viernes, 30 de diciembre de 2016

Paracelsos españoles (SHJ VI, 2)

“Católico fue tambien Paracelso, pues aunque su audaz ingenio le hizo caer en algunos errores, no fue Herege; porque la faltó la pertinacia, y asi como Católico fue enterrado en la Iglesia de S. Sebastian de la Villa de Salisburgo, donde está decorado su sepulcro con tan glorioso epitafio, que hasta aora ningun Medico Hippocratico, ó Galenico le logró tan Ilustre”.
Benito Jerónimo Feijoo, Ilustracion apologetica al primero y segundo tomo del Teatro critico..., por Miguel Escribano, 1773.

He aquí un nuevo número académico de Studia Hermetica Journal, escrito íntegramente por el Dr. Miguel López Pérez, a quien debo agradecer, una vez más, su generosidad y buen hacer y, sobre todo, los cuatro excelentes artículos que aquí presentamos. La historia del paracelsismo español, una terra ignota hasta hace no tanto tiempo, encontrará un antes y un después en este sexto volumen de esta nuestra aún joven revista.



Paracelsus, una figura enigmática, sumida en la bruma del ocultismo desde el Siglo de las Luces, a quien los aficionados al esoterismo recurren para justificar pseudociencias y galimatías; citado hasta la saciedad por literatos y cineastas… y también por académicos amparados tras la rosa luterana. Y sin embargo es conocido en profundidad por unos pocos escogidos, con Carlos Gilly, Joachim Telle y Didier Kahn a la cabeza. Pero, ¿quién fue en realidad Paracelso? Una rápida búsqueda en la red nos brinda, como suele ser habitual, numerosos equívocos, pistas falsas y medias verdades, por lo que se hace indispensable que busquemos mejor y más profundamente.

Tenga en cuenta que el hermetismo que usted conoce o cree conocer, no es más que el fruto marchito de sucesivas polémicas mantenidas en el seno del ámbito académico centroeuropeo. Pero de este acalorado debate religioso y filosófico, emergería un solo ganador: la ciencia moderna, que se iría arrastrando muy lentamente hasta su estrellato decimonónico. Podríamos decir, con una intención estrictamente divulgativa, que en este debate se enfrentaron la ortodoxia abstrusa derivada del aristotelismo académico, las autoridades luteranas y calvinistas, la Contrarreforma católica y nuestros filósofos hermético-platónicos, defensores de una visión del mundo caracterizada, en general, por los siguientes elementos: 1. Una metafísica o teodicea gnóstico-platónica. 2. Una imagen del hombre como centrum mundi[1]. 3. Una actitud favorable a la intervención humana sobre la naturaleza, si bien ejercida a través de las famosas “ciencias ocultas”, la astrología, la magia y la alquimia.

Pero quítese la venda de los ojos, amigo lector, porque la realidad fue muchísimo más extraña, compleja y apasionante. Cada autor vio en el hermetismo, la magia o la alquimia lo que quiso ver, y las controversias en el seno de cada facción fueron feroces. De hecho, nuestras regias artes fueron con frecuencia llevadas a cabo por vividores y golfos de toda condición, y por ese motivo, cuando algunos de mis colegas tratan de meter en el mismo saco a santurrones alucinados, apasionados filósofos, apóstatas recalcitrantes y cicateros estafadores, no puedo evitar sonreírme. Como bien escribe el Dr. Miguel López Pérez: “Si ya resultaría muy interesante poder contar con una definición certera de la Alquimia y poder ofrecerla, a nosotros se nos antoja aún más interesante conocer qué era lo que las personas de esos siglos pensaban sobre ella”[2]. Sólo puedo aplaudir su punto de partida, porque así es como se logran los mayores descubrimientos en este oficio. Sí, es indudable que el espíritu de cada época determina el modo de proceder de sus actores, pero éstos confieren distintos significados a aquello que leen y escriben.

A este respecto recomendaría, por esclarecedor, la lectura del capítulo 6 del estudio sobre el humanista Bernardino Gómez Miedes que hoy presentamos, dedicado a la recepción de las doctrinas de Paracelso en Europa. Y para la recreación completa y a todo color de uno de esos “escenarios complejos” que tratamos de poner sobre la mesa, obsérvese el siguiente cuadro extraído del tercer artículo del volumen sexto que hoy nos ocupa, “Los hijos de Paracelso”:



En palabras del propio Dr. Miguel López (“El humanista Bernardino Gómez Miedes…”, p. 50):

“En realidad, el gran logro de Paracelso fue el ver este problema, el de la disfunción entre Aristóteles y la realidad de la experiencia. Es por ello por lo que él creó un nuevo lenguaje donde, por medio de la experiencia no se podían aceptar los dogmas de Galeno como verdaderos. El purismo extremo de Valla y su defensa del vulgaris sermo no esconde otra cosa que la fase de un proceso que se acrecentará en el siglo XVI y provocará una crisis epistemológica extensiva a la Universidad por medio de la Filosofía”.

Johann Arndt (1555-1621), Alexander von Suchten (ca.1520-1575), Giordano Bruno (1548-1600), Heinrich Khunrath (ca.1560-1605), Gerhard Dorn (ca.1530-1584), Cesare della Riviera (d. ca. 1615), Petrus Severinus (1542-1602) y, por supuesto, Theophrastus Bombastus von Hohenheim (1493-1541), más conocido como Paracelso, hablaron de “leer con las manos” en el gran libro de la naturaleza[3]. Así, de acuerdo con cierta visión romántica, todos habrían sido héroes de la humana sapienza, los verdaderos sabios capaces de acceder al santuario del alma de la madre naturaleza, de conocerla y alterarla mediante las ciencias ocultas. Aun con todo, este esquema de pensamiento encaja mucho mejor en el Paracelsian revival (es decir, en la actualización y reinterpretación que llevaron a cabo los seguidores de la obra de Paracelso tras su muerte) que en humanistas “clásicos”, como lo fue el médico suizo. El Arbatel. De Magia veterum (Wesel: Andreas Luppius, 1686), confirma la divinización del viejo maestro, con un aforismo tan bello como explicativo: “HERMES TRISMEGISTUS EST SECRETORUM PATER CUM THEOPHRASTO PARACELSO et in se omnes vires habent secretorum”[4].

En mi cabeza resuenan aún las palabras del Dr. Carlos Gilly (y estoy parafraseando): 

“La ciencia moderna fue el fruto de la experimentación de las grandes personalidades que la hicieron posible, pero sin el ataque continuado y organizado que el hermetismo ejerció contra la ortodoxia aristotélica y las autoridades eclesiásticas, el camino hacia ella hubiera sido aún más costoso”[5]

Y sin quitarle la razón, no es menos cierto lo que el especialista en paracelsismo hispánico, el Dr. Miguel López, sostiene en dos de los cuatro artículos publicados en este sexto volumen de SHJ: Paracelso es, en buena medida, un mito historiográfico defendido por sus supuestos continuadores; porque es innegable que el “Lutero de los médicos”[6] o el “Trismegisto germánico”, como se le llegó a conocer, fue mediatizado y utilizado como arma arrojadiza durante las décadas posteriores a su muerte y, afrontémoslo, algunas de sus doctrinas (e incluso obras) no son más que adiciones y reinterpretaciones posteriores, de ahí la dificultad de su estudio.

Sin embargo, lo que hoy tenemos entre manos no son ni Paracelso ni el paracelsismo en sí mismos, sino por qué sus doctrinas no fueron, al parecer, difundidas en el Imperio hispánico. Considerando que en la revista Azogue se ha tratado de dilucidar esta cuestión desde 2001, y que tanto la Dra. Mar Rey como el Dr. Miguel López llevan trabajando en ello desde hace bastantes años, me resta hacer una pequeña introducción a los dos primeros artículos —aquellos que abordan directamente la cuestión—, de los cuatro que integran esta inusualmente voluminosa entrega de SHJ.

“Paracelso en España”




Este artículo del Dr. Miguel López Pérez supone la versión completa (y en castellano) de su anterior artículo “Spanish Paracelsus Revisited and Decontaminated”. Sus tesis son las siguientes:

1. Paracelso, en su dimensión médico química, no fue censurado jamás en España, e incluso llegó a ser defendido por autores como Gaspar Bravo de Sobremonte, Jerónimo de la Fuente y Piérola[7], Benito Feijoo, Guillén Pierres o Diego Torres de Villarroel[8].

2. Paracelso resultó “innecesario” en un Imperio hispánico inspirado por una tradición médico-química y alquímica que descendía de figuras como Arnau de Vilanova, Rupescissa y el pseudo-Ramón Llull[9]. Así, afirmar la radical novedad de la medicina paracelsista, supone ignorar la tradición alquímica medieval española, que ya hacía uso de técnicas como la destilación y la elaboración de medicamentos, entre otras[10].

3. El Imperio “tenebroso” de ortodoxia y represión política y religiosa perpetrado por Felipe II, no fue tal: el Princeps Hispaniarum alentaría la ciencia como parte de su agenda de modernización renacentista. Como bien afirma el Dr. López Pérez: “la persecución religiosa española provocó menos muertes que la de cualquier otro país europeo, la religión católica estuvo prohibida en Inglaterra durante más de un siglo y Enrique VIII mató a más católicos que la Inquisición de España, Italia y Alemania juntas”[11].

4. Los libros de alquimia y filosofía natural eran, al contrario de lo que se piensa, muy comunes en las bibliotecas capitulares (y universitarias)[12].

5. Paracelso murió católico; fueron los médicos y teólogos protestantes quienes, décadas después, mediante un ejercicio de sincretismo religioso, adhirieron y reinterpretaron la magna obra del médico suizo, acercándola a las posturas hermético-platónicas del periodo[13].


“El humanista Bernardino Gómez Miedes (ca. 1515-1589) y la alquimia”




En este interesantísimo artículo, se nos introduce en la figura del primer crítico antiparacelsista español, Bernardino Gómez Miedes, de quien destacamos, cómo no, su visión sobre la alquimia practicada en el periodo[14]:

“-2-18,1 Este arte, no obstante, aunque sea cierto en gran parte, sin embargo parece que en una proporción mayor se mueve en torno a la duda y la incertidumbre. En sus mismos resultados no sólo suele vacilar (lo cual diría con su permiso), sino también excavar galerías subterráneas, por así decirlo, por donde se desvanece y desaparece hasta burlarse al final de los propios artífices merecidamente y con razón, porque éstos intentan en su necedad no sólo emular a la Naturaleza, sino también ponerse a su nivel y casi superarla”.

Asimismo destacamos sus comentarios acerca de la sal, el húmedo radical y el calor innato”[15], así como las explicaciones que ofrece el Dr. López Pérez acerca del neumatismo[16], esenciales para nuestra comprensión de tales doctrinas médicas. De la misma manera, se hace indispensable conocer las opiniones de reputados médicos acerca de la confección del famoso “oro potable”[17] y la “quintaesencia”[18].

Especial referencia nos merecen también los relatos de fraudes y falsos alquimistas:

“El mundo está lleno de falsos alquimistas. A los señores, los gentilhombres, los mercaderes y las gentes de baja clase, les prometen enriquecerles en poco tiempo, enseñarles los medios de congelar el mercurio, de cambiar el plomo, el estaño, el hierro, el mercurio en plata u oro”[19].

Es en las continuas referencias a textos poco o nada conocidos donde podemos comprobar la extraordinaria valía académica de este nuevo artículo, de cuyo adelanto pudimos disfrutar meses atrás, en lo que respecta al apartado dedicado a “los charlatanes”[20].


Gaspar Bravo de Sobremonte  (1603-1683)


"Los hijos de Paracelso” 






Angelo D’Ainot. El falsario alquimista que quiso trabajar para Felipe II”




La Historia es, con frecuencia, un conjunto de relatos que nos solemos brindar los seres humanos con el espurio propósito de justificarnos, sanar dolorosas heridas o retratarnos… y no como realmente fuimos, claro, sino como nos gustaría haber sido. Un epitafio académico en el que reposar nuestra conciencia y dormir el sueño de los justos. Hablo, claro está, de la imagen que del Imperio español se tuvo (y retuvo) en los países anglosajones. Me hago eco también de la leyenda negra que pende sobre nuestra Historia, alimentada durante siglos por la habitual desidia académica del ámbito hispanohablante. Sí, ha leído bien, estimado lector, porque si a alguien hay que responsabilizar de la decadencia de nuestro ámbito, es a nosotros mismos. Todos los imperios tuvieron detractores y enemigos, pero rara vez se ha visto que la población de tales imperios se haya contaminado por la hábil contrapropaganda difundida por sus oponentes. De todos modos, si los reinos peninsulares embarrancaron al alba de la modernidad, fue debido al modo natural en que se conduce la Historia desde siempre, pero ¿y qué hay de la pervivencia de las culturas hispánica y portuguesa? El legado de dos siglos de influencia y dominación que los reinos de la península ibérica ejercieron sobre el resto del orbe, se traduce en la actualidad en casi quinientos millones de hablantes de español y más de doscientos millones de hablantes de portugués. Ya va siendo hora de que nuestra voz resuene en consonancia con nuestra verdadera fuerza.


Brevísima relación de la destruyción de las Indias.  Jean Théodore y Jean Isräel de Bry (Fráncfort, 1598)

Como conclusión, permítame quedarme con la reflexión de la Dra. Mar Rey (quien, por cierto, prologa este nuevo número) recordando una reveladora conversación que mantuvo con José Rodríguez Guerrero[21]:

 “Olvidamos que, si no abrimos nuestro objetivo, dejamos a oscuras determinadas parcelas que resultan imprescindibles para tener una visión global del período. Cuando comenté esta cita con José Rodríguez Guerrero hizo una reflexión que, desde entonces, me ha dado mucho que pensar: los españoles de la Edad Moderna tenían los ojos vueltos hacia América, de donde venían novedades un día sí y otro también, de ahí que muchas de las acaloradas disputas observadas en otros puntos neurálgicos de Europa apenas si tuvieran repercusión en la Península”.

El Imperio hispánico fue un titán con vocación atlántica, poderoso e imbatible durante siglos; nostálgico del esplendor romano que sucumbiría impávido al cambio de era. 


El Furor de las Águilas (Sala 1), Leone y Pompeo Leoni, Carlos V y el Furor, MNP, Águila Real, MNCN – CSIC, Foto: Pedro Albornoz/Museo Nacional del Prado


¿Saben con qué me quedo? Con el futuro de nuestra cultura adormecida y con el enorme potencial de todo un continente, el americano, que aún se comunica y comprende el mundo en español y portugués. A esa América dedicamos este número.





[1] Carlos Gilly, “Il Dibattito Intorno a Paracelso in Basilea”, Azogue 7, p. 263: "Oggetto di questa reazione era in particolare l’idea che l’uomo, in quanto microcosmo, potesse penetrare e comprendere la Natura o macrocosmo, fino ad interpretarne il corso, correggerlo o, addirittura, ripristinarlo per mezzo del suo spirito (corpus sydereum per Ficino, corpo astrale–luce della Natura dentro l’uomo per Paracelso, spirito di Dio dentro l’uomo per Suchten, oppure attraverso l’esperienza di uno spirito planetario esterno come insegna l’Arbatel). Era questa in sostanza l’immagine neoplatonica e magica del mondo che serviva da cornice teorica alla ricerca sperimentale di Paracelso”.
[2]“El humanista Bernardino Gómez Miedes…”, p. 58.
[3] Magia, alchimia, scienza dal '400 al '700…, vol. II, p. 103.
[4]  “Il Dibattito Intorno a Paracelso in Basilea” (Azogue), Carlos Gilly, 263: “Tutto ciò secondo un ben preciso piano di rinnovamento: una nuova riflessione critica su religione e scienza alla luce della vera magia degli antichi, e cioè del raccordo tra la tradizione ermetica e la scienza sperimentale di Paracelso: “Hermes Trismegistus est secretorum pater cum Theophrasto Paracelso, et in se omnes habent vires secretorum”, come si legge nell’aforisma XXVI dell’Arbatel”.
[5] Durante su conferencia en el curso de postgrado “Las Máscaras del Mago II” (2012), Universidad de Granada.
[6] Carlos Gilly, "Zwinger e Paracelso” (Azogue 7), p. 307: “Se Paracelso si meriti il soprannome di “Lutherus medicorum”? Assolutamente no. Piuttosto quello dell’eresiarca Ario! O meglio ancora: se non quello di Tessalo da Tralle, certo quello di Tessalo da Einsiedeln”.
[7] Cfr. “Paracelso en España”, p. 20.
[8] Ibid., p. 21.
[9] Ibid., pp. 13-15.
[10] Ibid., pp. 13 y 15 y ss. Cfr, también, pp. 16-17: “No fue el primero prácticamente en nada. El sistema galénico ya estaba desprestigiado, el uso de la destilación, tanto para la Farmacia como en Alquimia era algo mucho anterior a él y el uso de metales y minerales también".
[11] Ibid., p. 5.
[12] Ibid., p. 10. Cfr. también p. 6: "...los libros expurgados, no prohibidos, impresos del siglo XVI sobre ciencia eran el 7.6 %, y un 7 % los del periodo 1684-1785, y si tomamos los años en que se abrieron más causas contra los protestantes, entre 1551 y 1580, en la Inquisición de Toledo, el porcentaje también fue el 7,3 %. Y, finalmente, Felipe II no sólo no prohibió la ciencia, sino que la alentó siempre”.
[13] Ibid., p. 10: “De esta manera, y mediante un doble proceso de prohibición católica y sincretismo protestante, el paracelsismo, que no había nacido católico ni protestante, fue transformándose en una herejía protestante”.
[14] “El humanista Bernardino Gómez Miedes…”, p. 60.
[15] Ibid., pp. 36-37.
[16] Ibid., pp. 37-40.
[17] Ibid., pp. 41-44.
[18] Ibid., p. 47.
[19] Ibid., p. 28 y nota ad loc.
[20] Ibid., pp. 33-36.
[21] Presentación de Mar Rey a Azogue, 7, p. 5.

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