sábado, 20 de febrero de 2010

Zanoni, una novela rosacruz (Introducción)

Adoro Zanoni. Zanoni (1842), como quizás muchos de los lectores ya sepan, es una novela relativamente desconocida de Edward George Bulwer-Lytton, un famoso escritor y político inglés de época victoriana. Y a modo de introducción, ¿qué se puede decir deZanoni? Sin lugar a dudas, que es una obra inscrita en una época fascinante para Occidente, y sobre todo para el Imperio Británico, de hecho, la mayor potencia europea y mundial durante toda la segunda mitad del siglo XIX, y por ende durante el largo reinado de la Reina Victoria de Kent (1837-1901), que daría nombre a una época de esplendor inigualable, una hegemonía sobre todo económico-tecnológica jamás alcanzada hasta aquel momento. La Reina Victoria trajo consigo el fortalecimiento de una monarquía desprestigiada por los sucesivos reinados de Jorge III y Jorge IV, y sobre todo por Guillermo IV; el gobierno quedaba en manos de un poderoso ejecutivo y de un parlamento dividido en dos grupos políticos de notables: los conservadores (tories) y los liberales (whigs), y sus representantes más notorios: Robert Peely y Benjamin Disraeli por el lado conservador y Rusell, Parmerston y Gladstone por el lado liberal. Hasta el último tercio del siglo XIX, Inglaterra se convirtió en el centro neurálgico del mundo, y a Londres llegarían ideas, mercancías y mano de obra de todos los confines del mundo. Y esto, sin lugar a dudas, se traslucía en su literatura. En cuanto al resto de países europeos, nos encontramos con la Francia del II Imperio y de Napoleón III, que marcará igualmente toda una época (1848-1870), con la unificación italiana (en 1871, Roma se proclama capital de Italia), y con la grandeza prusiana (la aparición del I Reich se consumaría en 1871).

Volviendo a mí mismo, he de decir que estoy enamorado del siglo XIX, y sobre todo de su segunda mitad, es decir, justo el reinado de nuestra poderosa monarca británica.

Esto contrasta, quizás paradójicamente, con el desapego que me produce la historia del siglo XX, sobre todo a partir de la terrorífica Gran Guerra (1914-1918) y sus nefastas consecuencias para la civilización occidental. De hecho, supongo que si tuviera que elegir una época para existir, elegiría este siglo: adoro sus costumbres, su elegancia y moda, me deleito con sus clases de angustia y sufrimiento, sus ideas, sus escritores y pintores, su arquitectura, su música... Adoro todo lo que representa, en definitiva. Esto es una visión idealizada sólo en parte: me maravillan sus grandes corrientes culturales, tanto el Romanticismo como el Realismo, y sus escritores se cuentan entre mis favoritos ganando por goleada a los del XX o a los de cualquier otra época. Asimismo, me quedo extasiado con las películas que tratan de representar este siglo, con The Elephant Man (1980) de Lynch, Jeremiah Johnson(1972) de Pollack y Remando al Viento (1987) de Gonzalo Suárez a la cabeza. En este sentido el siglo XIX ha escenificado la épica moderna (lo que conocemos como Western), y la colonización de la por aquel entonces ignota África (una película digna de ser tenida en cuenta es The Ghost and the Darkness, de 1996).

En el terreno literario, pictórico y filosófico (en definitiva, los terrenos con los que me siento más identificado), hallo una fuente inagotable de inspiración en, por poner algunos ejemplos, Edgar Allan Poe (Berenice, 1835), Dostoievski (Братья Карамазовы, Los Hermanos Karamazov, 1880), Emily Brontë (Wuthering Heights, 1847), Alexandre Dumas (Les Trois Mousquetaires, 1844), Joseph Conrad (Heart of Darkness, 1899), Leopoldo Alas Clarín (La Regenta, 1884-85), Novalis (Hymnen an die Nacht, 1800), Abraham Stoker (Dracula, 1897), o Gaston Leroux (Le Fantôme de l'Opéra, esta obra publicada pasados unos años de mi siglo, en 1910). En cuanto a la pintura, como todo el mundo sabe, se originaron todos los movimientos pictóricos modernos, pero si tuviera que quedarme con algunos nombres, pues J. H. Füssli (1741-1825), William Blake (1757-1827), Francisco de Goya (1746-1828), Vincent Van Gogh (1853-1890), o Egon Schiele (1890-1918). En cuanto a la filosofía y el pensamiento en general, qué puedo decir: me asombra lo que representan "trastornadores" como Friedrich Nietzsche (1844-1900), Karl Marx (1818-1883) o Sigmund Freud (1856-1939). Asimismo, Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling (1775-1854) y Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), ambos exponentes del Idealismo alemán. Como todo el mundo sabe, es además la era de la consagración del positivismo, y su pugna por "desmitificar al mundo"... Y paradójicamente es la época de mayor exaltación del ideal. En definitiva, el siglo XIX es una época de grandes pasiones, de incipientes corrientes de pensamiento, de expansión, de violencia y de miseria terribles, y de esplendorosa magnificencia de la Civilización Occidental, que desde entonces (es mi punto de vista) ha caído en una irónica decadencia, y en luctuosos hechos sobre los que prefiero no pensar ni un solo instante. Por supuesto, estoy simplificando, pero no quiero extenderme más sobre esto.

Una obra resume lo que amo del siglo XIX: Also sprach Zarathustra. Ein Buch für Alle und Keinen, 1883-1885 (Así habló Zaratustra. Una obra para todos y para nadie, ¿tengo que decir de quién?). Muéstrenme semejante pasión y sublimidad en nuestro tenebroso siglo XXI, y entonces me reconciliaré con él.
De cualquier manera, como todo el que lea sabe, en el terreno de la filosofía prefiero la Antigüedad y el Renacimiento. En cuanto a la Historiografía, me siento identificado con ciertos planteamientos "historicistas" de Leopold von Ranke (1795-1886), aunque esto es un poco gratuito, porque en general (y sin desmerecer a los clásicos), podemos decir que la ciencia histórica tal y como la conocemos nació en este siglo (no me olvido, claro está, del excelente historiador Theodor Mommsen). En cualquier caso, absolutamente todas las diatribas (intelectuales, o no) actuales nacieron en el siglo XIX. El siglo XX ha representado su desarrollo en muchos casos y su "decadencia" en otros, aunque, como dije más arriba, esto es una apreciación muy personal, debido a que me siento mucho más identificado con el modo de pensar de un decimonónico ciudadano, antes que con la masa que me rodea en el glorioso siglo XXI. Yo cuando veo en una peli de ahora (o cuando lo veo en la realidad realidosa, sin ir más lejos), por ejemplo, cómo un travesti ex-camionero dice "qué pasa Jennifer, te quieres tirar a éste", y otra tipa le contesta "no, joder, es que lo he conocido por Internet, y nos vamos a hacer botellón", o bien cuando veo cómo un contubernio farmacéutico-periodístico-gubernamental se inventa una gripe "os-voy-a-matar-a-todos" y la peña (una población supuestamente "libre" y "culta"), va y se lo cree, se me queda cara de póker. Yo, humildemente, me quedo con aquellos caballeros y aquellas damas duros de pelar, puede que educados y refinados, o puede que no, a la par que dispuestos a todo, y que se centraban en lo esencial, huyendo de majaderías y estupideces. Hombres y mujeres que emigraban a lo desconocido, que pensaban sobre nuevas realidades con valentía, que construían sobre terreno virgen, y que guerreaban fieramente en todos los terrenos de la vida (con o sin razón). Y eso se nota en su manera de crear y sentir.

Asimismo, el siglo XIX ha influenciado algunas visiones idealizadas actuales del mismo, que podemos apreciar en movimientos estético-artísticos como el steampunk o el rollo gótico, o algo por ahí de rock industrial o metal. Pero en esto nos tendríamos que detener demasiado, y lo cierto es que el tema no me interesa mucho.

De acuerdo Iván, ¿pero qué ocurre con el hermetismo, que se supone es tu materia? Bueno amigos lectores, paciencia. Pues el siglo XIX y los primeros años del XX, también marcan el inicio de nuestra andadura historiográfica, pero hay que distinguir (como ahora mismo, vamos), entre dos corrientes bien distintas: una historiográfica y otra "ocultista" o "practicante". En cuanto a la primera (de la única que hablaremos en esta introducción), yo destacaría sobre todo a historiadores como Richard August Reitzenstein (1861-1931), Eduard Zeller (1814-1908), Franz Cumont (1868-1947), y Louis Ménard (1822-1908). La labor de estos historiadores y filólogos conduciría a una mejor comprensión del fenómeno filosófico-religioso helenístico-romano, y a la revalorización del estudio de la filosofía hermética como un apartado digno de tener en cuenta a nivel académico, al margen de la morralla ocultista que por aquel entonces estaba en su apogeo en muchos círculos "intelectuales". Y de uno de estos círculos intelectuales "ocultistas" bebería nuestro magnífico escritor Bulwer-Lytton.

En cuanto a las ediciones de los Hermetica inscritas en este periodo (1854-1906), nos encontramos con las siguientes:
- Hermes Trismegistus. Poemander, Ed. G. Parthey. Berlin 1854. 
- Hermes Trismegistus. Einleitung in's höchste Wissen: von Erkenntnis der Natur und sich darin offenbarenden grossen Gottes. Begriffen in siebenzehn Büchern, nach griechischen und lateinischen Exemplaren in's Deutsche übersetzt [...] Verfertigt von Alethophilo, 1786. Stuttgart, J. Scheible 1855. 
- Hermès Trismégiste Traduction complète précédée d'une étude sur l'origine des livres hermétiques, par Louis Ménard. Paris 1866. 
- Hermes Trismegistus. The theological and philosophical works. Translated from the original Greek, with preface, notes, and indices by John David Chambers. Edinburgh 1882. 
- Hermes Trismegistus. The divine Pymander. Translated from the Arabic by Dr. Everard [1650]. With introduction & preliminary essay by Hargrave Jennings. [Ed. R.H. Fryar]. London 1884. 
- Hermes Trismegistus. The virgin of the world. Now first rendered into English with Essay Introductions. 
and Notes by Anna Kingsford and Edward Maitland. [Ed. R.H. Fryar]. London 1885.
- [Hermes Trismegistus]. The Pymander of Hermes. Ed. W. Wynn Westcott. London and New York 1894, Collectanea Hermetica, vol. II.
- Richard Reitzenstein. Poimandres. Studien zur Griechisch-Ägyptischen und frühchristlichen Literatur.
Leipzig 1904.
 
- G.R.S. Mead. Thrice-Greatest Hermes. Studies in Hellenistic Theosophy and Gnosis. London 1906, 4 pts.
Hay que decir, no obstante, que en los círculos ocultistas de la época el desconocimiento hacia el hermetismo tardoantiguo era, por lo que sé y he podido comprobar, casi total. Tan sólo unas vagas referencias a "Hermes Trismegisto", a la "magia egipcia", y otros tópicos, pero en realidad nada tangible. El ocultismo decimonónico bebe de otras fuentes, sobre todo platónicas y neoplatónicas (las más fáciles de conseguir en la época), y sobre todo de grimorios "clásicos" (de los que no sabría identificar la procedencia exacta: algunos supongo que se remontan a la Baja Edad Media y otros son de época renacentista y posterior); e ignoro qué podría conocer esta gente sobre los filósofos naturales plenomedievales y sobre las ciencias que se practicaban en el Medievo, pero desde luego no mucho, dado que las ediciones críticas y los estudios serios sobre este tema no se remontan muchísimo más allá, creo yo, de Lynn Thorndike, 1882-1965), asimismo, se nutre de alguna clase de abstrusa imaginería alquímica extraída -supongo- de algunos manuscritos de época renacentista (ss. XV-XVI), y de la que me atrevo a afirmar que no entendían nada, y de alusiones brumosas a la "cábala y sus misterios" (de esto quizás me atreva a hablar en otra ocasión, porque actualmente Moshe Idel desarrolla una labor investigadora encomiable), y en definitiva de una hipostasiada tradición ancestral que se remonta a los "gimnosofistas", a los "hierofantes", y a los "iniciados", procedentes del Oriente.

Y ahora hablaremos sobre Zanoni, sobre su autor, y sobre el entorno en el que se fraguó. ¡Hasta mañana, pues!

domingo, 10 de enero de 2010

Ágora, de Alejandro Amenábar


Como lo prometido es deuda, el día de hoy lo voy a dedicar a hacer una crítica a la película Ágora, estrenada a finales del año pasado, y que tuvo la loable intención de acercar al ciudadano medio actual el mundo del siglo IV d. C. (en Alejandría, Egipto), y a la que al parecer fue una de sus más brillantes filósofas, Hipatia, así como a otros filósofos y teólogos de su entorno, como Sinesio de Cirene. Tengo que decir, antes de entrar a saco, que sigo pensando lo dicho aquí el año pasado (invito al lector a que eche un vistazo a la anterior entrada de mi cuaderno "Se han dado cuenta: Ágora, de Alejandro Amenábar", del día 18 de marzo de 2009), aunque resumiendo, lo que vine a decir es que me parecía de una valentía sin parangón que un cineasta moderno se ocupara de estas complejas y en cierto modo "actuales" cuestiones. Me refiero, claro está, a la civilización helenística, a sus contradicciones, diatribas y "turbulencias", que a veces nos recuerdan a nuestro posmoderno mundo.

Dividiré esta entrada en dos partes: un comentario histórico y una crítica cinematográfica. La primera la dedicaré a ubicar históricamente la película, sobre la base de los textos antiguos y la bibliografía al uso; esta realidad histórica la pondré en relación con el filme, y sacaré algunas conclusiones en consecuencia. La segunda parte la dedicaré a ejercer de crítico de pacotilla, y juzgaré la película como si fuese un entendido del séptimo arte. Ruego al lector que disculpe mi atrevimiento en este sentido.

Comentario histórico

El cristianismo en Alejandría

Aunque suene a tópico para salir del paso, hacer un cuadro general del cristianismo en Egipto es una tarea harto difícil, y la explicación la tenemos en lo que he repetido muchas veces en este cuaderno de notas: Egipto, y concretamente Alejandría, a finales de la Antigüedad, era un lugar muy diverso y por ende conflictivo. En efecto, existía una Iglesia "ortodoxa", ejemplificada por algunos Padres y otros teólogos integrados modernamente en la Patrística y en general la Patrología, como Clemente de Alejandría, Orígenes, San Juan Crisóstomo o el recientemente famoso San Cirilo. Asimismo, hubo otros padres originarios de África, como Tertuliano, San Cipriano de Cartago el mismo San Agustín. Junto a estos teólogos bien conocidos, nos encontramos con una miríada difícilmente clasificable de heresiarcas y doctrinas heréticas, tenazmente combatidas por esta Iglesia establecida y sus "doctores"; movimientos gnósticos de los que ya he hablado suficiente en este cuaderno de notas.

Estas doctrinas cristianas, tanto da que sean tachadas de "ortodoxas" o de "heréticas", conforman el ambiente turbio y desorganizado que caracteriza a toda religión no enteramente institucionalizada (o no "centralizada") y en cierto modo naciente. Y es en este ambiente cismático y violento donde se inscriben personalidades como la de San Cirilo, que fue sin lugar a dudas un hombre duro, autoritario y en absoluto tolerante con las herejías y con la pervivencia del "paganismo", pero que no puede corresponderse -por su talla intelectual como teólogo, quiero decir-, con el psicópata sin escrúpulos que presenta Amenábar en su película. Podemos definir a San Cirilo como un eclesiástico en un tiempo de lucha (intelectual y a veces callejera) y en ciertas ocasiones de persecución, donde varios modos de ver el mundo se creían en liza por la supervivencia (en general, el "helenismo" frente a los nuevos cultos "orientales" institucionalizados, pero esto sería simplificar si lo presentamos así sin más), donde la "tolerancia" (entendida en términos modernos) no podía ser una opción en ningún caso. Esto no era óbice, como es natural, para una cohabitación, sobre todo en un área urbana tan cosmopolita e intelectualmente estimulante como la Alejandría tardoantigua. Al representarnos cualquier época humana, debemos huir de elaborar soflamas y apocalipsis prematuramente: la maquinaria urbana funcionaba, pese a su diversidad y precisamente por ella misma. Como siempre ha sido y como siempre será, mientras perdure el modelo de ciudad helénico.

Asimismo, quizás podamos definir a nuestro Cirilo como el "anti-Juliano" por excelencia, y de hecho, uno de sus tratados más conocidos fue una respuesta al Contra los galileos de Juliano César, es decir, el Contra Juliano, que trata de revestir "racionalmente" a la fe cristiana, cosa en modo alguno sorprendente, porque la teología cristiana no es más que otra visión sobre las mismas bases de la teología platónica (y no parece que la filosofía platónica peque de "irracionalidad"). Y el terreno de lucha de San Cirilo, me parece a mí que se acercaba más a cuestiones cristológicas: polémica antiarriana, unidad de Cristo, consideración del mismo como el Verbo encarnado, es decir, como el Logos encarnado [Jn 1, 14], además de la controversia de tono netamente intelectual con las sedes de Antioquía y Constantinopla (y en particular con Nestorio), que a enteramente políticas (como plasma el Ben Laden deÁgora). Por supuesto, nadie niega que fuera el responsable de organizar un terrible pogromo ante una provocación judía previa, con la consecuente huida de los hebreos de la ciudad, pero quizás no está tan clara su relación directa con la muerte de Hipatia (ca. 415 d. C.), más allá de su contribución (que sin lugar a dudas existió) a crear un ambiente "represivo" en la ciudad que condujera a atrocidades de ese tipo.

Esto nos indica que cierto cristianismo "ortodoxo" deseaba por todos los medios establecerse como un poder a tener en cuenta frente a la administración imperial y los otros cultos religiosos, pero no parece que la visión retratada en la película se corresponda con la realidad histórica. En efecto, no era "el cristianismo contra todos", sino que cierta porción del cristianismo se hacía poco a poco el heredero de la civilización helenística, y además sin cambiar sustancialmente las filosofías helénicas (un ejemplo lo encontramos en la Consolación de la Filosofía de Boecio); además, hay que tener en cuenta que la realidad de la vida no es (como muchas veces pretendemos) un cómic, donde hay súper-buenos contra súper-malos, sino una enorme plaza repleta de distintas personalidades dotadas de distintos motivos e inclinaciones, y en la que no parece encajar muy bien la idea de un conjunto de personas maravillosas y tolerantes frente a una panda de fanáticos analfabetos y sin escrúpulos. Por lo tanto, en términos históricos, al cristianismo en sí no se le hace justicia, y la visión que de él se ofrece se parece más a algún tipo de visión posmoderna y convencional, que a un retrato hecho desde la imparcialidad. La visión de Ágora construye, en efecto, una visión del cristianismo y en general de la religión, tamizada por la vieja crítica ilustrada, y reeditada actualmente por ciertos gropúsculos de presión y de masas.

Para una descripción general sobre esto, recomiendo el capítulo que H. Idris Bell dedica al triunfo del cristianismo en su Cults & Creeds in Graeco-Roman Egypt (pp. 78-105).

Paganos contra cristianos

Siguiendo con este tema, esto nos lleva a hablar de la polémica paganismo (o mejor, "helenismo")-cristianismo. Hablamos aquí de nombres como Juliano, Porfirio o Celso, frente a otros autores cristianos como Lactancio o el mismo Cirilo al que hacíamos referencia.

Juliano mismo (331-363 d. C.) representa uno de los últimos intentos de ese "helenismo a la defensiva" que observamos en el siglo IV. Dos fechas: el 313 y el 392 (rescripto de Milán y prohibición oficial del paganismo por Teodosio respectivamente) marcan esta lucha encarnizada. Al comienzo de este decisivo siglo, aún los cristianos eran objeto de persecución por emperadores como Diocleciano y Galerio. Es en este siglo, en el que en opinión de muchos autores, no sólo acabará alzándose el cristianismo, sino que la propia filosofía griega acabaría embarrancando en una "retórica preciosista", en un abstruso misticismo, en la superstición, la teúrgia y otras lindezas de esa laya. Todo el mundo que me lea habitualmente conoce mi opinión acerca de esto, por lo que no me extiendo mucho más.

Pondré tres extractos que ilustran muy bien la contienda paganismo-cristianismo, el primero de Juliano, el segundo de Celso y el tercero de Lactancio.
"Es justo, pues, preguntar a Pablo si dios no lo es sólo de los judíos, sino también de los gentiles, ¿por qué envió a los judíos la gracia profética en abundancia, Moisés, la unción y los profetas, y la ley, y las paradojas y portentos de sus mitos? (...) Pero si es el dios de todos nosotros y, asimismo, el creador de todo, ¿por qué nos despreció?" Juliano, Contra los Galileos, 106C.
"Tal es el linaje de donde salieron los cristianos. La rusticidad de los judíos ignorantes les dejó caer en los sortilegios de Moisés. Y, en estos últimos tiempos, los cristianos encontraron entre los judíos un nuevo moisés que los sedujo de una forma aún mayor. Él pasa entre ellos por hijo de Dios y es el autor de una nueva doctrina. Agrupó en torno suyo, sin selección, una multitud heterogénea de gentes simples, groseras y perdidas por sus costumbres, que constituyen la clientela habitual de los charlatanes y de los impostores." Celso, El discurso verdadero contra los cristianos, 6.
"Después de Nerón, pasados algunos años, surgió otro tirano no menor que él, Domiciano. Éste, a pesar de ejercer el poder de un modo odioso, estuvo pesando sobre las cabezas de sus súbditos durante muchísimo tiempo y reinó sin ser inquietado hasta que se atrevió a levantar sus manos impías contra el Señor". Lactancio, Sobre la muerte de los perseguidores, 3.
Las críticas y contra-críticas de estos autores animan poderosamente las diatribas de la Antigüedad Tardía, y anuncian desde el plano intelectual un cambio cultural en cierto modo definitivo, que venía gestándose desde el plano sociológico desde hacía mucho tiempo, como una consecuencia "lógica" de la expansión y la vejez de un Imperio cuyo esplendor tiempo ha que se había extinguido para siempre. ¿Esto nos indica decadencia? Mi punto de vista es que no, tan sólo cambio, movimiento, avance, y desarrollo, pero esta vez desde otras posiciones. La civilización helenística había cambiado hasta perder su ya de por sí cambiante identidad, un proceso que se repetiría desde el s. IV a. C. hasta nuestro siglo IV d. C.

Sinesio de Cirene y su maestra

Poco sabemos de la "madre, hermana y maestra " de Sinesio (Ep. 16), salvo las referencias de él mismo, de Damascio y de la Suda (s. X d. C.). Pero huyendo de especulaciones y mitificaciones de uno u otro lado, parece que deberíamos hacer caso de Damascio cuando sostiene que era una seguidora de Platón, o como diríamos actualmente, una filósofa neoplatónica. No obstante, sobre Sinesio de Cirene remito al lector a la introducción general que hace Christian Lacombrade en la edición de Les Belles Lettres (París, 2003, pp. V-XLIX), donde trata de reconstruir el ambiente socio-filosófico donde nacería y crecería el pupilo de la bella e inteligente Hipatia, hija de Teón de Alejandría.

En cualquier caso, tienen razón Lacombrade y Des Places cuando dice el primero que "poèmes orphiques, hymnes gnostiques, traités d'hermétisme et surtout oracles chaldaïques, tenus alors comme le bréviaire de toute sagesse" (p. XX), y el segundo cuando describe la influencia de los Oráculos Caldeos en su filosofía (Les Belles Lettres, París, 2003, pp. 35-41). En efecto, la paideia en el siglo IV estaría imbuida de "elementos místicos" que en la película Ágora no se reflejan por razones evidentes. Se nos presenta una librepensadora al estilo decimonónico (una especie de Mary Wollstoncraft del siglo IV), que trata de reconciliar a sus hermanos, y que se resiste a la idea de un universo cerrado y mecánico, adoptando una posición "galileana" frente a la ortodoxia helenística desde Ptolomeo, y frente a la chillona grey de analfabetos cristianos. ¿Se corresponde esto con la realidad? La respuesta es no. Si como nos relatan los textos, Hipatia era una filósofa neoplatónica, estaría más inclinada en enseñar la "ciencia de los números" platónica, además de en enseñar a sus alumnos a que "eleven lo que de divino hay en sus almas hacia lo divino que hay en la totalidad" (siguiendo a su maestro Plotino), antes que en tratar de elaborar una cosmología más acorde con la realidad del cielo. Esto, por lo tanto, es una visión ahistórica sobre la Antigüedad, un intento de proyectar nuestras obsesiones "modernas" sobre un periodo de la Historia sometido a elementos muy distintos. Cosa que en principio no tiene por qué criticarse, como ya comentaré, pero es algo que en cualquier caso debe de tenerse en cuenta.

¿Y qué hay de su trágica muerte? En efecto, Hipatia fue considerada como una "mártir del helenismo", no como una "mártir de la tolerancia", o una "campeona de la libertad", que cual Mariana Pineda se enfrenta al Absolutismo. Como siempre, conocer los procesos históricos y las obras filosóficas de la Antigüedad, nos ayudará a descubrir la verdad de las cosas, huyendo de nosotros mismos.

Por cierto, para la relación entre Sinesio y los Hermetica, cfr. BREGMAN, J., “Synesius and the Hermetica”, en Neoplatonism and gnosticism, Albany: SUNY Press, pp. 85-98.

La Imago Mundi Tardoantigua: el sistema aristotélico-ptolemaico

Ya poco nos queda para terminar este breve recorrido histórico, que pretende ser una ayuda a la hora de entender y criticar en términos históricos la película de Amenábar. Tan sólo hay que comentar la visión del mundo tardoantigua, que en efecto estaba dominada por el sistema matemático (que no "físico", utilizando una terminología moderna) de Claudio Ptolomeo, y de cuya veracidad el hombre antiguo no tenía por qué dudar. Sobre esta cuestión ya he dicho lo suficiente en la sección "Actualidad de la ciencia", por lo que no me extiendo. En cualquier caso, este sistema funcionaba razonablemente, y la finalidad de un filósofo platónico no era la experimentación científica de los fenómenos naturales, sino (simplificando mucho) comprender la esencia divina de las cosas.

La filosofía platónica era una auténtica teología, donde desde luego no existía en la mayoría de los casos el "monoteísmo providencialista" de Filón o de los autores cristianos, pero cuyo engranaje encabezado por el Uno aseguraba la unidad del cosmos. Eso responde a la ridícula pregunta que he escuchado por ahí de si "Hipatia era atea", a raíz precisamente de la película de Amenábar. La respuesta es, evidentemente, "no", pero un no entrecomillado, como vemos. Su "dios", si podemos hablar en esos términos, era una representación racional del cosmos, probablemente no exenta de elementos que denominaríamos modernamente "místicos", pero que en cualquier caso no era el Dios de los cristianos y su Verbo-Logos hecho carne en la figura del Cristo, sino en eso mismo: el theos del Timeo pasado por el tamiz de muchos siglos de platonismo.

¿Cuál es la raíz de este equívoco que vemos reflejado en la película? Pues nada menos que el hecho de que nos cuesta alejarnos de nuestro propio mundo, de nuestra visión emic de las cosas. La Antigüedad Tardía, si bien se parece sociológicamente a nuestro mundo, como he repetido muchas veces, no sigue los mismos patrones filosóficos, y en consecuencia su representación del cosmos es muy distinta de la nuestra. Antes bien, su visión de las cosas estaría imbuida de lo que nosotros, los hombres de la Modernidad, denominaríamos "elementos religiosos", y quizás de "mitos" y otros términos en absoluto aplicables a esta época.

La Ilustración, una filosofía "ahistórica"

Como conclusión a este comentario histórico, tan sólo me resta comentar cuál es el punto de vista del director, D. Alejandro Amenábar, al que profeso un profundo respeto intelectual (y lo digo sin ironías). Pues bien, la visión de Amenábar es la de una persona culta e inteligente de nuestros días, que profesa un sano agnosticismo y un enquistado recelo ante cualquier religión establecida e institucionalizada, y en particular hacia el cristianismo. En Hipatia ha querido ver una "mártir de la tolerancia", y un "espíritu rebelde" en un mundo plagado de fanatismo, y como he tratado de describir más arriba, esto no se corresponde con la realidad histórica. Las cosas no son tan sencillas, y tratar de aplicar nuestras propias obsesiones a un mundo que sigue reglas tan distantes de las nuestras, acabará siempre en fracaso.

Existieron y existirán, no obstante, otras representaciones modernas de la polémica paganismo-cristianismo (y por ello sesgadas en diverso grado). Por ejemplo, nos encontramos con Montaigne, que habla maravillas de Juliano (el alter ego masculino de nuestra Hipatia) en su ensayo De la libertad de conciencia (y se trata de un cristiano criticando a otros cristianos, con lo que vale el doble su comentario). En el plano exclusivamente ilustrado, otro que modernamente pone a Juliano por las nubes (en este caso como el paladín de la libertad de conciencia, contra el fanatismo), es Voltaire, que en su Diccionario filosófico (1767) le dedica todo un señor artículo. Con esto quiero decir que en general, las corrientes de pensamiento de la Modernidad derivadas del proceso ilustrativo han querido ver en los "mártires del helenismo" (Hipatia o Juliano son dos ejemplos) auténticos héroes de la libertad de pensamiento y de la inteligencia frente al fanatismo religioso. Y esta es la idea que desea introducir la película de Alejandro Amenábar.

En realidad, y para ir concluyendo esta primera parte, esto no es una crítica en absoluto. Cualquiera puede construirse la Hipatia que le venga en gana, y de hecho puede estar hasta mejorando el modelo original, pero otra cosa muy distinta es hacer pasar por "histórico" lo que no lo es. Repito: con esto no estoy reivindicando que el cine debería ser más cuidadoso con la Historia y demás; a mí eso me trae al pairo. Yo sólo demando al arte que me embriague y me embelese en "términos platónicos". Sólo he tratado de que el lector se ubique históricamente, y una vez logrado esto vuelva a mirar hacia atrás, y además, en cierto modo no estoy muy de acuerdo con criticar el pensamiento religioso desde la ignorancia.

Crítica cinematográfica

Llegados a este punto, procedo a hacer una crítica de la película en sí. Según el Sr. Amenábar, la idea le viene de lejos, y se la debe a una pasión que comparto: la saga Cosmos de Carl Sagan, que fue un científico brillante y una persona apasionada y muy lúcida, todo un ejemplo para las nuevas generaciones de humanistas y de científicos. El Sr. Sagan se adentró en las entrañas "científicas" de Alejandría y por supuesto habló de la filósofa Hipatia; este hecho cautivaría a nuestro cineasta, que decidió arriesgarse a emprender la titánica tarea de recrear la Alejandría del siglo IV.

Sentadas las bases que animaron al Sr. Amenábar, procedo a la crítica.

Pues bien, en general me ha parecido una película que no sabe medir los tiempos, de una vaguedad que no se corresponde con la maravillosa idea que la generó. Esto es así, creo yo, porque Alejandro Amenábar tuvo una visión genial, pero en medio se encontró con un escenario de enorme complejidad que le sobrepasaba, y que se le acabó escapando de las manos. Al menos ésa es la impresión que me dejó el filme. La historia no está centrada del todo en Hipatia, ni tampoco del todo en la contienda pagano-cristiana, y esto genera cierta confusión y desapego; asimismo, la pasión científica de Hipatia no logra transmitirse al espectador: sólo produce indiferencia ver a una mujer trazando círculos en la arena. Rachel Weisz es una actriz bellísima, de eso no hay duda, pero su imagen no es la de una apabullante mujer filósofa de noble estirpe, sino la de una chica sensible e inteligente en un mundo hostil y oscuro que no puede controlar. Y yo creo que eso no es suficiente para explicar su valía intelectual. A la película le hace falta grandeza y poder visual, tanto en los actores como en algunos escenarios.

Asimismo, los personajes aledaños no convencen del todo, porque no se nos muestran matices; casi son muñecos que se mueven al son del odio y la venganza. No creo que se muestre la grandeza y la diversidad de la mayor y la más culta metrópolis de la Antigüedad; antes bien se nos muestra una Alejandría llena de inmundicia y oscuridad humanas. No es que esta ciudad se me represente como una Babilonia fantástica, sino que considero que centrarnos demasiado en estos luctuosos hechos, y además con ese tono tan dramático y ominoso, no es eficaz narrativamente. Aunque sea sólo para contraponerlo a la extraordinaria búsqueda del saber de Hipatia y a su bello mundo interior de tolerancia y majestad intelectual.

El espectador más benévolo y dedicado sale del cine con ganas de más, y con una sensación agridulce. Ha asistido a algunas imágenes muy bellas, sobre todo de la ciudad desde el cielo (aunque a veces estos parones en el metraje no se justifiquen demasiado), y de Hipatia en un tono contemplativo, pero esto queda enturbiado por una sucesión de frenéticas persecuciones y matanzas, y de personajes planos y enloquecidos. A Hipatia la perdemos de vista durante el tiempo suficiente para que no genere empatía en el espectador, y por eso la carga trágica de su horrible muerte no es tanta como debiera.

Asimismo, y aunque sea lo menos importante, los filósofos y teólogos retratados no son más que meras caricaturas de un juego de fanatismo y estupidez, y esto hace que la sensación generada sea la de alejamiento y casi indiferencia. Da la impresión general de que hace falta mayor intriga, mayor complejidad y grandeza de los personajes, mayor profundidad... No sé, hace falta que el elemento humano parezca creíble, y esto, desde mi punto de vista, no se consigue.

El resultado es pobre. Da la incómoda impresión de que podría haberse hecho una mejor película con semejante idea, y no desde el punto de vista histórico (repito: eso a mí me da lo mismo), sino desde el punto de vista humano. Un mejor guión y una mayor carga creativa hubieran desembocado en algo más interesante y eficaz.

No obstante, y a pesar de lo dicho, sigo creyendo que Ágora es una película valiente, ejecutada por una persona de talento y sensibilidad. Es sólo que quizás su fantástica idea está representada de una forma poco pensada, muy imprecisa; casi parece que no ha disfrutado en su elaboración. En fin, que a pesar de todo la recomiendo, porque no está el cine actual para ponerse espléndidos, y además la historia bien lo merece.