redes sociales, los videojuegos y los metaversos. Y actualmente trabajo en la integración de las nuevas tecnologías en el sector editorial. Y a pesar de todo, amigo lector, dudo de que a una personita de doce, trece o catorce años, le sirva de mucho que le regalen un bólido cuando aún no sabe manejar una bicicleta. Lo que corresponde a los niños es aprender a utilizar sus manos para abrir y cerrar libros, garabatear papeles y perderse en museos, bibliotecas, monumentos y escenarios varios. Deben sentir el ámbito que les rodea, y una vez hayan experimentado con sus propios miembros toda esa sucia materia prima, entonces y sólo entonces, deberían elevar su nivel de abstracción y empezar a manejar tabletas y ordenadores para el desarrollo de sus actividades académicas. Con esto no digo que los niños deban abstenerse de utilizar las nuevas tecnologías a diario, pero en lo que a la escuela se refiere, y por mi propia experiencia pedagógica con adolescentes, puedo afirmar que no les está siendo útil por razones que todo el mundo puede comprender: para editar textos y materiales audiovisuales, una persona debe gozar de unos conocimientos informáticos previos (si se quiere trabajar rápida y eficazmente, pilares básicos de la computación cuya inobservancia invalidaría la aplicación misma de la tecnología), conocimientos que, en general, no se les están brindando en el ámbito educativo, afanado en aplicar porque sí las mencionadas modernuras. Además, el aprendiz debería poseer una experiencia previa con el soporte papel: márgenes, tamaños de letra, párrafos, estilo, textura, pulso, ritmo… Una vez superada esta etapa será capaz de valorar y utilizar correctamente los aparatos digitales. Esa legión de estudiantes de Secundaria analfabetos frente a frías pantallas digitales no constituye un espectáculo edificante.

Una generación de pésimos padres está ahogando el futuro de sus hijos con una constante e insoportable injerencia en su vida social y privada; nosotros, los cachorros de los años setenta y ochenta, lo mismo que las generaciones anteriores, jugábamos durante horas y horas con nuestros coleguillas (sí, a pesar de la horrible carga de deberes con la que nos torturaban); ahora los zagales agotan sus existencias en interminables actividades extraescolares, ¡no vaya a ser que molesten en exceso a sus progenitores! Mi carcajada, en fin, es análoga a la del espartiata Pausanias (Historia, IX, 82) cuando se mofaba de la suntuosidad y ostentosidad persas, en contraste con la vencedora austeridad lacedemonia. A nuestros hijos no les vendría mal un baño de humildad, sufrimiento y escasez para mejorar. La abundancia, como bien reflexionaba el bueno de Heródoto por boca de atenienses y espartanos, no produce sino egos leves y capacidades creativas mermadas. De hecho, nada me haría más feliz que alguno de esos países que con intolerable arrogancia tachamos de “tercermundistas”, tomara el relevo de nuestra hegemonía cultural. Nos lo mereceríamos.

De nuevo, gracias por su atención, amigo lector.





[1] adj. Tonto o falto de inteligencia. 
[2] adj. Que carece de cultura o conocimientos. 
[3] adj. Dicho de una persona, de un pueblo o de una nación: De modales rústicos y groseros o de corta instrucción.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Meditaciones


ἀπογυμνοῦν αὐτὰ καὶ τὴν εὐτέλειαν αὐτῶν καθορᾶν

καὶ τὴν ἱστορίαν ἐφ̓ ᾗ σεμνύνεται περιαιρεῖν.
No me gusta hablar de mí en exceso, y mucho menos para elevarme moralmente sobre los demás. Y entenderá enseguida, estimado lector, por qué lo digo. Es cierto que la cultura cincela el alma, pero la hace opaca, compleja, a veces biliosa y amarga; no necesariamente la hace “mejor” o más bella, pero sí más interesante y profunda. No sabría decir qué vidas considero más plenas, si aquéllas que transcurren ignorantes de sí mismas y en perpetua acción, o por el contrario esas otras que detienen su paso y observan en derredor, tratando de comprender. Depende de los casos. La erudición y la creación rara vez van de la mano… pero ni siquiera me refiero a eso: ¿la naturaleza basta?, ¿es suficiente con una existencia ajena al pensamiento abstracto o al perfeccionamiento intelectual y anímico? Con probabilidad esas preguntas carecen de sentido, porque los humanos no hacemos más que desarrollar lo que llevamos dentro, urgidos por necesidades inconscientes y arrebatos pueriles que nos definen hasta el tuétano. Como bien decía mi adorado Rust Cohle: “Each stilled body so certain they were more than the sum of their urges, all the useless spinning, tired mind, collision of desire and ignorance”. A medida que me hago mayor, voy dándome cuenta de dos hechos melancólicos: que nuestra existencia parece transcurrir en un carril preestablecido y que el tiempo se nos viene encima, violento e implacable. ¿No siente usted lo mismo?
Decía que no hallará en mí un sujeto moral imitable, ni lo pretendo. Es más, la misma idea me pone incómodo. Me cabrea. No busque en mí a una vedette de red social que juzga y sentencia sobre la base de principios políticos, éticos y estéticos: no hago proselitismo animalista o libertario de ninguna clase, ni pongo a parir o ensalzo a golpe de clic. Quien desee saber lo que opino sobre la vida, el amor y el dinero, que me invite a unas cervezas y mientras me patina el acento debido al líquido elemento, entenderá por qué servidor no es quién para juzgar. 
A menudo hallo defensores de la libertad con alma de dictador, y personajes broncos con alma de poeta. Y he visto algunos falsos rebeldes que venderían a su madre por convertirse en inquisidores y verdugos. No, amigos míos, a mí ya no me engañan esas almas torcidas. Prefiero mil veces a los héroes duros, fieros y sin embargo tiernos y filosóficos de las novelas hard-boiled y el cine negro clásico, antes que a esos buenistas de biblia y revólver de la Posmodernidad. Al menos aquéllos eran más humanos y honestos, luchadores natos en un mundo repleto de malvados y ególatras. Antihéroes defectuosos; seres humanos vivos.
Sé muy bien lo que hace falta para triunfar socialmente: es cuestión de actitud, amigos y peloteo. Lo he visto en mi experiencia laboral y en mi vida diaria. He grabado a sus protagonistas a cámara lenta, cual periodista maquiavélico infiltrado en una casa de putas, y he rebobinado la cinta innumerables veces, con el propósito de aprender qués y porqués. Y en todas las ocasiones me he observado —experiencia extracorpórea donde las haya—, frente a largometrajes de terror y grotescas comedias de situación. Por eso me he puesto un traje de tejido aislante y he pospuesto indefinidamente mi progreso mundano. Me dan repelús los andrajos humanos, pero entre usted y yo, me fascina el halo escatológico que desprenden.
A muchas personas les resulta fácil describirse: “soy de derechas/izquierdas; soy ateo; soy cristiano; soy del Atlético de Madrid; soy feminista; soy, soy, soy.” Pues bien, cuando pienso en mí sólo puedo argumentarme desde la energía que desprendo y mi vocación: escribir, pintar, pensar, soñar, sentir, crear. No soy capaz de “creer” en el sentido lato del palabro. He visto y pensado demasiado: “no tengo ideología porque tengo biblioteca”. La autodefinición es autodefensa; supone elegir la tribu a la que quieres pertenecer y a quién rindes pleitesía, y por eso prefiero los movimientos de resistencia a los ejércitos, los anarcas a los anarquistas y los artistas solitarios a los militantes. No, de nuevo no me dejo engañar: sólo me interesa lo que usted sabe hacer y lo que de hecho hace, no sus pensamientos a medio construir, vertidos en gratuitos arranques de bilis. Tampoco me hieren las “ideas” de nadie, porque a menudo —tanto las buenas como las a priori “detestables”— son el perfecto producto de nuestras inclinaciones naturales y defectos, y no de lógos pensante alguno. Y por eso me resisto a fascinar y que me fascinen de esa manera.
Piensen por un momento en la “política” (por poner un ejemplo que a todo el mundo excita y del que todo el mundo parece extraer una conclusión), y desvincúlense por unos instantes de su lado primitivo, animal y “sentimental”: ¿qué importan sus discursos, sus bellas o feas palabras o sus caretos?, ¿qué más da lo que digan o cómo lo digan? Lo único que cuenta es que ese funcionario público cumpla con su trabajo con rapidez, eficacia y diligencia, mejorando su economía, la economía de todos. Y sin embargo, como predadores de sabana que somos, nos fijamos antes en la estética que en la ética, ignorando el contenido. 
Siempre he pensado que buena parte de la maldad humana proviene del mutis colectivo con el que nos protegemos los unos a los otros; en otras palabras, con frecuencia lo malévolo que hay en nosotros deviene del silencio consciente o inconsciente con el que encubrimos los pecados propios y los ajenos (piensen por un momento en la corrupción, la guerra, el terrorismo o el incesto… o sin ir más lejos en los lameculos y los trepadores de su ámbito laboral asalariado). He tenido la oportunidad, en fin, de conocer a muchísimos ejemplares de una catadura moral e intelectual paupérrima, que juntándose con otros cabestros, justificaban sus estupideces y su bajuna condición, aludiendo directamente a “sus amigos”. Dicho en román paladino: “soy gilipollas pero tengo muchos colegas que me defienden y se parecen a mí”. Tengo cientos, miles de ejemplos en mente que acuchillan mi magín día y noche, debido a las especiales características de mi memoria, que actúa como un panel digital y un pozo sin fondo, privándome del reposo del que gozan los idiotas.
Algo anda mal. No en este siglo (es más, probablemente el actual siglo XXI sea uno de los mejores y más interesantes periodos de andadura humana sobre la Tierra, al menos en Occidente), no en nuestro país o nuestro entorno. En nosotros. Somos los trocitos de una especie revoltosa, degenerada y perturbada; seres lastrados por una dimensión colectiva que nos aboca a cometer atrocidades y estupideces, cuya única salida, entrada y “progreso” en este mundo se canalizan paradójicamente a través de la soledad y la individualidad: el arte, la generosidad, la libertad y la creación son buenos ejemplos.
Amigo mío, cobíjese en su soledad y convierta su cuerpo y su alma en obras de arte. Lo demás no es sino un añadido engañoso.

domingo, 12 de febrero de 2012

Veritas Odium Parit (cuarta parte)


“Por eso, la peor angustia del mundo estriba en tener conciencia de muchas cosas pero no poder controlar ninguna” (Heródoto, IX, 16, 5).


Hoy vuelvo con una de mis más fervientes obsesiones: el concepto del saber en nuestras actuales sociedades. Estos años de estudio y de formación de mi propio espacio (en forma de proyectos académicos y artísticos), han hecho que pueda construirme una opinión bastante aproximada de cómo y adónde se dirige el saber en nuestro país (y cuando digo “saber”, hablo de la cultura y la universidad, y también de la innovación, la investigación y la capacidad inventiva, entre otras muchas cosas que ninguna institución puede enseñar, como son la clase, las buenas maneras, la elegancia y el buen gusto). Por cierto que podríamos hablar de la cultura o de la universidad como de cualquier otra cosa, porque estamos asistiendo a un amago algo preocupante durante estas primeras semanas del aún joven 2012. El barco va a la deriva , haciendo uso del castizo lenguaje marinero. ¿Y por qué? La respuesta no es unívoca ni sencilla, pese a que uno sienta tentaciones de despachar todo el asunto con una frase altisonante. 
Hay que tener en cuenta que nuestro país, estimado lector, es un reino muy particular en estos difíciles y movedizos terrenos de la cultura. Y podría decir prácticamente lo mismo de nuestros hermanos hispanos, supongo. Pero no lo haré por vergüenza torera. En mi opinión, esto es así porque desde antiguo se han valorado más la tradición y la obediencia, que la innovación y el espíritu de libertad que han caracterizado, con altibajos, al quehacer cultural de otros países europeos. Para estos países, la cultura no se despachaba entre una serie de pedantes y vagos pseudointelectuales que andaban de cháchara por los cafés de Madrid o Barcelona, proclamando con discurso grueso panfletismos políticos al margen de la paupérrima e iletrada plebe (en fin, el mismo tipo de intelectualidad barata y aburguesada que atacaba ferozmente Dostoievski en Los Demonios), sino de algo mucho más sutil y sencillo: el aprecio por la palabra escrita y la conciencia queda del valor del trabajo. Ese aprecio que se construye día a día, silenciosa y constantemente.
Y tranquilos, no tengo especial intención de utilizar ese recurso facilón que consiste en despachar a nuestra malograda patria con cuatro insultos e imprecaciones prefabricados, que ya nos lo decía la preclara y aguda inteligencia de nuestro Mariano José de Larra, tiempo ha:
« “En este país...”, ésta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. «¿Qué quiere usted?» -decimos-, «¡en este país!» Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: “¡Cosas de este país!”, que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos» (“En este país”, 1833).
España tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, pero de una vez por todas debe tomar conciencia de los vertiginosos cambios que se están operando en el resto del mundo, o acabará en ese lamentable estado en el que se encuentran otras naciones que no es preciso citar.
Hagamos algo de memoria. Desde hace unas décadas, esa entrañable generación de ciudadanos criados en la Posguerra, nos ha repetido hasta la saciedad a los cachorros nacidos entre mediados de los setenta y mediados de los ochenta, que “estudiáramos”. Y esto es muy loable, qué duda cabe, pero es perfectamente conocida su española y abierta intención de que su retoño “se colocara”, antes que otro propósito de índole más bohemio o elevado. Hablo en términos generales, naturalmente. Y así, una generación entera ha pasado –de hecho, está pasando– toda una década de su vida malgastando sus energías estúpidamente en esa institución podrida y absurda que es la universidad, más como un ritual ciego de nuestra cultura, que por el fruto de una verdadera vocación e inclinación por crear, cambiar o desplegar su alma. Y así, cientos de “licenciados” están siendo escupidos tontamente a una sociedad que los recibe con una colleja: “¿Qué saben hacer estos boquiabiertos y babosos coge-apuntes? ¡Ni la o con un canuto!” (piensannuestras generosas y modernas empresas). Por no hablar de que al menos la mitad de ellos deberían haberse decantado por otras dignas vocaciones al margen de las humanidades y de las ciencias sociales. ¿Y cuál es la forma de “rebotar” que están teniendo estos letrados mozalbetes? Pues bien, quitando a aquellos que sencillamente se dedican a mirar a las musarañas, muchos otros tratan de volver a la universidad, amparados en ese negocio absurdo que son los másteres y los doctorados tontos y faltos de vocación y talento (cuatro años más otros cuatro, generan un sueldito de ochocientos pavos durante casi una década… luego merece la pena el estéril esfuerzo, ¿no?). Y en fin, un porcentaje (no sé si alto o bajo) tiene la suerte y el talento de trabajar en aquello para lo que han estudiado, muchas veces patrocinados por familiares: “Hey Paco, ¡que mi Manolito ha terminado la carrera!…” (es el caso habitual en las ciudades pequeñas, como Granada). Y bueno, un caso vagamente aparte lo constituye esa entrañable figura del “opositor”, que integra a una masa variopinta de “soñadores” que enarbola una gloriosa idea a la altura de un Luther King o de un Gandhi: aposentar sus traseros en una sinecura pública y languidecer a gusto: “Sara, por fin podremos cumplir nuestro sueño: hipotecarnos a cuarenta años y pegarnos un viajecito de novios a Punta Cana”. Y todos estos lúgubres hechos, en un país que carece de un tejido industrial y empresarial fuerte y competitivo como el nuestro, dan como resultado el lento declinar que padecemos, y puede que la misma autodestrucción a largo plazo (¡Lejos, pobre España, lejos de nosotros el profeta y la profecía! “La calamidad europea”, M. José de Larra, 1835).  
Y es que el lenguaje, estimado lector, nos vuelve a jugar una mala pasada: se nos habla de “fracaso escolar”, y de “falta de preparación” a todas horas en el telediario… pero aceptémoslo de una vez: esto no es otra cosa que una retórica regla de estilo, debido a que una gran parte de aquellos que integran las listas del INEM son esos mismos retoños con una o dos carreras y un máster en paridas del tipo Asimilación Urbana de los Métodos Aplicados, o Experto en Gestión de los Recursos Fluviales en el término de Valladolid, etc. Por lo tanto, se dibuja día tras día un inusitado y cómico retrato, a saber: el de esa gris y suburbana cola del paro en la que se dan cita el cani y el doctor: el uno hablando del Gran Hermano y el otro del último botellón en casa de Vanessa. En fin, cada vez que pienso en esto, me viene a la mente el cómic de ese genio que es Francisco Ibáñez: Chicha, Tato y Clodoveo (de profesión, sin empleo). Porque, efectivamente, la respuesta de esta nuestra gloriosa generación de treintañeros a la crisis, no es otra que el hedonismo barato y el alargamiento indefinido de la adolescencia, dando lugar a un nuevo tipo de españolada: en vez de los Martínez Soria y los Andrés Pajares, nosotros proponemos al futuro algo mejor y más moderno: los Yónatans y las Yénifers, bajo la divisa de “cobro cuatro duros y no voy a poder formar una familia en los próximos quince años de mi vida, pero me lo pasé de puta madre en el pub anoche”.
De acuerdo Iván, -podrá pensar acertadamente el curioso lector de estas líneas-, ya veo que eres un listillo y un pedante, pero cuál es tu alternativa a esta algarada y a este cachondeo. Mójate al menos, cenutrio. Pues bien, contestaré a esta hipotética e hipostasiada réplica con un encogimiento de hombros: humildemente me limito a tratar de sobrevivir, trabajar y cultivarme, y a observar atentamente lo que me rodea, para si así se da el caso, sucumbir al menos con las botas bien puestas. Nada de eso amigos, para arreglar problemas tan graves como éstos, que mezclan una herencia cultural bastarda, con una ignorancia y una estrechez de miras manifiestas, se necesita mucho más que un buen nivel de inglés y un máster en economía: se necesitan grandeza y altura de miras. Y aquí, amigos míos, es donde se hace necesaria una fuerte cultura de corte humanista, y no la pésima formación técnica de esos pobres enanos mentales que tenemos la fortuna de tener en las primeras líneas de la política y la economía. Estamos tan acostumbrados a que las personas cultas sean vistas como unos pobrecitos empollones, eternamente aturdidos y pusilánimes y sin ánimo y voluntad para emprender nada que merezca la pena, que hemos renunciado a concebir a un hombre o a una mujer de coraje y gran capacidad de sacrificio y trabajo, dotados ineludiblemente de una vasta cultura que les haga más fuertes y equilibrados frente a los continuos cambios que genera el mero transcurrir del tiempo. Algo absolutamente necesario si se desea no tanto “cambiar las cosas”, como dirigir convenientemente el gobernalle. Todos debemos remar para que este barco vuelva a tomar un rumbo cierto.
Definitivamente, los Veritas Odium Parit se están convirtiendo en todo un subgénero satírico de corte hermético. Y por cierto, cuando ataco a la universidad o a cualquier otra institución, no tengan duda alguna de que tengo muchos ejemplos bochornosos en mente. Si nunca personalizo mis invectivas es porque no me gusta darle bombo a los personajillos. Verán que cuando se trata de realizar una loa a alguien digno, soy el primero en hacerlo, pero no estoy dispuesto a ponerle nombre y apellidos a la estupidez humana. Mucho me tendría que calentar para eso.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Veritas Odium Parit (Tercera Parte). Loa a Arturo Pérez-Reverte


"Y es esto lo que me va a condenar, si me condena, no Meleto ni Ánito sino la calumnia y la envidia de muchos. Es lo que ya ha condenado a otros muchos hombres buenos y los seguirá condenando. No hay que esperar que se detenga en mí". Platón, Apología de Sócrates, 28a-b.
Sí, ese fulano era un perfecto mierda. Como suena. Y no sólo él ostenta tal título (al fin y al cabo es otro abotargado botarate más del panorama politiquero y bombero-torero nacional), sino que otros muchos disfrutan de la misma vergonzosa condición. Tanto en las oficinas de los partidos, como de los ministerios y de sus protegidos y "colocados" (a dedo, se entiende), y como -y sobre todo- en los medios de comunicación de masas, siempre pendientes de la gresca, la guasa facilona y la moralina barata de tal o cual signo. Los policías piji-guai de lo "políticamente correcto" y del buenismo subvencionado. Buscando entre las basuras de las morgues cuando toca la gripe asesina, y dando "en exclusiva" imágenes obscenas de furcias "trabajando" en plena calle, o bien linchando a bombo y platillo a quien se ponga por delante con "declaraciones desafortunadas", como se dice ahora. Por chulos y enterados, supongo.

Y ahora le ha tocado al Sr. Pérez-Reverte. Muy bien, fantástico. Sin ironías. En cierto modo él se lo ha buscado. Le va la marcha; está acostumbrado a la guerra (no a jugar a ella, sino a la de verdad): a ser el objetivo anónimo de la metralla errante, a esconderse a vida o muerte, a la cara de los hijos de puta desalmados de contiendas absurdas. A los frutos bastardos de la indolencia, la maldad y la ignorancia. Y después de haber visto a tanto fiambre que en otro tiempo más feliz pudo ser tu vecino risueño o tu hermanita perfecta, volver a casa no es fácil. El cultivo de la literatura, la filosofía, la historia y en definitiva, de las studia humanitatis, unidas a un espíritu inquisitivo y valiente y a una lucidez generada a hostias, han dado sus frutos en un perfecto caballero de mirada penetrante, dura, inquisitiva y escrutadora. Un español de los de antes, y un modelo de hombre que escasea cada vez más, ahogado y arrastrado por la mariconería de la levedad ontológica. Ya lo sabe todo el mundo, pero lo repito: El Sr. Pérez-Reverte no es un tipo simpático cuando le tocan las pelotas. Como todos los caballeros elegantes que alguna vez fueron en este perro mundo, por cierto. Sólo que él se encuentra enclavado en la palestra, frente a los leones amanerados del circo mediático español, y con un montón de bobos y mierdecillas con el dedo gordo señalando al suelo, animándose unos a otros por constituirse en masa y por el estruendo que ésta provoca. Cobardes y malnacidos, ignorantes e idiotas.

He pensado mucho en escribir estas líneas en su defensa. ¿Defensa? ¿Para qué? Él ya se defiende solo, y muy bien. No, en realidad estas frases me las dicta el mismo ánimo espontáneo que arrastra a un hombre a defender a un amigo o a una persona de bien. Porque para mí el Sr. Pérez-Reverte es un maestro y un amigo que me ha acompañado desde casi siempre. Y además es un modelo. Y lo es debido a su cultura, su producción literaria, y a su trabajo de "mercenario honrado" durante tantos años. Es un modelo por lo que ha visto y por lo que ha luchado. Es un modelo porque tiene cojones para decir lo que otros tipos simpáticos, apocados y mingafrías se callan. Y además ha tenido éxito. Y no sólo en Murcia y en Valladolid, sino en todo el mundo. Sí, creo que una de las evidencias filosóficas de la veracidad de Dios es que este hombre tenga semejante libertad para hablar y escribir, y espero que no le falten amigos que desenvainen sus toledanas cuando escuchen el griterío de la chusma ávida de linchamiento.

En dos semanas, poco más o menos, todo quedará olvidado a favor de un gesto tontuno de tal o cual político, de un nuevo caso de violencia genérica o de que el Madrid gana setecientos cero al Alcorcón y jugando en casa. Lo que antes era un estadio repleto de fulanos embravecidos por el anonimato internetesco y el bombo mediático, se convertirá en un silencio repentino. Y tras esta aljama indiferenciada y ridícula quedará el escritor y el hombre brillante dotado de la areté de la que todos carecen. Por eso no escribo con el fin de ahondar con mi "opinión" en ninguna "polémica", sino por dar la cara. Y yo me entiendo.

Esta entrada tendría que ir en octubre, pero me parece más didáctico ponerla aquí, dado el hilo argumental de mi anterior parrafada.



jueves, 30 de septiembre de 2010

Veritas Odium Parit (Segunda Parte)


Hay días en los que uno se levanta, digamos, de un humor especial. Y después de una huelga general mucho más. Como siempre digo, Studia Hermetica es una página dedicada al estudio del hermetismo, y no pretende cambiar el mundo, la sociedad, la política, el hombre, España, Andalucía, mi calle, etc., pero obviamente está escrita por alguien que siente y padece, y que en consecuencia espera que las cosas marchen mejor, por el bien de todos. Pensé en escribir esta entrada ayer, pero estaba en el trabajo.´

En fin, que quede claro que a mí la política me importa un carajo. Y esta afirmación ya de por sí puede sonarle sospechosa a mucha gente, y por distintos motivos. El típico cincuentón (incluso el cuarentón) sostendrá que porque "no tengo espíritu ni ideas" (el jovenzuelo apolítico que no tiene los arrestos suficientes para interesarse sobre ideologías, movilizaciones, transiciones democráticas, huelgas, etc). Otros -los más comprensivos a lo posmoderno-, dirán que porque la juventud actual desconfía de la política y de los políticos, y en consecuencia prefiere a las oenegés, los grupos ecologistas y demás ridiculeces. Hay incluso un tercer grupo, de espuria raíz comunistoide, integrado por jóvenes con ideas e iniciativas que no se tragan lo que la sociedad les dicta, y no sé cuántas boberías más, y que opinaría más o menos como mis carrocillas del sesenta y ocho. Bien, opinen lo que opinen, me sigue importando un carajo, y que conste que he leído a Marx y Engels, Lenin, Trotsky, Bakunin, Mao, Lukács, Sartre, Marcuse, Adorno o Horkheimer; así como las visiones más meditadas del socialismo (desde mi punto de vista, obviamente), como las de Max Weber, Raymond Aron o la de Schumpeter. E incluso tratados de economía política marxista "revisionista" como el de Wlodzimierz Bruz (y así un largo e insustancial etcétera). En fin, me imaginaba a mí mismo como un político socialista convencido y eficaz que ayudaría a la clase obrera y a la humanidad a emanciparse del pérfido sistema económico imperante.

Bueno, ¿y qué ha quedado de todo eso? Casi nada, tan sólo algunos principios que me han guiado toda mi vida y que seguramente me seguirán guiando en el futuro: que los ricos lo son por el robo y la estafa y que eltrabajo, el talento y la libertad, son valores que están por encima de cualquier otra consideración economicista (es decir, lo que diría cualquier buen filósofo estoico, platónico o cristiano). Está claro que las filosofías marxistas dominaron buena parte del discurso y de la realidad de la segunda mitad del siglo XIX y de buena parte del XX, pero a estas alturas tendríamos que saber que las ideologías que sostienen por encima de todo el concepto de hombre-masa son las más peligrosas, y además están viciadas del mismo principio mercantilista que el capitalismo, precisamente por huir de lo que ellos llaman vacuas "filantropías" a favor de tesis pretendidamente científicas y evolucionistas. En fin, no quiero extenderme más sobre esto. No es mi terreno y me trae al pairo.

Adoro la política y el derecho (sí, me contradigo conscientemente). Por ejemplo, me encantó leer El Príncipe de Nicolás Maquiavelo precisamente porque trata la cuestión política desde un punto de vista llano y directo; y además es una visión muy realista y lúcida de la condición humana. Y así podría seguir hacia atrás, desde Tucídides, pasando por Platón, Aristóteles, Polibio (la ex imperio libertas como uno de los motores de la Historia, todo un concepto, sí señor), Tito Livio, Cicerón, o Marco Aurelio; y así con los clásicos de la ciencia jurídica: Gayo y sus Instituciones, y la labor de compilación del Corpus Iuris Civilis (¡cuántas horas pasé en cierto sótano prohibido para mí leyendo y releyendo sus benditas páginas!). Los clásicos y sus contrapuntos renacentistas tienen una idea muy clara sobre la pobre condición humana, y sostienen casi sistemáticamente que hay que huir de los partidismos con el fin de encontrar la mejor -i. e. la más bella y sabia- organización política. Es evidente que desde nuestro punto de vista moderno éstos son cándidos y poco "realistas" (odiosa palabra) planteamientos. Bien, pues mi opinión es distinta, y a mucha honra. Creo que la humanidad sigue siendo la misma, y que el ridículo binomio izquierda-derecha no es más "científico" que los partidos circenses azul-verde de época imperial romana. Es el mismo planteamiento colectivizante y alienante del ser humano, sólo que en otro periodo histórico y sobre la base de circunstancias bien distintas. Por eso detesto la política (otra vez la dichosa contradictio): porque el discurso socio-político habitual sobre la materia en nuestros días (revestido por esas imposturas que llamamos ideologías: "soy de izquierdas", "soy de derechas", "soy de centro (¿?)"), encubre en realidad una trama de intereses inconfesables de partidos políticos, grandes empresas, medios de comunicación, sindicatos, y asociaciones y grupos de presión de todo tipo. Acuchillándose, insultándose, adulándose, lamiéndose y hablando ante las cámaras con fingida convicción, mientras cuentan los billetes (los propios y los ajenos). Y en medio de todos, el imbécil e inculto medio, sosteniendo con el puño en alto esos fragmentos de ideas leídos por la mañana en El País o en El Mundo.

Llamemos a las cosas por su nombre: un tipo que gana un millón de pesetas al mes por representar una sinecura pública no puede llamarse "socialista" o "cristiano". Y unos tipos que se sacan fotos y estrechan manos, mientras ponen sonrisa profident y aceptan regalitos de tal o cual tipo de tez cetrina rayosuvesca, tampoco. No me vengan con monsergas y gilipolleces: por razones personales los conozco, los he visto en acción, los he olido; su hipocresía va a la zaga de su incompetencia y desvergüenza. Aceptando con sonrisa de conejillo cualquier estipendio inmerecido por no hacer nada (sólo succionar falos de tal o cual fulano adecuado en el momento justo). Con una carrerita de Derecho o Economía apoyada por papi ("estudia, estudia, ya verás..."), sin un puto libro como Dios manda en el cuerpo y hablando un inglés de "Ayán Fransisco an aigul-laic tubí politishian", un francés de "Mesié le diputé, mesié le presidán", o un alemán de "Suban-estrujen-bajen" o, sin ir más lejos, de un español de "Yo.. pues yo pienso de que claro, no, pues... pues... Nosequién miente(aplausos)", pretenden dirigir los destinos de un país, de una región, de una ciudad, o de un pueblo del Occidente europeo (con un par de huevos). Como si los viera ahora, con la ceja levantada mientras un humilde y entontecido chófer les lleva la maletita ("tenías que haber estudiao, Manolo").

Y luego estos cazurros con carrera y sueldazo a cargo del pechero medio hipotecado, sueltan majaderías intolerables como aquella buenísima de que la culpa del paro tan terrorífico en el que estamos sumergidos se debe a esos pobres diablos que dejaron de estudiar muy pronto para meterse en la obra. Y yo digo, me alivio en vuestra meretriz progenitora, vástagos de lupanar. Pero claro, que no parezca tampoco que le echo la culpa al presidente y al ministro (eso sería una solución muy a la española, sí señor). No: es evidente que estas flatulencias pestilentes están expulsadas desde la sociedad misma (en nuestro caso, la española). Una sociedad de indolentes, subvencionados, acostumbrada a la sopa boba desde hace más de veinte años (por lo menos la juventud de papis solventes), poco dinámica y cosmopolita, y lo peor de todo, ignorante. Dispuesta a gritar tanto Viva la Virgen, Viva el Carnaval, Viva la cabra, Viva el borracho, y Viva yo, como Viva la República, Viva Franco o Viva la huelga. En definitiva, una sociedad cateta y clientelar, creada a salto de mata y sálvese quién pueda; propicia a desconfiar de lo ajeno y a esconder los pecados propios, profundamente endogámica y malahostiada, donde una economía fuerte de corte liberal jamás podrá asentarse sobre una base sólida. Y por eso la coyuntura económica nos golpea el doble. ¿La solución?: [Consejo de Ministros, justo antes de comer; habla Zetapé]: "Pues em, esto, um, espera... es difícil. ¡Ah, sí! Lo que diga Bruselas" (traducción en lenguaje técnico: flexibilidad laboral y bajada de pensiones). Y en román paladino: "Que se joda el trabajador y el pensionista".

El resultado es un país empobrecido y cabreado, con una generación de jóvenes entre los 18 y los 30 años sin futuro laboral, con unas pensiones que peligran de aquí a pocas décadas, y en general sin una estructura económica sólida. Por si esto fuera poco, mantenemos por decreto a una administración repleta de incompetentes e indolentes (y señalo directamente a las universidades), así como a una piara de malnacidos que han copado, mediante un sistema de castas indisimulado, los puestos de responsabilidad más elevados del Estado. Y como hablamos de España, tenemos que unir a estos afortunados hechos, esos sistemas nobiliarios que se esconden bajo el estandarte de "lo nuestro" (fuera el charnego, fuera el godo, fuera el catalán, fuera, fuera, fuera), que son los partidos nacionalistas. ¿Más? Claro, amigos: una juventud indolente, rácana, boquiabierta, de sonrisa gilipollas, sin sentido ético-estético alguno, sin moral ni ganas, y sin ná. Los veo cuando reúno el valor suficiente para subir a ese paripé de universidad que tenemos en Granada: inmaduros, incompetentes, acostumbrados a vivir entre fines de semana, sin una idea o lectura coherentes, sin rigor. Sin alma. Y entonces me digo: "Bien, estos capullos son los que nos librarán de todo mal. Amén".

Asimismo, siempre me ha maravillado esta naciente burguesía flojilla, hipócrita y semi-analfabeta (la pueden ver ustedes en los carteles publicitarios del Bebeuveá o de los anuncios de móviles), que ronda los cuarenta tacos y que desempeña una profesión liberal (abogado, médico, profesor de universidad, arquitecto, etcétera) donde obviamente lo gana bien, y por lo tanto se puede permitir el lujo de mirar con asco a esas "clases inferiores" y marchitas que trabajan en cosas manuales y "poco especializadas", con cara de "pobrecitos míos, qué pena dáis... ¡Si es que no estudiásteis!", mientras compran como locos cachivaches inútiles de marca último modelo-súper-fashion, por Internet y le enseñan a sus hijos que reciclar está chuli y que las bolsas de plástico cacaporque joden a los patos y los peces, que decir "mierda" y "tonto" está mal, que hay que sacar buenas notitas y no juntarse con los tiradillos, y que todos esos niños muertos del telediario viven muy lejos, así que cambia de canal. Y además, son precisamente estos bobos cuasi-ricos los consumidores habituales de literatura apestosilla, tipo Pilares de la Tierra, El Ocho, La Sombra del Viento, El Código Da Vinci, etcétera. Si usted se siente identificado en este grupo le recomiendo vivamente tres libros preciosos y muy enriquecedores: Les Onze Mille Verges de Apollinaire, Les Chants de Maldoror, de Isidore Ducasse y Justine del Marquis de Sade.

Está claro: nuestro padres nos dijeron: "Estudiad, que si no no seréis nadie". Pues bien, ahora hay toda una generación con crisis existencial. Ergo: con carrera, segundas y terceras lenguas y másteres, y en el paro. Y yo me descojono, de veras que sí. Las lágrimas me corren cálidas por mis mejillas mientras me imagino a esos desideologizados jóvenes sin perspectiva, living in papis's home, y con cuarenta tacos. Sin responsabilidades familiares, sin hijos y sin conciencia. Sin vida ni intimidad, pero eso sí: recicladores, ecologistas, feministas, delgados, vacunados frente a gripes hipostasiadas y apadrinadores de los niños del África. Mientras escribo continúo mi algarada en forma de luciferinas risotadas que recorren las calles del centro de Granada, mientras en mi mente resuena la voz de mi daimon: "¡Que vengan mis amigos de otro tiempo! Mis escritores, mis héroes y heroínas. Mis amigos. Que vengan aquí a resolvernos la papeleta". Ya veréis que festín nos damos comiendo, blasfemando, desflorando y dando estocadas por doquier. ¡Que vengan los barandas, los inquisidores, los pendencieros, los bergantes, los dandys, las femmes fatales, los enfants terribles y los libertinos de otra época! Si bien no arreglaremos nada, por lo menos nos divertiremos con estilo durante las noches de luna llena.

Y no, hoy no he tomado ninguna sustancia estupefaciente. Aunque como dijera ya mi Séneca:
"...sólo el alma perturbada puede decir algo grande y superior a los demás. Después de que desdeñó lo vulgar y lo habitual y con instinto sagrado se elevó hacia las alturas, entonces, por fin, cantó algo demasiado grande para la boca de un mortal. No puede alcanzar nada sublime ni situado en lugar escarpado mientras esté en sus cabales. Conviene que se salga de la ruta habitual y se desboque, y muerda los frenos, y arrastre a su jinete y lo lleve a donde habría tenido miedo de ascender por sí solo" (Sobre la tranquilidad del alma, 17.11).
Dice en alguna parte el Sr. Pérez-Reverte que un tipo de veintisiete años (como yo) y en el paro (de momento no es mi caso), le inquirió sobre qué libros le recomendaba, y éste le respondió: un libro para aprender otro idioma y pirarte del país y otro sobre cómo hacer cócteles molotov. Suscribo tal recomendación.

sábado, 17 de octubre de 2009

Veritas Odium Parit


Hace pocos días he vuelto a revivir una sensación muy desagradable y me gustaría comentarla aquí. Al fin y al cabo, esta página y Azogue misma se basan en la persistente búsqueda del conocimiento por la misma necesidad de obtenerlo, una necesidad que todo ser humano consciente y lúcido alberga en su interior (más allá de otros discursos posteriores y más elaborados acerca del porqué de la Historia, etc.), con lo que esta entrada se justifica muy bien en este contexto. En otro orden de cosas, es posible que estas palabras se le antojen innecesarias a las personas cultas, pero a mí sí que me importa la dimensión pública del conocimiento, es decir, que no pretendo que todo el mundo sea culto o se interese por saber o conocer; al fin y al cabo no todos tenemos esa clase de talento o incluso el mero interés por esforzarnos en ese sentido, pero este hecho no es óbice para que a las personas sabias y cultas se las mire con respeto y simpatía, y que se acepte su "autoridad" con naturalidad. Me refiero, por lo tanto, a cómo se ve y siente la cultura, y a cómo se contempla al sabio, a la sabiduría y al conocimiento en nuestra actual civilización. En realidad, esta entrada trata de los libros, de los escritores y de los enseñantes.

Actualmente la visión más o menos común, o al menos la que he tenido la nefasta oportunidad de experimentar en mis años de universidad e incluso antes, es que los libros (me refiero sobre todo a los libros de texto, léase manuales, obras monográficas, artículos, ensayos, opúsculos, obras de filosofía, historia y sobre todo religión, etc.), son vistos como una especie de ladrillo o rémora pseudoepistemológica que trata de "comernos el coco" o contarnos algo que "no tiene nada que ver con nosotros", y que lo mejor es no tenerlos demasiado en cuenta, más que nada porque podría obstaculizar el libre desarrollo de nuestra fuerte y radicalmente original personalidad, y en consecuencia embrollarnos, "rayarnos" (o como se diga), confundirnos, darnos dolor de cabeza, contarnos un cuento que nos deje fríos, cansarnos, aburrirnos, decirnos algo que no tiene nada que ver con el conocimiento "real" de las cosas, que es "experimentar por uno mismo", o simplemente deformar nuestro prístino y forjado carácter de chicos y chicas súper-guais y súper-o-sea de este súper-siglo.

A alguien le podría parecer que exagero, pero si se le preguntara, uno a uno, a los estudiantes universitarios algo tan sencillo como "¿por qué estás aquí?" (en la universidad se entiende), la respuesta variaría en un 80% (y soy generoso, creo), entre el "pa' sacarme las oposiciones y/o buscar un curro chachi", o bien (y en este momento el preclaro interpelado pondría esa cara que se pone cuando no se ha pensado algo demasiado y te preguntan por ello, con lo que estás obligado a pensar algo rápidamente), se decantaría por el "pos, pos, no sé... pa no ser un lerdo, pa' saber algo..." Y quizás una parte de estos ilustrados y bien preparados estudiantes, diría algo en plan posmoderno-progre total: "Pues para ser crítico y aprender a pensar, pa' que no me engañen y defender mis ideas, porque como dijo Marcuse, y patatín y patatán y patatún". En fin, un coñazo marxistoideo-progre-antifascista, que una vez declamado ya nos indica que ha llegado la hora del botellón o de decirle a la Sandra que "lo nuestro ya no puede ser porque soy un espíritu libre, y tú también, etcétera".

Pero eso sí, cuidado con los libros, que son caca. Lo importante para un colega mío de generación es, sobre todo, hablar largo y tendido en clase, en la cafetería o en el pub, aunque no se tenga ni pajolera idea de lo que se está hablando y no se pretenda ir a una biblioteca a contrastar ese supuesto conocimiento. La otra parte de mi generación está en clase en plan "uffff, qué coñazo, uffff qué pesada es esta", o "ufffff, qué tonterías dice aquel que está preguntando", y así una larga lista de ufs (esta clase de estudiantes "ufosos" son cojonudos, porque si realmente no les interesa ningún tema en profundidad, ¿para qué demonios están más de un lustro en la universidad?). Por otro lado, muchos profesores tratan de convertir las clases en una sesión de debate, en un brainstorming-quilombo donde cualquiera puede decir cualquier estupidez de forma gratuita, y además acerca de cuestiones más o menos abiertas, en las que está claro que uno no se va a poner de acuerdo con el vecino ni de lejos (léase República-Monarquía, el sentido de religión, si la ciencia o la religión es un dogma o no, el capitalismo malo malísimo, si existe democracia en España actualmente, y demás obsesiones posmodernas). Esto convierte las clases en una especie de Noria, donde cada contertulio profiere pseudo-ideas, retales de lecturas más o menos "ligeras", opinioncillas chorras y perogrulladas defendidas casi con violencia, etc. al discurso con conocimiento de causa o al placer de escuchar, simplemente. En otras palabras, se prefiere la participación "porque sí" al esfuerzo continuado y a la atención. Porque seamos claros: sólo cuando una persona ha dedicado buena parte de su tiempo a instruirse y a pensar es cuando puede opinar y crear, y nunca antes.

Volviendo a los libros, recuerdo siempre un artículo del Sr. Pérez-Reverte, donde relataba el bombardeo de la biblioteca de Sarajevo en estos términos:
"Aquella noche, en Sarajevo, los cañones no apuntaban a la carne humana sino a la materia que conforma su alma y su inteligencia".
El artículo ("Asesinos de libros", en Patente de corso (1993-1998). Madrid: Alfaguara, 2003, pp. 44-47) es escalofriante, y se lo recomiendo a todos aquellos amiguitos míos que observen un libro con indiferencia. Puedo imaginar a todos esos hombres y mujeres que defendieron y defienden esos tesoros del alma y la inteligencia con sus propias vidas, como para tolerar a esa horda informe de iletrados y soberbios imbéciles que desprecian el esfuerzo continuado de la humanidad como si fuera algo ridículo y ajeno a ellos. Y eso es lo que de verdad me molesta: la soberbia, "la osadía del ignorante" que diría el Sr. Pérez-Reverte; yo mismo, sin ir más lejos, soy un ignorante total (tanto que casi me odio por ello), pero jamás se me ocurriría poner cara de pez ante el sabio y el erudito, o rehuir a aquellos que saben más que yo "pa' que no crean que soy tonto", o para que no me pongan en evidencia, y ni mucho menos se me ocurriría desacreditar a los que saben con el rencor propio de los mezquinos y los idiotas. Ante el sabio se muestra respeto y humildad, y ante el que no sabe y quiere saber, tres cuartos de lo mismo; pero ante el imbécil que no sabe y además se siente orgulloso y henchido de satisfacción por ello, a ese, jejejeje...

En realidad, en muchos casos (por lo menos en nuestros días, porque al sabio no siempre se le ha visto con buenos ojos en el pasado, pero por otras razones), es pura y simple inmadurez. En el pasado nos encontrábamos con "jovencitos" como Emily Brönte (Cumbres Borrascosas, 29 años), Rimbaud (Una temporada en el Infierno, 19 años), Isidore Ducasse (Los Cantos de Maldoror, 22 años), Leopoldo Alas Clarín (La Regenta, 31 años) o Mary Shelley (Frankestein o El Moderno Prometeo, 21 años), Lord Byron (Lara, 25 años), Poe (Manuscrito hallado en una botella, 24 años), Dostoievski (Pobres gentes, 25 años) y un largo etcétera, que generaban obras de arte deslumbrantes y portentosas a esas tempranas edades. He calculado a ojo, con lo que puede ser un año arriba o abajo, pero lo que pretendo decir es que estos hombres y mujeres habían aprovechado su juventud y desarrollado sus capacidades hasta el límite de sus fuerzas, y esto no sólo a causa de su genialidad, sino como consecuencia de su madurez intelectual. Y pongo ejemplos de escritores porque en sus páginas se puede apreciar no sólo inteligencia y audacia (esto es algo que cualquier hijo de vecino puede llegar a tener con veinte añitos), sino algo más: profundidad, lucidez, oscuridad... En lo que se nos puede antojar en nuestros días como "pocos años" (la "edad del pavo", incluso), ellos y otros muchos, habían conocido el dolor, la muerte, el amor y el desamor, la responsabilidad, la pena, el destierro, la guerra, la indigencia y otras muchos sentimientos y hechos (que no tienen por qué ser desgracias) que les habían convertido no sólo en adultos, sino en adultos lúcidos, desgarrados, fuertes, orgullosos, geniales y apasionados. No en "buenos chicos" o en "empollones", o en "pusilánimes" (creo que se entiende lo que digo), sino en personas fuertes y duras de pelar, y es posible que no demasiado "simpáticas", o "positivas" o "dinámicas", o "recicladoras", o "solidarias" o "sanas", o "extrovertidas", etc. Sino en lo que he dicho: personas maduras y con un par.

Claro que el pasado es el pasado, y ese estado intermedio e hispostasiado conocido como "adolescencia" en nuestros días dura hasta los cuarenta, arruinando toda capacidad humana para alcanzar grandes ideas y por encima de todo para desarrollar la capacidad de entusiasmo y pasión por conocer, "guerrear", descubrir, conquistar, amar, o crear. Pero no, como todo el mundo sabe es más divertido y urgente perder la etapa más pasional y despierta de la vida humana en pubs y discotecas, o haciendo el capullo entre trabajos idiotas y fines de semana infames, o demás terrores de la misma laya. Como los filósofos epicúreos pero sin jardín que valga, y además sin practicar la virtud y la felicidad. Ni siquiera hedonismo, como siempre se dice, sino tan sólo fealdad y pérdida. Y que nadie me malinterprete, he puesto ejemplos de genios absolutos del pensamiento y de la literatura (son la misma cosa, en realidad), pero bien podría poner como ejemplo a todo hijo de vecino de hace no tanto tiempo que a los veintipocos ya estaba casado y con responsabilidades, y nada de perder el tiempo en chorradas y zalamerías hasta los cuarenta tacos, como en nuestro magnífico y genial siglo, en la era de la "información", liberados como estamos de todas esas horribles rémoras de la educación del pasado, y de todo el oscurantismo "de los tiempos de antes", cuando Unamuno iba con su elegante trajecito paseando por Salamanca y no era del Pepé.

En mi carrera, de hecho, la mayoría de los mozalbetes que se decantan por estos estudios, lo hacen a causa de su interés por el rollo político contemporáneo, y se lo pasan genial imaginando historias como que una República defendida por los valientes y rebeldes Caballeros Rojos había sido atacada y derrotada por los Señores Negros Fascistas (o viceversa, porque a mí todo eso me parece el mismo borreguismo). De hecho, este tipo de pensamiento infantil, en plan "buenos y malos", "negros y blancos", etc., es despreciado ya por alguien tan lúcido como Marco Aurelio en el siglo II d. C.:

"De mi tutor, el no haber sido ni verde ni azul" (Med. I, 5)

Y se refiere a las facciones circenses, unos grupos sociales o "de presión" integrados en el entramado político del Imperio (tanto del Occidental como del Oriental, dado que pervivieron en Bizancio durante muchos siglos -sobre esto recomiendo la Historia Secreta de Procopio de Cesarea, s. VI d. C.-), a caballo entre el partido político de base palmera y el aficionado al fútbol medio. En realidad, los nefastos antecedentes de las actuales democracias de rivalidad clientelar y de masas.

En fin, que me he quedado a gusto, para qué engañarnos. Sé que esto es un Cuaderno de Notas dedicado a la Historia de la Filosofía Hermética, pero no puedo pasar sin comentar la estupidez campante de nuestra época, y esto sin ánimo alguno de reivindicar mi absoluta virtud sobre el resto de miserias humanas (el primer pecador yo, mea culpa, golpes de pecho, etc.), sino con el ánimo de la mera denuncia de la contradicción, la apatía y la miseria intelectual en la que muchas veces nadamos sin apenas darnos cuenta, porque estas cosas son incompatibles con el esfuerzo que toda sabiduría y erudición conlleva, y además son la base para la destrucción de todo lo bueno que hay en el ser humano (que es muchísimo, y quizás más que lo malo).