viernes, 30 de diciembre de 2016

Paracelsos españoles (SHJ VI, 2)

“Católico fue tambien Paracelso, pues aunque su audaz ingenio le hizo caer en algunos errores, no fue Herege; porque la faltó la pertinacia, y asi como Católico fue enterrado en la Iglesia de S. Sebastian de la Villa de Salisburgo, donde está decorado su sepulcro con tan glorioso epitafio, que hasta aora ningun Medico Hippocratico, ó Galenico le logró tan Ilustre”.
Benito Jerónimo Feijoo, Ilustracion apologetica al primero y segundo tomo del Teatro critico..., por Miguel Escribano, 1773.

He aquí un nuevo número académico de Studia Hermetica Journal, escrito íntegramente por el Dr. Miguel López Pérez, a quien debo agradecer, una vez más, su generosidad y buen hacer y, sobre todo, los cuatro excelentes artículos que aquí presentamos. La historia del paracelsismo español, una terra ignota hasta hace no tanto tiempo, encontrará un antes y un después en este sexto volumen de esta nuestra aún joven revista.



Paracelsus, una figura enigmática, sumida en la bruma del ocultismo desde el Siglo de las Luces, a quien los aficionados al esoterismo recurren para justificar pseudociencias y galimatías; citado hasta la saciedad por literatos y cineastas… y también por académicos amparados tras la rosa luterana. Y sin embargo es conocido en profundidad por unos pocos escogidos, con Carlos Gilly, Joachim Telle y Didier Kahn a la cabeza. Pero, ¿quién fue en realidad Paracelso? Una rápida búsqueda en la red nos brinda, como suele ser habitual, numerosos equívocos, pistas falsas y medias verdades, por lo que se hace indispensable que busquemos mejor y más profundamente.

Tenga en cuenta que el hermetismo que usted conoce o cree conocer, no es más que el fruto marchito de sucesivas polémicas mantenidas en el seno del ámbito académico centroeuropeo. Pero de este acalorado debate religioso y filosófico, emergería un solo ganador: la ciencia moderna, que se iría arrastrando muy lentamente hasta su estrellato decimonónico. Podríamos decir, con una intención estrictamente divulgativa, que en este debate se enfrentaron la ortodoxia abstrusa derivada del aristotelismo académico, las autoridades luteranas y calvinistas, la Contrarreforma católica y nuestros filósofos hermético-platónicos, defensores de una visión del mundo caracterizada, en general, por los siguientes elementos: 1. Una metafísica o teodicea gnóstico-platónica. 2. Una imagen del hombre como centrum mundi[1]. 3. Una actitud favorable a la intervención humana sobre la naturaleza, si bien ejercida a través de las famosas “ciencias ocultas”, la astrología, la magia y la alquimia.

Pero quítese la venda de los ojos, amigo lector, porque la realidad fue muchísimo más extraña, compleja y apasionante. Cada autor vio en el hermetismo, la magia o la alquimia lo que quiso ver, y las controversias en el seno de cada facción fueron feroces. De hecho, nuestras regias artes fueron con frecuencia llevadas a cabo por vividores y golfos de toda condición, y por ese motivo, cuando algunos de mis colegas tratan de meter en el mismo saco a santurrones alucinados, apasionados filósofos, apóstatas recalcitrantes y cicateros estafadores, no puedo evitar sonreírme. Como bien escribe el Dr. Miguel López Pérez: “Si ya resultaría muy interesante poder contar con una definición certera de la Alquimia y poder ofrecerla, a nosotros se nos antoja aún más interesante conocer qué era lo que las personas de esos siglos pensaban sobre ella”[2]. Sólo puedo aplaudir su punto de partida, porque así es como se logran los mayores descubrimientos en este oficio. Sí, es indudable que el espíritu de cada época determina el modo de proceder de sus actores, pero éstos confieren distintos significados a aquello que leen y escriben.

A este respecto recomendaría, por esclarecedor, la lectura del capítulo 6 del estudio sobre el humanista Bernardino Gómez Miedes que hoy presentamos, dedicado a la recepción de las doctrinas de Paracelso en Europa. Y para la recreación completa y a todo color de uno de esos “escenarios complejos” que tratamos de poner sobre la mesa, obsérvese el siguiente cuadro extraído del tercer artículo del volumen sexto que hoy nos ocupa, “Los hijos de Paracelso”:



En palabras del propio Dr. Miguel López (“El humanista Bernardino Gómez Miedes…”, p. 50):

“En realidad, el gran logro de Paracelso fue el ver este problema, el de la disfunción entre Aristóteles y la realidad de la experiencia. Es por ello por lo que él creó un nuevo lenguaje donde, por medio de la experiencia no se podían aceptar los dogmas de Galeno como verdaderos. El purismo extremo de Valla y su defensa del vulgaris sermo no esconde otra cosa que la fase de un proceso que se acrecentará en el siglo XVI y provocará una crisis epistemológica extensiva a la Universidad por medio de la Filosofía”.

Johann Arndt (1555-1621), Alexander von Suchten (ca.1520-1575), Giordano Bruno (1548-1600), Heinrich Khunrath (ca.1560-1605), Gerhard Dorn (ca.1530-1584), Cesare della Riviera (d. ca. 1615), Petrus Severinus (1542-1602) y, por supuesto, Theophrastus Bombastus von Hohenheim (1493-1541), más conocido como Paracelso, hablaron de “leer con las manos” en el gran libro de la naturaleza[3]. Así, de acuerdo con cierta visión romántica, todos habrían sido héroes de la humana sapienza, los verdaderos sabios capaces de acceder al santuario del alma de la madre naturaleza, de conocerla y alterarla mediante las ciencias ocultas. Aun con todo, este esquema de pensamiento encaja mucho mejor en el Paracelsian revival (es decir, en la actualización y reinterpretación que llevaron a cabo los seguidores de la obra de Paracelso tras su muerte) que en humanistas “clásicos”, como lo fue el médico suizo. El Arbatel. De Magia veterum (Wesel: Andreas Luppius, 1686), confirma la divinización del viejo maestro, con un aforismo tan bello como explicativo: “HERMES TRISMEGISTUS EST SECRETORUM PATER CUM THEOPHRASTO PARACELSO et in se omnes vires habent secretorum”[4].

En mi cabeza resuenan aún las palabras del Dr. Carlos Gilly (y estoy parafraseando): 

“La ciencia moderna fue el fruto de la experimentación de las grandes personalidades que la hicieron posible, pero sin el ataque continuado y organizado que el hermetismo ejerció contra la ortodoxia aristotélica y las autoridades eclesiásticas, el camino hacia ella hubiera sido aún más costoso”[5]

Y sin quitarle la razón, no es menos cierto lo que el especialista en paracelsismo hispánico, el Dr. Miguel López, sostiene en dos de los cuatro artículos publicados en este sexto volumen de SHJ: Paracelso es, en buena medida, un mito historiográfico defendido por sus supuestos continuadores; porque es innegable que el “Lutero de los médicos”[6] o el “Trismegisto germánico”, como se le llegó a conocer, fue mediatizado y utilizado como arma arrojadiza durante las décadas posteriores a su muerte y, afrontémoslo, algunas de sus doctrinas (e incluso obras) no son más que adiciones y reinterpretaciones posteriores, de ahí la dificultad de su estudio.

Sin embargo, lo que hoy tenemos entre manos no son ni Paracelso ni el paracelsismo en sí mismos, sino por qué sus doctrinas no fueron, al parecer, difundidas en el Imperio hispánico. Considerando que en la revista Azogue se ha tratado de dilucidar esta cuestión desde 2001, y que tanto la Dra. Mar Rey como el Dr. Miguel López llevan trabajando en ello desde hace bastantes años, me resta hacer una pequeña introducción a los dos primeros artículos —aquellos que abordan directamente la cuestión—, de los cuatro que integran esta inusualmente voluminosa entrega de SHJ.

“Paracelso en España”




Este artículo del Dr. Miguel López Pérez supone la versión completa (y en castellano) de su anterior artículo “Spanish Paracelsus Revisited and Decontaminated”. Sus tesis son las siguientes:

1. Paracelso, en su dimensión médico química, no fue censurado jamás en España, e incluso llegó a ser defendido por autores como Gaspar Bravo de Sobremonte, Jerónimo de la Fuente y Piérola[7], Benito Feijoo, Guillén Pierres o Diego Torres de Villarroel[8].

2. Paracelso resultó “innecesario” en un Imperio hispánico inspirado por una tradición médico-química y alquímica que descendía de figuras como Arnau de Vilanova, Rupescissa y el pseudo-Ramón Llull[9]. Así, afirmar la radical novedad de la medicina paracelsista, supone ignorar la tradición alquímica medieval española, que ya hacía uso de técnicas como la destilación y la elaboración de medicamentos, entre otras[10].

3. El Imperio “tenebroso” de ortodoxia y represión política y religiosa perpetrado por Felipe II, no fue tal: el Princeps Hispaniarum alentaría la ciencia como parte de su agenda de modernización renacentista. Como bien afirma el Dr. López Pérez: “la persecución religiosa española provocó menos muertes que la de cualquier otro país europeo, la religión católica estuvo prohibida en Inglaterra durante más de un siglo y Enrique VIII mató a más católicos que la Inquisición de España, Italia y Alemania juntas”[11].

4. Los libros de alquimia y filosofía natural eran, al contrario de lo que se piensa, muy comunes en las bibliotecas capitulares (y universitarias)[12].

5. Paracelso murió católico; fueron los médicos y teólogos protestantes quienes, décadas después, mediante un ejercicio de sincretismo religioso, adhirieron y reinterpretaron la magna obra del médico suizo, acercándola a las posturas hermético-platónicas del periodo[13].


“El humanista Bernardino Gómez Miedes (ca. 1515-1589) y la alquimia”




En este interesantísimo artículo, se nos introduce en la figura del primer crítico antiparacelsista español, Bernardino Gómez Miedes, de quien destacamos, cómo no, su visión sobre la alquimia practicada en el periodo[14]:

“-2-18,1 Este arte, no obstante, aunque sea cierto en gran parte, sin embargo parece que en una proporción mayor se mueve en torno a la duda y la incertidumbre. En sus mismos resultados no sólo suele vacilar (lo cual diría con su permiso), sino también excavar galerías subterráneas, por así decirlo, por donde se desvanece y desaparece hasta burlarse al final de los propios artífices merecidamente y con razón, porque éstos intentan en su necedad no sólo emular a la Naturaleza, sino también ponerse a su nivel y casi superarla”.

Asimismo destacamos sus comentarios acerca de la sal, el húmedo radical y el calor innato”[15], así como las explicaciones que ofrece el Dr. López Pérez acerca del neumatismo[16], esenciales para nuestra comprensión de tales doctrinas médicas. De la misma manera, se hace indispensable conocer las opiniones de reputados médicos acerca de la confección del famoso “oro potable”[17] y la “quintaesencia”[18].

Especial referencia nos merecen también los relatos de fraudes y falsos alquimistas:

“El mundo está lleno de falsos alquimistas. A los señores, los gentilhombres, los mercaderes y las gentes de baja clase, les prometen enriquecerles en poco tiempo, enseñarles los medios de congelar el mercurio, de cambiar el plomo, el estaño, el hierro, el mercurio en plata u oro”[19].

Es en las continuas referencias a textos poco o nada conocidos donde podemos comprobar la extraordinaria valía académica de este nuevo artículo, de cuyo adelanto pudimos disfrutar meses atrás, en lo que respecta al apartado dedicado a “los charlatanes”[20].


Gaspar Bravo de Sobremonte  (1603-1683)


"Los hijos de Paracelso” 






Angelo D’Ainot. El falsario alquimista que quiso trabajar para Felipe II”




La Historia es, con frecuencia, un conjunto de relatos que nos solemos brindar los seres humanos con el espurio propósito de justificarnos, sanar dolorosas heridas o retratarnos… y no como realmente fuimos, claro, sino como nos gustaría haber sido. Un epitafio académico en el que reposar nuestra conciencia y dormir el sueño de los justos. Hablo, claro está, de la imagen que del Imperio español se tuvo (y retuvo) en los países anglosajones. Me hago eco también de la leyenda negra que pende sobre nuestra Historia, alimentada durante siglos por la habitual desidia académica del ámbito hispanohablante. Sí, ha leído bien, estimado lector, porque si a alguien hay que responsabilizar de la decadencia de nuestro ámbito, es a nosotros mismos. Todos los imperios tuvieron detractores y enemigos, pero rara vez se ha visto que la población de tales imperios se haya contaminado por la hábil contrapropaganda difundida por sus oponentes. De todos modos, si los reinos peninsulares embarrancaron al alba de la modernidad, fue debido al modo natural en que se conduce la Historia desde siempre, pero ¿y qué hay de la pervivencia de las culturas hispánica y portuguesa? El legado de dos siglos de influencia y dominación que los reinos de la península ibérica ejercieron sobre el resto del orbe, se traduce en la actualidad en casi quinientos millones de hablantes de español y más de doscientos millones de hablantes de portugués. Ya va siendo hora de que nuestra voz resuene en consonancia con nuestra verdadera fuerza.


Brevísima relación de la destruyción de las Indias.  Jean Théodore y Jean Isräel de Bry (Fráncfort, 1598)

Como conclusión, permítame quedarme con la reflexión de la Dra. Mar Rey (quien, por cierto, prologa este nuevo número) recordando una reveladora conversación que mantuvo con José Rodríguez Guerrero[21]:

 “Olvidamos que, si no abrimos nuestro objetivo, dejamos a oscuras determinadas parcelas que resultan imprescindibles para tener una visión global del período. Cuando comenté esta cita con José Rodríguez Guerrero hizo una reflexión que, desde entonces, me ha dado mucho que pensar: los españoles de la Edad Moderna tenían los ojos vueltos hacia América, de donde venían novedades un día sí y otro también, de ahí que muchas de las acaloradas disputas observadas en otros puntos neurálgicos de Europa apenas si tuvieran repercusión en la Península”.

El Imperio hispánico fue un titán con vocación atlántica, poderoso e imbatible durante siglos; nostálgico del esplendor romano que sucumbiría impávido al cambio de era. 


El Furor de las Águilas (Sala 1), Leone y Pompeo Leoni, Carlos V y el Furor, MNP, Águila Real, MNCN – CSIC, Foto: Pedro Albornoz/Museo Nacional del Prado


¿Saben con qué me quedo? Con el futuro de nuestra cultura adormecida y con el enorme potencial de todo un continente, el americano, que aún se comunica y comprende el mundo en español y portugués. A esa América dedicamos este número.





[1] Carlos Gilly, “Il Dibattito Intorno a Paracelso in Basilea”, Azogue 7, p. 263: "Oggetto di questa reazione era in particolare l’idea che l’uomo, in quanto microcosmo, potesse penetrare e comprendere la Natura o macrocosmo, fino ad interpretarne il corso, correggerlo o, addirittura, ripristinarlo per mezzo del suo spirito (corpus sydereum per Ficino, corpo astrale–luce della Natura dentro l’uomo per Paracelso, spirito di Dio dentro l’uomo per Suchten, oppure attraverso l’esperienza di uno spirito planetario esterno come insegna l’Arbatel). Era questa in sostanza l’immagine neoplatonica e magica del mondo che serviva da cornice teorica alla ricerca sperimentale di Paracelso”.
[2]“El humanista Bernardino Gómez Miedes…”, p. 58.
[3] Magia, alchimia, scienza dal '400 al '700…, vol. II, p. 103.
[4]  “Il Dibattito Intorno a Paracelso in Basilea” (Azogue), Carlos Gilly, 263: “Tutto ciò secondo un ben preciso piano di rinnovamento: una nuova riflessione critica su religione e scienza alla luce della vera magia degli antichi, e cioè del raccordo tra la tradizione ermetica e la scienza sperimentale di Paracelso: “Hermes Trismegistus est secretorum pater cum Theophrasto Paracelso, et in se omnes habent vires secretorum”, come si legge nell’aforisma XXVI dell’Arbatel”.
[5] Durante su conferencia en el curso de postgrado “Las Máscaras del Mago II” (2012), Universidad de Granada.
[6] Carlos Gilly, "Zwinger e Paracelso” (Azogue 7), p. 307: “Se Paracelso si meriti il soprannome di “Lutherus medicorum”? Assolutamente no. Piuttosto quello dell’eresiarca Ario! O meglio ancora: se non quello di Tessalo da Tralle, certo quello di Tessalo da Einsiedeln”.
[7] Cfr. “Paracelso en España”, p. 20.
[8] Ibid., p. 21.
[9] Ibid., pp. 13-15.
[10] Ibid., pp. 13 y 15 y ss. Cfr, también, pp. 16-17: “No fue el primero prácticamente en nada. El sistema galénico ya estaba desprestigiado, el uso de la destilación, tanto para la Farmacia como en Alquimia era algo mucho anterior a él y el uso de metales y minerales también".
[11] Ibid., p. 5.
[12] Ibid., p. 10. Cfr. también p. 6: "...los libros expurgados, no prohibidos, impresos del siglo XVI sobre ciencia eran el 7.6 %, y un 7 % los del periodo 1684-1785, y si tomamos los años en que se abrieron más causas contra los protestantes, entre 1551 y 1580, en la Inquisición de Toledo, el porcentaje también fue el 7,3 %. Y, finalmente, Felipe II no sólo no prohibió la ciencia, sino que la alentó siempre”.
[13] Ibid., p. 10: “De esta manera, y mediante un doble proceso de prohibición católica y sincretismo protestante, el paracelsismo, que no había nacido católico ni protestante, fue transformándose en una herejía protestante”.
[14] “El humanista Bernardino Gómez Miedes…”, p. 60.
[15] Ibid., pp. 36-37.
[16] Ibid., pp. 37-40.
[17] Ibid., pp. 41-44.
[18] Ibid., p. 47.
[19] Ibid., p. 28 y nota ad loc.
[20] Ibid., pp. 33-36.
[21] Presentación de Mar Rey a Azogue, 7, p. 5.

martes, 8 de noviembre de 2016

Doceo, docui, doctum: en defensa del maestro

Museo Arqueológico de Nápoles © Hans Ollermann: https://www.flickr.com/photos/menesje/2931668285

Ser padre es, con mucho, la actividad más tortuosa y compleja a la que debe enfrentarse el ser humano, y por eso debo confesarle, amigo lector, que no sé si seré capaz de estar a la altura. Soy un tipo impaciente, seco, malencarado, arrogante y volcánico. Pero sé de muchos que de tanto alardear de ser superpapás, han acabado por hacer el ridículo.

Hoy toca hacer examen de conciencia, comenzando desde el principio: ese pequeñuelo nuestro traerá consigo una enigmática realidad que no podemos prever ni controlar, pese a nuestros vanos esfuerzos. En ese misterioso ser que concebimos o adoptamos, depositaremos nuestras esperanzas presentes y sueños rotos, tratando de determinar el rumbo de su conciencia en ciernes; de nosotros y del futuro carácter del nasciturus dependerá que nuestro empeño obtenga un fruto dulce o amargo. Puede que nuestra esperanza embarranque en la tiranía del “tú debes” (hacer, no hacer, trabajar o estudiar), o puede que si disponemos del talento, las ganas y la fortuna necesarias, nuestro retoño consiga convertirse en una persona digna, valiente, fuerte y educada. ¿O acaso nos da igual eso?

Para la burguesía posmoderna la finalidad de la educación no radica en las habilidades y características que desarrollará el jovenzuelo, sino en el estatus socio-económico que adquirirá durante su vida adulta. Así, la progenie de las clases media-altas y altas debería reunir ciertos requisitos: una educación universitaria cum laude que le permita acceder a un mercado laboral especializado y que le garantice el acceso a un nivel económico netamente superior al de las subclases obreras —perezosas y rudas por naturaleza—; mantenerse en forma haciendo ejercicio y comer sano, y por último pero no menos importante, procurarse una esfera social adecuada a su susodicha grada social. La perfección, o sea.

Huelga decir que la prole de semejante despropósito neoburgués adquirirá un ego inflado, de esos que se lo merecen todo por el mero hecho de haber nacido, así como un ánimo lánguido y una petulancia cortados por ese mismo patrón que guía la permisividad de sus papás. Recuerdo una ocasión en que la esquizofrénica mamá de un retoño al que tutorizaba me aseguró que su vástago debía ir a la universidad “porque su familia siempre había ido a la universidad”. Como es natural, la estrecha conciencia de mami no podía tolerar que su retoño quedara al margen de su orbe social. ¿Qué diría a sus amistades y familiares si su hijo no estaba a la altura?, ¿que sería un fracasado condenado a desempeñar trabajos de baja estofa durante el resto de su vida? Nada, nada: si su retoño no era capaz de concentrarse, estudiar, escribir, calcular, leer, comprender, representar, pensar y crear, se debía a que los profesores, incapaces de empatizar con su natural timidez, no alcanzaban a penetrar en su prístina alma. Pobrecito.

Obviamente, aquí no hablamos de educar a personas que sean, sino que aparenten ser. A los papis no les interesa tanto que su hijo adquiera conocimientos y habilidades concretos, como que se posicione como Dios manda en el escalafón; y si para ello deben amargar u hostigar al profesor de turno, sea. Da lo mismo que mi Vanesita y mi Luisito no sepan hacer la o con un canuto, porque por mis cojones u ovarios que aprobarán e irán a la universidad… En mi memoria se agolpan docenas de historias de madres y padres revoltosos, criticones, protestones, maleducados, ignorantes y bajunos, cuyos retoños constituyen una fiel copia de ellos mismos; y los maestros deben vérselas diariamente con estultos de semejante catadura moral, no conviene olvidarlo; unos maestros asfixiados por un sistema hiperburocratizado y kafkiano, al socaire de reformas reformadas, enclavados en una guerra fronteriza que ya nadie recuerda. Siempre ha sido así, claro, pero en los últimos años nuestros educadores están perdiendo un arma fundamental: su autoridad.

La última polémica educativa radica en la siguiente estupidez: ¿deberes sí o deberes no? Y heme aquí, amigo lector, haciendo un ejercicio de contención para evitar proferir los epítetos que a mi perverso magín acuden prestos. ¡Mírelas bien! Cientos de familias burquesas ocupan las calles para forzar a esos sucios profesores a que respeten el ocio de sus hijos, ahogados en la vorágine y el estrés que supone elaborar inútiles comentarios de texto, leer libros (¡horror!), realizar ininteligibles operaciones matemáticas y confeccionar proyectos de investigación escasamente creativos.

Mi infancia, como la de muchos otros compañeros de generación, fue mucho más sencilla: estudiábamos u holgazaneábamos, ergo aprobábamos o suspendíamos, jugábamos (en la calle o en casa), imaginábamos… y hacíamos deberes. A mis padres ni se les pasaba por la cabeza cuestionar la autoridad de mis profesores, hasta el punto de que cuando un zagal metía la pata en la escuela (por ejemplo, llamando “hijoputa” al maestro), se le aplicaba un cachetón correctivo y después sus padres corroboraban la adecuada reacción con otro aún más contundente. Sí, sí, como lo oye, amigo lector: se le daba una hostia al niño, es decir, se aplicaba en el pequeñuelo un arranque de violencia controlada cuyo mensaje rezaba tal que así: “existe una esfera exterior, ajena y superior a ti, y si te portas como un tonto sufrirás las consecuencias”. Pero en los míseros y prefabricados tiempos que corren cualquier ataque al individuo (particularmente a nuestros impolutos, honestos y educados retoños), se considera intolerable, impropio, terrible e injusto. ¡Cómo osan, esos zarrapastrosos profesores!… El mundo al revés: ahora son los papás los que acuden raudos a demandar explicaciones al profesorado ante cualquier atentado contra su prole: ¿por qué mi hijo ha suspendido, si estudia un montón?, ¿por qué se le castiga, si me ha dicho a mí que se porta requetebién?, ¿por qué no le pasáis de curso, si él o ella se lo merece?

Normalmente no personalizo mis invectivas, pero esta vez haré una excepción: la CEAPA, la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado, se ha portado como una asociación integrada por imbéciles[1], ignorantes[2] e incultos[3] papás, dispuestos a desproveer a los maestros de la poca autoridad de la que aún gozan. Y yo, que no soy educador, me permito la osadía de enunciar lo que pienso sin restricciones. De cara a la pared pondría yo a esos protopijos posmodernos. Y con orejas de burro. Que conste que no estoy de acuerdo con que nuestros amiguitos sean aplastados con una carga de deberes excesiva durante la Educación Secundaria Obligatoria (que no en el Bachillerato, donde creo que la dedicación al estudio debería empezar a ser más seria y continuada), pero no se trata de eso, sino de defender un principio elemental: el respeto a la autoridad, a aquellos que saben más que tú y que se afanan día a día en formarse y formar a otros (también en la ética del esfuerzo). Desconociendo este venerable y vetusto principio, acabaremos educando a monstruitos irresponsables e inconscientes de sí mismos, de sus carencias y defectos. Nuestros hijos no son perfectos ni lo serán nunca, y en buena lógica deben ser aleccionados y guiados en un mundo del que ignoran prácticamente todo.

Ya basta de que madres y padres se entrometan en el trabajo de los profesores, incluso en el caso hipotético de que sus hijos hayan sido objeto de una injusticia real. La vida es dura, señoras y señores: yo lo he tenido que sufrir innumerables veces en mis propias carnes. Papi y mami no estarán siempre ahí para defendernos, así que debemos apechugar y seguir adelante. En nuestro camino nos toparemos con profesores buenos y malos: falsos e hipócritas que ignoran a sus pupilos e incompetentes que les amargan la vida, pero también excelentes profesionales que les iluminan. En cualquier caso, unos y otros aportan su particular granito de arena en el desarrollo vital del retoño.

Enumera el ridículo cartel de la CEAPA algunas actividades alternativas: hablar de derechos y obligaciones o de violencia de género, preparar una nueva receta de cocina o tomar una decisión familiar juntos… En fin, semejante cúmulo de despropósitos ha llevado a la comunidad educativa a expresarse con vehemencia, asemejándose a los trescientos espartanos que defendieron el angosto paso de las Termópilas frente a una grey de bárbaros y esclavos. Bien, permítanme que me una a la lucha.

En efecto, el sistema educativo debe evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos; y si se me pregunta en qué dirección, recomendaría algunas interesantes charlas de los ponentes de TED, que denuncian las carencias, incoherencias y paradojas del mismo, anquilosado aún en un obtuso esquema dictado por la revolución industrial decimonónica: los ingenieros y científicos son superiores a los artistas, humanistas y deportistas de toda condición, y lo importante no es tanto la interiorización de la capacidad aprendida, como el hecho de alcanzar un aprobado aritmético que les permita acceder a un mercado laboral mecánico y desalmado. ¿Y qué podríamos hacer para cambiar las cosas? Pues podríamos empezar por ensanchar los estrechos ámbitos de la escuela, acercándola a la realidad de la vida diaria: a los museos y la universidad, al gran abanico de deportes que existe (hay vida más allá del fútbol), a los conservatorios y al tejido empresarial. Pero para ello tendríamos que involucrar a muchos más profesionales, ampliando generosamente el presupuesto en educación… Ya puedo ver a esos políticos semianalfabetos mirando hacia otro lado, silbando.

Esto decía Fátima Javier, una educadora, en una red social:

“Hagan huelga, por favor, para que de una vez por todas se prohíba que cada partido político que alcanza el poder cambie de sistema educativo y vuelva loco a docentes y alumnos. Hagan huelga, les ruego, para que en este país nuestro tan extravagante suban el PIB del 4% al 8 %, que es lo que hacen en los países nórdicos como Finlandia, pues invertir dinero es hacerlo en calidad educativa. Hagan huelga, les pido, para que se cubran las bajas de los maestros cuando nos ponemos enfermos y así no haya que repartir alumnos/as por todas las clases, con la sobrecarga educativa que eso supone. Hagan huelga, les suplico, para que las aulas estén dotadas de material tecnológico adecuado, pues de cada diez sólo dos disponen de pizarras digitales y (oh) maravillas tecnológicas que usamos en las casas con naturalidad, como ordenadores y tablets. La pizarra verde y la tiza tiene una estética romántica adorable, pero queda obsoleta en relación a cómo avanza nuestro mundo. Hagan huelga, les reclamo, para que en las clases de lugares como Andalucía no se asen de calor los niños y niñas, pues muchas aulas no disponen de aire acondicionado y lo pasan realmente mal. Hagan huelga, les solicito, para que la ratio, que es la relación numérica entre alumnos/as y profesor/a, sea de quince niños y no de veinticinco y que se instaure de manera eficaz la figura del maestro de apoyo, tan necesaria para el avance del alumnado con dificultad. Y si hacen huelga por todo eso, entonces para mí tendrá sentido lo de los deberes y podré reconciliarme con la idea de que el maestro en España es valorado”.

A todos se nos llena la boca con términos como “creatividad”, ¿pero acaso no es hipocresía lo que motiva este vacuo terminismo? Afrontémoslo: nuestros hijos no tienen por qué ser Cezannes, Einsteins, Bécquers o Prousts. Y hablo exclusivamente del campo de las Humanidades, en el que dispongo de cierto criterio. Decía que su hijo no tiene por qué ser un genio creativo, ni falta que le hace; antes al contrario, lo que corresponde a su tierna edad es que colme esa alma suya en ciernes con conocimientos y experiencias, y que, de paso, desarrolle sus capacidades básicas; me refiero, por sólo citar algunos ejemplos, a la memoria, el cálculo, la concentración, la comprensión lectora, la caligrafía, la ortografía, el deporte y las técnicas artísticas. Para llevar a buen puerto este objetivo se me ocurren muy pocas cosas: que lea mucho, que escriba mucho, que practique mucho y que indague mucho (por su cuenta y bajo la atenta mirada de sus maestros). La creatividad literaria, filosófica o artística, debe promoverse, qué duda cabe, pero me temo que la personita en cuestión debe adquirir primero una base técnica (que no erudita) suficiente, lo mismo que bagaje. Sólo un genio literario y filosófico sería capaz de generar una obra maestra antes de los veinticinco años. Las Humanidades necesitan de un despliegue intelectual y anímico tal, que mejor será que nos olvidemos de depositar nuestras esperanzas en engendrar un Gabriel García Márquez; la floración de semejantes portentos corresponde en exclusiva al misterio de la naturaleza. Su hijo o hija, estimado lector, debe afanarse en aprender y divertirse.

En relación a la rama de Humanidades en el Bachillerato, me temo que no gozamos de un futuro halagüeño. España es un país que desprecia a sus académicos y artistas por el mero hecho de serlo, y por si fuera poco, nuestros humanistas están siendo educados en centros universitarios escasamente dotados y especializados. Al Bachillerato de Humanidades acuden los desahuciados, los desmotivados, los desordenados, los desperezados y los despistados. Ante un cuadro, bostezan; ante una obra literaria, dejan caer los párpados; y sobre una obra filosófica, duermen plácidamente. A raíz de estas cándidas reacciones, los maestros suelen torturarse en la intimidad del hogar: ¿será mi culpa?, ¿valdré para esto?, ¿qué podría hacer para motivarles? La única respuesta que me viene a la mente es seguid ahí, dando guerra. Expandiendo las estrechas fronteras de esos cenutrios en miniatura. Los humanistas por vocación somos muy pocos; el resto se encontró con la filología, la filosofía o el arte por aburrimiento o debido a su natural carencia de solidez intelectual (al fin y al cabo, se les venden unas ciencias humanas caricaturizadas, desprovistas de su verdadera grandeza y complejidad). Al amparo de polvorientos departamentos universitarios y empresas culturetas del todo a cien vagabundean los que sobrevivieron a la quema; meros empollones de once sobre diez que supieron ocultar sus defectos con una memoria devora-apuntes, afanados en torcer el futuro de todos aquellos que realmente albergan una vocación por las letras y las artes. Pero esa es otra batalla en la que prometo mantenerme firme; en otra ocasión hablaré de ella.

En cuanto al uso de las nuevas tecnologías en las aulas, me aparto del discurso de la mencionada pedagoga. Pero antes de continuar, permítame algunos apuntes previos: tengo un ordenador en las manos desde principios de los años noventa y he asistido a la anábasis informática desde el origen de su propagación masiva; confié en Internet para desarrollar mis proyectos académicos, y uno de mis primeros sueldos fue invertido en un pretérito ordenador portátil. Manejo miles de fuentes digitales y mi base de datos académica se lleva un buen número de gigabytes. Permanezco atento a las plataformas virtuales, las redes sociales, los videojuegos y los metaversos. Y actualmente trabajo en la integración de las nuevas tecnologías en el sector editorial. Y a pesar de todo, amigo lector, dudo de que a una personita de doce, trece o catorce años, le sirva de mucho que le regalen un bólido cuando aún no sabe manejar una bicicleta. Lo que corresponde a los niños es aprender a utilizar sus manos para abrir y cerrar libros, garabatear papeles y perderse en museos, bibliotecas, monumentos y escenarios varios. Deben sentir el ámbito que les rodea, y una vez hayan experimentado con sus propios miembros toda esa sucia materia prima, entonces y sólo entonces, deberían elevar su nivel de abstracción y empezar a manejar tabletas y ordenadores para el desarrollo de sus actividades académicas. Con esto no digo que los niños deban abstenerse de utilizar las nuevas tecnologías a diario, pero en lo que a la escuela se refiere, y por mi propia experiencia pedagógica con adolescentes, puedo afirmar que no les está siendo útil por razones que todo el mundo puede comprender: para editar textos y materiales audiovisuales, una persona debe gozar de unos conocimientos informáticos previos (si se quiere trabajar rápida y eficazmente, pilares básicos de la computación cuya inobservancia invalidaría la aplicación misma de la tecnología), conocimientos que, en general, no se les están brindando en el ámbito educativo, afanado en aplicar porque sí las mencionadas modernuras. Además, el aprendiz debería poseer una experiencia previa con el soporte papel: márgenes, tamaños de letra, párrafos, estilo, textura, pulso, ritmo… Una vez superada esta etapa será capaz de valorar y utilizar correctamente los aparatos digitales. Esa legión de estudiantes de Secundaria analfabetos frente a frías pantallas digitales no constituye un espectáculo edificante.

Una generación de pésimos padres está ahogando el futuro de sus hijos con una constante e insoportable injerencia en su vida social y privada; nosotros, los cachorros de los años setenta y ochenta, lo mismo que las generaciones anteriores, jugábamos durante horas y horas con nuestros coleguillas (sí, a pesar de la horrible carga de deberes con la que nos torturaban); ahora los zagales agotan sus existencias en interminables actividades extraescolares, ¡no vaya a ser que molesten en exceso a sus progenitores! Mi carcajada, en fin, es análoga a la del espartiata Pausanias (Historia, IX, 82) cuando se mofaba de la suntuosidad y ostentosidad persas, en contraste con la vencedora austeridad lacedemonia. A nuestros hijos no les vendría mal un baño de humildad, sufrimiento y escasez para mejorar. La abundancia, como bien reflexionaba el bueno de Heródoto por boca de atenienses y espartanos, no produce sino egos leves y capacidades creativas mermadas. De hecho, nada me haría más feliz que alguno de esos países que con intolerable arrogancia tachamos de “tercermundistas”, tomara el relevo de nuestra hegemonía cultural. Nos lo mereceríamos.

De nuevo, gracias por su atención, amigo lector.





[1] adj. Tonto o falto de inteligencia. 
[2] adj. Que carece de cultura o conocimientos. 
[3] adj. Dicho de una persona, de un pueblo o de una nación: De modales rústicos y groseros o de corta instrucción.